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Nikolina Milic busca una de las canastas en la plaza Pasealeku de Gernika, donde lleva ya más de cuatro meses. MAIKA SALGUERO
La pívot que solo soñaba con balones

La pívot que solo soñaba con balones

Nikolina Milic, que brilla en el Lointek, se fue de casa con 14 años para jugar al basket, con 17 se marchó al extranjero y con 25 acumula experiencias en cinco países distintos

Lunes, 20 de enero 2020, 14:30

Con solo cuatro años, el mundo de Nikolina Milic cabía en una pelota de baloncesto. Naranja, con franjas negras, parecida a las que veía por la tele. Porque más que los dibujos, que también, la niña devoraba partidos de basket. Jamás pidió que le regalaran una muñeca, un juguete, quería balones. Creció de prisa, hasta el 1,90 actual, que le abrió las puertas de un mundo en el que sigue soñando con los ojos abiertos. De jovencita fabulaba con ganarse la vida bajo los aros, hacer de su pasión profesión, convertir su ocio en oficio, y lo ha conseguido con grandes dosis de sacrificio e importantes renuncias. Porque la pívot del Lointek Gernika, que lleva más de cuatro meses en la villa y brilla en Maloste, dejó su casa con apenas 14 años para jugar al baloncesto. La primera experiencia no salió bien, pero a partir de ahí comenzó a escribir una historia que le ha llevado a cinco países diferentes. Ella sonríe al contarlo. «Me siento afortunada».

La cita con Milic se cerró para el pasado viernes en Maloste. El equipo tenía la mañana libre, se entrenaba por la tarde, pero ella y su compañera de piso Julie Wojta tuvieron una jornada de trabajo extra. Porque lo quisieron así. Un poco de físico y una rueda de lanzamientos desde todas las posiciones. Había que anotar cuatro de una misma marca para seguir avanzando. «El baloncesto me lo ha dado todo», comenta la serbobosnia poco después en una cafetería cercana al pabellón que ha puesto más de una vez de pie. Es un pelín tímida, no para de sonreír, se confiesa cinéfila y sus ojos brillan cuando habla de su profesión. Empezó de la nada y ahora lo quiere todo, el mundo. Es ambiciosa, fuerte, obsesionada por mejorar y por enriquecer su carrera. «Lo mío con el balón es un amor duradero. No solo no mengua, sino que va en aumento», dice mientras apura su café. «¡Pintxos!. Me gusta la tortilla». Eso sí, la comida se la hace ella. «Cocino yo. Así sé lo que hay en el plato. Pongo pescado, pollo, ternera, arroz y mucha verdura».

Nikolina Milic vino al mundo en Trebinje, una ciudad situada en el sureste de Bosnia-Herzegovina, a diez kilómetros del Adriático. Le encanta el mar, por eso se escapa cada vez que puede a «Lekeitio, Bermeo, Mundaka». «Me encanta explorar los sitios en los que vivo. Euskadi me gusta, Bilbao, San Sebastián, pero prefiero Gernika. Es pequeña, manejable, tranquila. No soporto el ruido de las grandes ciudades», explica. Nació en plena guerra, pero no guarda recuerdos de aquel horror. Porque era pequeña y porque tampoco quiere retroceder al pasado ni preguntar demasiado. Bastante tuvo con que su padre estuviera en el frente. Regresó sano y salvo y en su familia no hubo muertes. «Cuando era un bebé mi madre me llevó a Montenegro, al pueblo de mi abuela, porque ella era de allí». Cuando las balas callaron y la sangre dejó de correr, regresó a casa y empezó su idilio con el baloncesto.

Internacional con Serbia

«Siempre veía basket por la tele. En mi ciudad no había equipo de chicas así que hacía lo que podía», rememora Milic. En los recreos se juntaba con chicos y daba rienda suelta a su pasión. Con 14 años dijo a sus padres que se iba a Banja Luka a estudiar y a jugar en el Borac. «Ahora ya no existe», puntualiza. La aventura no fue buena. Regresó, pero solo para coger impulso y seguir su camino. Con 17 –explica– se marchó a «Kragujevac, una ciudad de Serbia, y después a Belgrado». Su madre lloraba cada vez que le veía partir. A su niña, hermana de un chaval que practicaba artes marciales. «A él no le dio por el balón», dice entre risas. A pesar de nacer en Bosnia, Nikolina Milic defiende el escudo de Serbia. Internacional absoluta, la pívot del Lointek Gernika disputará el preolímpico entre el 6 y 9 de febrero contra EE UU, Nigeria y Mozambique. «No será fácil, pero espero estar en Tokio», afirma.

Terminada la aventura belgradense, Milic se fue al Lucca italiano con 19 años, donde coincidió con Wojta, y luego se marchó al Cagliari. De ahí dio el salto al Castors Braine belga, que competía en la Euroliga, y luego regresó al país transalpino para enrolarse en el Pallacanestro Broni.«Necesito jugar en Europa», dice durante un paseo por Gernika, donde ha encontrado la oportunidad de hacerlo y brillar con unas medias importantes: 16,6 puntos, 6 rebotes y 16 de valoración. «Estoy satisfecha, pero no me conformo. Si lo haces, te quedas donde estás».

Milic asegura que se siente de «maravilla» en el Lointek. Las cosas van bien, el equipo avanza en Europa y en la liga está muy arriba. Siente familiaridad en el ambiente, calor de la gente. El baloncesto le trata bien. «Hago lo que he querido hacer toda mi vida». Aun así, con entrega absoluta al deporte, le ha dado tiempo a licenciarse en ciencias medioambientales. «Nunca se sabe». Con 25 años, ha jugado en Bosnia, Serbia, Italia, Bélgica y España. Siempre sola, sin nadie que la acompañe, con su familia pendiente a distancia. «Tengo el balón», sonríe mientras se saca las últimas fotografías junto a un mural en Maloste.

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