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Que levante el índice como reconociendo la falta personal todo aquel que ni siquiera intuyera en lontananza otro Mundial para España. Cuento dedos izados, empezando ... por el firmante de esta sección, y el alud me sepulta. Las incomparecencias, fundamentalmente de Chacho Rodríguez, de ese Pau que es santo y seña del baloncesto europeo pese a emprender ya el camino de vuelta y de uno de los dos pívots nacionalizados (Mirotic o Ibaka) situaban al grupo de Sergio Scariolo -imperial en la dirección una vez más, por cierto- en un segundo peldaño. El que agrupaba a los equipos que habrían de hincar, en teoría, la rodilla en la ronda de cuartos.
Pero este grupo con limitaciones en ataque y nada sobrado de puntos, huérfano de referencias pretéritas como Gasol I y la artillería etérea de Navarro ha crecido con el torneo como ocurre en todos los conjuntos que adiestra el técnico italiano. Y sólo podía competir de una manera, defendiendo con el corazón abierto en canal, la solidaridad por bandera y materia gris para cerrar líneas de pases, tender ayudas, tejer telas de araña zonales, robar desde el lado débil y maniatar a los adversarios. Dentro de la formidable coreografía coral atrás de la selección no puedo por menos que destacar los papeles oscuros y determinantes de Rudy Fernández y Claver (inmenso contra Serbia) y las aportaciones contundentes de Juancho Hernangómez.
Sí, de acuerdo. Ricky y Marc acudían a China como los líderes naturales de un combinado que añoraba las bajas. Y a la hora de la verdad suprema, cuando había de cruzar su inquebrantable gen competitivo con el indómito carácter canchero argentino -conmovedor el empeño del madridista Deck y la determinación de Laprovittola- reabrió el libro en la misma página con la que ha dictado cátedras monumentales durante el campeonato. Si dentro del orfeón colectivo había que invocar el juego de las dobles parejas (Rubio y Gasol II frente a Campazzo y Scola) nada mejor que desactivar el veneno de la bífida lengua rival.
'Facu', efervescente y sensacional timonel de la albiceleste, en ningún momento gobernó la final como acostumbra a hacerlo a base de desparpajo autoritario. Rubio y Ribas se encargaron de incomodarlo hasta la exasperación. Y bastan un par de datos para mostrar el Calvario que hubo de ascender un Luis impotente ante los postes españoles: su primer punto llegó desde el tiro libre en el minuto 27 y 'su' canasta en juego hubo de esperar hasta el 35. Vaya desde aquí, por supuesto, el tributo al formidable 'cuatro' argentino, que a los 39 años ha vuelto -pese a la final- a demostrar la inmortalidad de su 'basquet' inteligente.
Porque el duelo definitivo enfrentaba a dos escuadras irredentas que conjugan el compromiso al máximo nivel con el cerebro. Y si alguien lo duda ahí queda el ejemplo de dos pívots alejados de los contorsionismos físicos (Marc y Scola), sobrados de responsabilidad y bien surtidos de fundamentos. El partido por el oro, pese a la disposición de ambos equipos a entablar batallas defensivas, primaba más la química de grupo que la física individual de los saltimbanquis. Gasol II decretó la ley marcial como falso base de 115 kilos en el tercer cuarto del despegue definitivo, los suplentes de Scariolo abrazaron la aritmética de la suma en vez de la resta y la selección desempolvó la conquista de Asia. Tras el título en Japón (2006) del célebre BA-LON-CES-TO que dijo 'Pepu' Hernández llega el de 2019. El que pasará a la historia como la gran muralla china. ¿Cuál? La colosal defensa de España.
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