
«China ya no es lo que era». Así resume Miren Larrañaga, directora financiera de Kide, la razón por la que este fabricante de equipos ... frigoríficos ha decidido cerrar su fábrica en Kunshan y salir de China. La cooperativa, perteneciente al grupo Mondragon, cesó la producción el 31 de mayo y se encuentra ahora en medio del largo proceso de disolución de la empresa. Pondrá fin así a 14 años de trayectoria en el gigante asiático, donde el incremento de los costes y la competencia sin cuartel han hecho que el negocio deje de ser viable.
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«El mercado interno es muy importante, pero no hemos logrado ganar cuota, quizá porque no hemos entendido su idiosincrasia, y el país se había convertido en una base para la fabricación de equipos pequeños de bajo coste. Pero con aumentos salariales anuales en torno al 5%, personal cualificado más caro que en Euskadi y un incremento sustancial del precio del alquiler de la planta, ya en 2019 decidimos que no era lógico seguir allí», explica Larrañaga. «No tiene sentido producir en China si no es para vender allí. Con los precios de los fletes disparados, nos salía más barato fabricar en Andalucía», añade.
5 millones de euros invertirá Kide en Berriatua, donde creará el empleo destruido en China.
Kide ha despedido a 18 trabajadores chinos y ha perdido parte de los clientes que tenía en Asia, pero ahora se centrará en su producción local para impulsar su presencia en los mercados europeos, prioritarios para la empresa, y para abrir camino en Latinoamérica. «Vamos a invertir 5 millones de euros en ampliar la planta de Berriatua, donde ya hemos contratado a 16 personas, y esperamos seguir generando empleo en casa», avanza la directora financiera. «Aquí podemos controlar más la innovación y la calidad. También nos centraremos en ampliar nuestra gama de productos para evitar quedarnos rezagados», sentencia.
Kide no es la única empresa vasca que dice adiós a la aventura china. La joven 'startup' de vehículos eléctricos Ox Riders, fundada en el campus bilbaíno de Mondragon Unibertsitatea hace cuatro años, también ha decidido cambiar de planes y fabricar en España su popular Ox One, una motocicleta eléctrica inteligente con diseño retro. «En nuestro caso, el Covid lo ha cambiado todo», explica Adrián González, consejero delegado de la empresa. «Yo tenía planeado ir a vivir a China para supervisar la fabricación en nuestros proveedores, pero la pandemia lo ha impedido. La comunicación se ha complicado y ahora todo son problemas», comenta.
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Primero fueron las dificultades logísticas, pero luego llegó el puñetazo de los precios. «Los presupuestos cambiaban cada dos semanas y los fletes no dejaban de subir. Era inviable trabajar así. Así que comenzamos a buscar la manera de fabricar la moto en España», recuerda. No fue fácil. Recorrieron toda la geografía del país buscando componentes hasta que hace casi dos meses firmaron el contrato para trasladar la producción a Madrid. «Hay componentes como la batería, el motor o el controlador que siguen viniendo de China, porque no tiene rival, pero hemos hecho algunos cambios en el diseño y ahora el 70% de los componentes son españoles», cuenta.
González reconoce que las piezas nacionales son entre un 30% y un 40% más caras que en China. «Pero en cuanto le añades los aranceles, el transporte y la incertidumbre -un prototipo estuvo parado en la Aduana durante mes y medio-, la diferencia ya no es tan grande», apunta. Ahora mismo, la producción de cada Ox One resulta entre 300 y 400 euros más cara en España que en China, pero González subraya que «la calidad ha aumentado». Las expectativas son buenas: ya han duplicado la plantilla y esperan sumar cinco empleados más en lo que queda de 2021.
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«Muchas otras empresas del sector están pensando también en marcharse de China. Seguirá siendo competitiva durante mucho tiempo, y puede suplir con el mercado interno las dificultades que tenga en el extranjero, pero creo que para nosotros esta coyuntura supone una gran oportunidad para impulsar una economía de kilómetro cero. Hay buenas iniciativas en marcha. Ojalá se desarrolle en Extremadura la industria de baterías, por ejemplo. Aunque sean algo más caras, las utilizaríamos», analiza González, al que ahora lo que más le preocupa es la dependencia de los chips asiáticos que tienen a toda la automoción en jaque.
Casos puntuales
Es evidente que estas circunstancias están restando atractivo a China como base manufacturera. González cree que es algo circunstancial, pero la situación ha llevado a que empresas como Balene, que comercializa productos plásticos y que estaba considerando la posibilidad de fabricarlos en el gigante asiático, hayan decidido quedarse en casa. «El coste no es muy diferente y hay que tener en cuenta la complejidad de gestionar todo desde la distancia, ya que es el momento de lanzamiento del producto y dependeríamos de terceros para controlar al proveedor», enumera Carlos Martín, responsable técnico de la empresa. «Además, creo que la pandemia está potenciando el valor que tiene lo producido en España».
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Finalmente, Balene ha decidido fabricar en Alicante, pero Martín reconoce que «la agilidad para desarrollar nuevos productos en China es mucho mayor», y añade que hay sectores en los que resulta imposible evitar al gigante asiático. «En cuanto necesitas electrónica, o partir de productos OEM, tienes que ir a China sí o sí», sentencia. De momento, Balene vende sobre todo en Europa, pero la empresa tiene intención de abrirse camino en Asia y Australia y no descarta la producción en China si el volumen de ventas en Oriente crece lo suficiente. Al final, toda decisión se toma haciendo una ecuación económica que resta el coste a los beneficios.
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