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jesús nicolas
Máster de periodismo multimedia EL CORREO-UPV/EHU
Viernes, 5 de marzo 2021, 00:18
El pasado enero se desmantelaba un entramado en Alicante que estafó siete millones de euros prometiendo a sus víctimas grandes beneficios por invertir en Bitcoin. La realidad era bien distinta. Ni tan siquiera llegaron a adquirirlos. Los cacos se hicieron con su dinero y se esfumaron. Las denuncias permitieron dar con estos estafadores, pero esta no es la única forma de engaño tras la que está la Policía y en la que están involucradas las criptomonedas. Estas divisas se han convertido en un atractivo para inversores y especuladores en busca de fortuna y, lo más preocupante, una nueva pantalla tras la que los criminales buscan esconder sus actividades delictivas.
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El anonimato es el principal aliciente. Opacas a los bancos y a Hacienda, las criptomonedas facilitan la ocultación y el blanqueo. No obstante, los defensores de estas divisas argumentan que existe una campaña orquestada por las instituciones que no ven con buenos ojos estos intercambios de capitales ajenos a su control: «Lo que subyace de estas críticas es un interés en mantener el monopolio en la creación de monedas», asegura el economista Daniel Lacalle. «El dólar estadounidense y el euro son las monedas con las que se cometen la mayoría de actividades ilegales, y a nadie se le ocurre demonizarlos. La moneda es una herramienta. No hay que confundirla con el uso que se hace de ella», argumenta. En este sentido, denuncia que se ha entrado en una espiral de depreciación de las monedas nacionales. Justo al contrario que las criptos, que están en pleno auge: «Hay muchos países en los que la devaluación anual de su moneda alcanza el 25 o 30%. Dígale usted a esos países que el Bitcoin, y no su moneda, es inseguro».
Además de los oportunistas que tratan de aprovechar el segundo auge del Bitcoin, existen otras actividades delictivas como el ransomware, es decir, el robo de datos en ordenadores. Un método de extorsión que se suma a las estafas convencionales e incluso a secuestros donde las divisas escogidas para abonar los rescates han sido de nuevo las monedas virtuales: «Es más fácil utilizarlas para sostener la economía ilegal. Ahí sí hay un problema», advierte el director del máster de Criptoeconomía de la UPV, Mikel Peñagarikano, pero matiza, «no es el caso del Bitcoin, ya que su tecnología blockchain es pública y, por tanto, rastreable. Cosa que no sucede con otras criptos cuyas transferencias están encriptadas». Por contra, el jefe de operaciones de la Unidad de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil, Óscar de la Cruz, se muestra escéptico de que los criminales opten por otras menos conocidas: «Prefieren no correr el riesgo, el valor de las criptomonedas es demasiado variable y su objetivo final es transformarlo en cash».
«Al final, las criptomonedas emulan el dinero en metálico que es imposible de rastrear. Si tú pagas a un mercenario en mano, ese dinero no se puede rastrear. Las criptomonedas permiten hacer lo mismo, pero desde tu casa con un ordenador, por Internet», insiste Peñagarikano. Una posición cómoda de la que la Policía es consciente: «Es una forma más de transferir capitales de manera más anónima y sencilla», reconoce el agente. Un modus operandi que favorece a las redes de ciberdelincuencia internacionales, que buscan víctimas a través de la red «con las que no quieren mantener ningún contacto» y donde la criptomoneda «facilita el tráfico de dinero negro entre países», dice. «Se mueven en la red porque es donde se sienten seguros», concluye el teniente coronel de la Benemérita.
No obstante, el policía matiza que en el ámbito nacional, «la mayoría de las operaciones entre grupos criminales siguen realizándose en metálico». Una postura en la que coincide también Peñagarikano. Por tanto, lejos de ser la panacea para el crimen, el reto, pues, se encuentra en cómo dar con los autores de unas transacciones que son públicas pero que, al contrario que en una cuenta bancaria o una tarjeta de crédito, son anónimas. «Nos dedicamos a vigilar esas operaciones y rastrear los entornos de los poseedores de esos monederos». Es por esto que el Gobierno se plantea regular un ámbito que no puede controlar y, sobre todo, no puede fiscalizar: «La clave está en vigilar los exchange (casas de cambio) e interceptar las transformaciones de las cripto en euros», aboga De La Cruz.
Una tarea «casi incontrolable», reconoce, y que se puede ver todavía más dificultada si no pillan al ciberdelincuente in fraganti, ya que sin la clave de acceso no se puede acceder a los monederos y poner esos capitales irregulares a disposición judicial. De hecho, en Alemania un estafador ha conseguido mantener fuera del alcance de la Policía los 55 millones de euros que se estima que atesora en un monedero, un caso que en la Guardia Civil reconocen que ya se ha reproducido en España. A esto se añade otras prácticas más 'tradicionales' para ocultar la verdadera identidad de los cabecillas de estas operaciones como es el de recurrir a testaferros o 'mulas': «Muchas organizaciones buscan a personas entre los bajos fondos de la sociedad a las que se les engaña u ofrece una comisión». Con todo, toca adaptarse y esperar que esta tecnología no sirvan a los malos para salirse con la suya.
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