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¿Por qué no nos identificamos con la selección española?
Un antropólogo en la Eurocopa ·
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Un antropólogo en la Eurocopa ·
«¿Quién es el 19?», pregunta un aficionado, entrado en años, en los primeros compases del España-Polonia. Pero a su alrededor nadie le sabe decir que el que ha perdido el balón es Dani Olmo, delantero del Leipzig. Ando preguntando estos días a los seguidores de la selección qué jugador les está gustando en la Eurocopa. Las respuestas coinciden con lo que los hinchas expresan en las redes sociales. Jordi Alba, Busquets, Koke y Pedri son los que más conectan con el espectador. Ninguno de ellos ha salido jamás de la Liga española. Los tres primeros son veteranos y el aficionado conoce su obra y milagros. De Busquets, por ejemplo, se recuerda que pasó de Tercera a campeón del Mundo en ocho meses. Pedri, por el contrario, es de los nuevos, pero quien más o quien menos le ha visto jugar por la tele y le reconoce por su juego preciso heredero de Xavi, Iniesta y otros que se formaron en Can Barça bajo los mismos criterios futbolísticos.
El grupo que toma cervezas unas horas antes del partido se toma con humor que no conozcan a muchos jugadores. En relación a Azpilicueta, que lleva una década en el Chelsea, pregunta uno con guasa si no es el nombre de un Rioja Crianza. Sarabia se desempeña en el PSG pero, para el aficionado sesentón dicho apellido le retrotrae al mítico jugador del Athletic que consiguió dos Ligas con Clemente en los años 80. Se oyen también no pocos comentarios con respecto a Laporte. Por la polémica que despertó su inclusión en la selección, se sabe algo más de él: que es francés, que jugó en todas las categorías inferiores de la selección gala, pero que no es del agrado de Didier Deschamps, el seleccionador de Francia. Como había jugado durante siete años en el Athletic, Luis Enrique le llamó y se le nacionalizó por la vía urgente.
Desde luego no es un caso único. Otros combinados nacionales tienen en sus filas a jugadores que nacieron en países distintos al que ahora representan. La FIFA ha ido cambiando los criterios. Ahora, por ejemplo, el futbolista con doble nacionalidad no puede haber disputado más de tres partidos oficiales con su primera Selección. Se le permite que defienda el escudo de su nueva nacionalidad si sus padres o abuelos son originarios de allí o el jugador ha vivido ininterrumpidamente cinco años en ese país. Pero todo ello desconcierta al aficionado. Cuando ve a la selección dirigida por Andriy Shevchenko, asume con naturalidad que se partan la cara Yarmolenko, Zinchenko, Mykolenko, Stepanenko y otros enkos, pero se pregunta qué pinta defendiendo la camiseta de Ucrania el brasileño Mário Fernandes, que llegó a jugar con la Canarinha un partido hace unos años.
Laporte jugó muy bien sus dos primeros partidos y contra Eslovaquia metió un meritorio gol, pero el aficionado sigue frío con él. Hace falta algo más que jugar bien para que el público haga suyo a un jugador, es decir, se identifique con él, le convierta en un referente y se dé esa misteriosa comunión por la que el aficionado verdaderamente siente que el que corre en el campo lo hace no en representación de, sino sencillamente por España y, en última instancia, por él y todos los que están allí. Naturalmente, se asume que el seleccionador convoque a los que considera que son mejores, con independencia de dónde jueguen y ya, incluso, dónde nacieron. Pero la identificación no siempre se produce. Las naciones son «comunidades imaginadas», dice Anderson, que se sustentan en un «parentesco metafórico». En España, que no es aún tan multicultural como Inglaterra o Francia, el aficionado no se compra la camiseta de Marcos Senna o Diego Costa. Porque la mayoría se siente pariente de quien es de Camas o de Fuentealbilla. Y para esos mismos, el jugador mulato y negro es el otro, de la misma manera que Laporte será siempre francés.
Sin embargo, cabe pensar que las cosas irán cambiando cuando los españoles nos acostumbremos a una sociedad cada vez más pluriétnica. Al final del España-Eslovaquia salió Adama Traoré y le bastaron dos incursiones por la banda para meterse al público en el bolsillo. El jugador con cuerpo de boxeador del Wolverhampton está en las antípodas de nuestro héroe de Fuentealbilla. La mayoría de aficionados ignoran que es hijo de malineses que llegaron a Barcelona en los años 80 huyendo de la miseria de su país, como tantos otros emigrantes. Tampoco sabe que, con su físico portentoso, jugó siempre en categorías superiores a las que le correspondía por edad en todos los años que estuvo en el Barça, desde los ocho años. Ni le han visto jugar nunca. Sorprendidos, los aficionados aplaudieron cada impetuosa arrancada por la banda. Probablemente porque, como otros jugadores a los que dio entrada Luis Enrique tras el ridículo de los dos primeros partidos, Traoré trajo aire fresco, verticalidad, desparpajo, haciéndonos olvidar al equipo que, con más toques de balón por partido, aburría a las ovejas. Claro que entró en el minuto 76, cuando ganábamos 5-0 y el aficionado estaba feliz, eufórico, predispuesto a abrazar como a un hermano a quien vistiera la misma camiseta que la que se había puesto esa tarde para ir al estadio.
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