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Pasado el Rubicón de las elecciones locales, los resultados se empeñan con tozudez en mostrar una vez más a Vitoria-Gasteiz como una ciudad poliédrica ... que siempre otorga idéntico mandato popular a sus electos: «no hay más cera que la que arde; apáñense con lo que hay; trencen las hebras de unos votos siempre insuficientes; busquen el modo de sumar energías; destierren herencias envenenadas; y gánense el jornal».
Al igual que el Deportivo Alavés, el Consistorio vitoriano deberá pasar por una complicada fase de promoción para determinar quién accede a la Alcaldía de la capital de Euskadi. Los méritos de esta situación son muchos y muy variados. Pero entre ellos, nobleza obliga, tiene un papel protagonista la omnisciente dirección de los nacionalistas vascos y su afán por manotear el tablero electoral vitoriano.
El PNV, con su arrogancia al defenestrar de prisa y corriendo a su anterior alcalde, ha explicado de forma ejemplar cómo no hacer un relevo ni construir un liderazgo de última hora. Y los ciudadanos le han dicho con meridiana claridad que en política no se puede cambiar de jinete, de caballo y de proyecto en la misma línea de llegada a la meta, enviándolo del primer al cuarto puesto.
El espectáculo de la campaña electoral, con una lideresa enmendando los proyectos impulsados por su partido en la anterior legislatura, ha sembrado de minas una transición que se ha revelado un auténtico fracaso. Hay que reconocer que los jeltzales han impartido una clase magistral de en qué consiste la definición de 'darse un tiro en el pie' y han cedido el paso a las huestes de Bildu que se han aupado a la primera posición tras el escrutinio electoral en una noche de infarto.
Los gasteiztarras no son muy fieles que digamos e intercambian alcaldes de diferentes partidos con una promiscuidad digna de mejor causa. Y se quiera o no, todo apunta a que quien asumirá la más alta responsabilidad municipal no es otra que Rocío Vitero. La tradición indica que será ella quien encabece un gobierno continuista al ostentar la condición de candidata más votada. Sólo el insigne Maroto fue capaz de cabrear a todos y quebrar esa vieja costumbre, haciendo gala de una habilidad fuera de lo común en estas lides.
Y todo indica que un Gobierno en minoría de Bildu con apoyos puntuales deberá transitar un peliagudo camino la próxima legislatura. El horizonte resulta inquietante tras una multitud de experiencias previas en este sentido. He de reconocer que cada vez que escucho a Fito Cabrales cantando esa estrofa que dice «Este mar cada vez guarda más barcos hundidos» siempre asoma Vitoria y sus proyectos malhadados por entre mis vetustos recuerdos. Si bien es cierto que nuestra ciudad no tiene mar -por el momento- el cementerio imaginario de pecios que lo habitan resulta interminable.
Como decía el replicante Roy Batty en 'Blade runner' momentos antes de morir, 'Yo he visto cosas que vosotros no creeríais'. He visto a Alfonso Alonso prometiendo en campaña tirar a la papelera el plan urbanístico trazado por Cuerda para Salburua y Zabalgana a finales del siglo pasado.
Años más tarde, escuché los ecos del Teatro Lírico y su huérfano Paseo de la Música camino del baúl de los recuerdos por obra y gracia del alcalde Lazcoz. Más adelante, aún reverberan los ajustes de cuentas de Maroto, trocando la estación 'antimodal' de autobuses de un lado al otro de la calle -pito, pito, gorgorito- y demoliendo los proyectos y maquetas del Palacio de Congresos como un Escipión el Africano gritando 'Delenda est Lazcoz'. Y ahora el BEI va camino del desolladero.
Me permitiré no más que una admonición para nuestra excelentísima alcaldesa en ciernes, cualquiera que esta fuere la elegida finalmente. Siga en su gestión el consejo de Fito Páez en la canción que citaba más arriba: «Sabes, quisiera darte siempre un poco más de lo que te pido». No sería este un mal punto de partida antes de emprender la titánica tarea que se adivina por delante para hacer de esta ciudad el lugar al que uno siempre quiera volver.
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