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Los últimos años de Unamuno

Los últimos años de Unamuno

'Palabras para un fin del mundo', de Manuel Menchón, arroja luz sobre el amargo final del escritor en una España convulsa y polarizada

Iker Cortés

Madrid

Viernes, 13 de noviembre 2020, 00:26

Hay decisiones artísticas en 'Palabras para un fin del mundo' sencillamente sublimes y una de ellas es el tratamiento audiovisual. En el documental que repasa los seis últimos años de vida de Miguel de Unamuno, desde su regreso a Salamanca tras el exilio hasta su muerte el 31 de diciembre de 1936, no hay apenas entrevistas, tampoco mucho material rodado en la actualidad. Es la voz en off de Marian Álvarez la que va descubriendo, como si de una investigación se tratara, esta historia de confrontaciones ideológicas en torno a los discursos, artículos y cartas del escritor, al que da voz un José Sacristán cavernoso y rotundo, y las palabras de generales como José Millán-Astray (Víctor Clavijo) y Emilio Mola (Antonio de la Torre).

Resulta fascinante y, al mismo tiempo, árido, pero el director Manuel Menchón tenía claro que «debía dejar que fuesen los verdaderos protagonistas quienes contasen la historia». Trata con mimo cada fotograma y cada fotografía original de la época, que sirven de soporte visual a los documentos, muchos de ellos inéditos u olvidados, y los recortes de periódicos que inundan todo el metraje.Comienza plantando una semilla que no florecerá hasta el final del documental, con la muerte de Unamuno y las últimas palabras que, se supone, dijo al joven falangista Bartolomé Aragón: «¡Dios no puede volver la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!». Contrastan con otras cartas de la época en las que el escritor, confinado en su casa, se muestra sorprendido de que aún no le hayan disparado. «Esta gente está en contra de la inteligencia. Si triunfa, España va a convertirse en un país de imbéciles», llega a decir.

Recupera el documental discursos tan polémicos como los que el bilbaíno pronunció en 1932 en el Ateneo de Madrid mientras la cámara se pasea en la actualidad por los mismos espacios, sin perder el blanco y negro. «Me dolía España y hoy me sigue doliendo y también su República», admite Unamuno, azuzado por una de las cartas que su hermana Susana, monja, le hizo llegar. El III Reich y el NobelA partir de ahí, Menchón, dando voz a personajes como Manuel Azaña o Queipo de Llano, describe el ascenso de la derecha, los miedos y preocupaciones del escritor al fascismo italiano, al nacional socialismo alemán y al militarismo que atraían especialmente a la juventud -Unamuno describiría a Millán-Astray como «aspirante a Mussolini» y «despechugado héroe de cine»-, y se detiene en el error que cometió al pensar que la toma de Salamanca daría pie a unas elecciones.

Las imágenes de la época restauradas, para las que se ha recuperado material filmado por cineastas amateurs en los años de la República y la Guerra Civil, sobrecogen. Menchón ha añadido algunos toques de color en las banderas y en las llamas que hicieron arder conventos y libros de forma indiscriminada, dejando un fuerte poso dramático.Pero resulta aún más interesante cuando destapa unos documentos con los que el III Reich maniobró para que el varias veces candidato al Nobel de Literatura jamás recibiera el galardón. Menchón apunta cómo el llamado bando nacional y su servicio de propaganda explotó la presunta adhesión de Unamuno al movimiento, sacando de contexto en medios extranjeros algunas de sus palabras. Y reconstruye, por vez primera, su discusión con Millán-Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, gracias a un catedrático de Derecho Civil, Ignacio Serrano, que transcribió las intervenciones. «Solo escucho voces de odio y ninguna de compasión. Vencer no es convencer y conquistar no es convertir. La antiespaña es tan España como la otra», dijo.

Al final detalla pormenorizadamente sus últimas horas de vida. Sin autopsia, a pesar de que la muerte había sido por una hemorragia bulbar, y con varias contradicciones en las horas de los documentos oficiales, fue enterrado al día siguiente con honores falangistas. «Se apoderaron de él hasta el final intentando presentarlo como un fascista», dice su nieto, Miguel de Unamuno Adarraga.

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