
Tom Sharpe, el atormentado maestro del humor
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El escritor británico tuvo unos padres de los que solo recibió indiferencia, vio la falta de piedad más extrema en Sudáfrica y triunfó con libros de la serie 'Wilt'Secciones
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Biografía ·
El escritor británico tuvo unos padres de los que solo recibió indiferencia, vio la falta de piedad más extrema en Sudáfrica y triunfó con libros de la serie 'Wilt'Los libros de Tom Sharpe hicieron reír a medio mundo, pero su vida tuvo muy poca gracia, sobre todo al principio. Su madre intentó abortar ... por sus propios medios en cuanto supo que estaba embarazada. Pese a todo, llegó al mundo sano y salvo el 30 de marzo de 1928. Su padre, un reverendo pronazi, le mostró su más olímpica indiferencia. El religioso tenía 56 años, dos hijos de un matrimonio anterior y sus pensamientos se centraban su próxima jubilación. «Mi primer recuerdo es el olor a callos en los fogones de la cocina de casa. El olor era tan horrible que no pude comerlos hasta los veinte años, cuando, ante mi sorpresa, descubrí que en realidad me gustaban», escribió en una autobiografía inacabada el autor de 'Reunión tumultuosa' y 'Wilt'.
También se acordaba de que, cuando cumplió los ocho años, su padre le regaló una escopeta de segunda mano defectuosa, que se disparaba al más mínimo golpe. Siempre se preguntó si aquel regalo tuvo como objetivo su propia muerte, eso sí, accidental. La infancia del autor británico está llena de acontecimientos de este tipo, como su juventud, su edad adulta y su vejez. Con todo ello, Miquel Martín i Serra ha montado la biografía de Sharpe, 'Fragmentos de inexistencia' (Anagrama), que ha contado con la colaboración de Montserrat Verdaguer, la pareja del escritor en su última época, cuando vivió en Llafranc, localidad de la Costa Brava, donde murió en 2013.
Después de pasar por la Marina, entró en la Universidad de Cambridge en 1948. Estuvo tres años y siempre evitó hablar de ellos. «Él, que provenía de una familia humilde, por no decir pobre, se sentía extraño, incluso marginado», escribe su biógrafo. Por eso se arrimó a los estudiantes sudafricanos que, como él, sentían el rechazo de los demás, en este caso a pesar de proceder de familias aristocráticas.
Estudió Historia, con unos profesores a los que vio sumidos en la autocomplacencia. Uno de ellos quemó delante de él las siete páginas que había escrito sobre el reinado de Carlos I. A los 23 años abandonó Cambridge y también el Reino Unido, un país tocado por la escasez y el desempleo.
Se fue a Sudáfrica y encontró trabajo como asistente social. Su cometido consistía en llevar a negros, mulatos e indios, enfermos terminales de tuberculosis, del hospital a sus casas, por lo general en Soweto, donde solían contagiar al resto de los miembros de sus familias. La imagen de un hombre tumbado en la cama de su chabola, con el agua de la lluvia cayéndole encima porque no tenía fuerzas para arreglar el techo, se le quedó grabada a fuego.
Se relacionaba con conocidos de Cambridge, que le enviaban un Rolls con chófer a casa para llevarlo a sus fiestas, a las que había que asistir vestido de gala. Un día le preguntaron por su profesión. Les explicó al detalle lo que hacía con los enfermos. Después de un silencio largo e incómodo, una persona lo rompió diciendo: «Creo que la tuberculosis será la salvadora de la raza blanca en Sudáfrica».
Se trasladó a Pietermaritzburgo, donde comenzó su carrera como maestro y fotógrafo de bodas, bautizos y retratos. También atendía encargos de los periódicos y empezó por su cuenta a mostrar la vida de los negros, un hombre descalzo y semidesnudo cargando un saco de carbón, o una niña anclada en el fango lamiendo un trozo de mármol para engañar al hambre. En sus incursiones también conoció a Sutti Mungal, un sastre indio con el don de contar historias que le hizo pensar en la posibilidad de escribir las suyas.
La Policía empezó a buscar pruebas de su inexistente militancia comunista. Como sabía que habían intervenido su teléfono, trufaba sus conversaciones con acusaciones de pederastia al detective investigador Van Rensburg, que le interrogó un par de veces. El 16 de diciembre de 1961 le detuvieron, ingresó en prisión y por fin le deportaron.
Volvió a Londres, pero sus familiares no le prestaron su ayuda y empezó a escribir cartas diarias a su amante sudafricana, Jackie, que quizá fue quien mejor le definió: «Eres alegre, deprimido, frío, afectuoso, duro, tierno, superior, humilde, crustáceo, sensible». Habría tenido que añadir 'fetichista'. Sharpe lo fue y lo reconoció.
Acababa de cumplir treinta y cinco años y, tenía miedo de las enfermedades del corazón y del cáncer de garganta, sin razones sólidas para justificarlo. También soñaba con ser escritor y tener éxito.
Lo tuvo. Publicó 'Reunión tumultuosa', su primera novela, en 1971, una sátira sobre el racismo y la perversión moral en Sudáfrica. Dos años más tarde publicó 'Exhibición impúdica', con el mismo escenario, los mismos policías y el añadido de la doctora Von Blimenstein, que tenía la misión de 'curar' a los agentes de sus tentaciones hacia las mujeres negras. En la siguiente, 'Zafarrancho en Cambrigde', aplicó la fórmula al mundo universitario, se despistó y no cambió el nombre de la persona en el que estaba basado uno de sus personajes. Perdió el subsiguiente juicio por difamación.
La serie 'Wilt' le proporcionó tranquilidad y disciplina. Vivía en una casa con su mujer y su familia. En ella guardaba, en los lugares más inverosímiles, trece máquinas de escribir. Publicaba casi un libro al año, hasta que en 1984 dejó de hacerlo. ¿Por qué?
Perseguía escribir novelas que compitiesen con la televisión y ganaran. Lo que no estuviera al nivel de ese objetivo, iba a la papelera. También se sentía inseguro con los cambios en el mundo editorial y de la obsesión de los editores por el dinero.
Una reunión de escritores le llevó a Llafranc en 1992. Se enamoró de esta localidad de la Costa Brava y se asentó en ella. Tres años antes de su muerte recibió el premio de la primera edición del festival La Risa de Bilbao (actualmente Ja!). Todavía le dolía Sudáfrica pero, como en sus libros, convirtió la crueldad del país en una fuente de humor.
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