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Tiempo de cambios para los premios literarios
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Muchos escritores reclaman modificaciones en las bases, tanto en lo referido al concepto mismo del galardón como a aspectos formalesEDUARDO LAPORTE
Viernes, 28 de agosto 2020, 23:48
Hay quien dice que se debe escribir de los fenómenos traumáticos desde la distancia. Sin embargo, títulos como 'A sangre y fuego', el clásico de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil, publicado en 1937, ponen en duda esa afirmación. Por ello, es probable que una de las novelas que ayudarán a entender este periodo oscuro de la pandemia del coronavirus haya sido escrita durante el confinamiento, con intención, si se trabajó con denuedo, de enviarla a alguno de los premios que se convoquen a corto plazo.
En un momento en que vender más de mil ejemplares de una novela se considera una proeza y cuando los derechos de autor correspondientes a esas ventas no dan para mucho más que un fin de semana romántico, muchos escritores tratan de abrir la puerta editorial a través de los premios. Si la fortuna acompaña, no solo se garantiza la publicación sino una dotación económica que sí puede considerarse una justa recompensa al trabajo realizado. Como la del Premio Tusquets de Novela, editorial que prorrogó la recepción de manuscritos hasta el pasado 30 de abril, confiando quizá en que se colara alguno de esos textos surgidos durante la cuarentena.
En este caso, el aspirante no tuvo que lidiar con fotocopias, impresiones en canutillo ni envíos postales, ya que se permitió el envío directo en PDF y por e-mail, como también posibilitaron otros sellos como Anagrama y su correspondiente premio hasta nueva orden. Si se quiere enviar con seudónimo, en cambio, sí que hay que recurrir al correo postal de la editorial Tusquets. Se exige «un CD o un lápiz de memoria». ¿Por qué no permitir, por ejemplo, el envío desde una cuenta de correo adscrita al seudónimo?
Sobreviven inercias poco imaginativas de la época en que los editores trabajaban en escritorios sin ordenador y el fax era el último grito en modernidad. Así lo ve Mario Blázquez, que considera que las editoriales deberían adaptarse a los nuevos tiempos. «Me atrevería a estimar que un 50% de los premios literarios exige enviar el cuento o el manuscrito impreso y por correo ordinario, con el gasto que eso supone», señala el autor de novelas como 'El mapa del limbo' (Amarante). Basta buscar un premio al azar, el Primavera de Novela, de Espasa, para comprobar que sigue siendo así en muchas convocatorias.
Leyendo las bases, vemos que se exige el envío de no uno, como suele ser lo habitual, sino de dos ejemplares del manuscrito, debidamente encuadernados, con su doble espacio y a una cara, es decir con más páginas a imprimir. Grosso modo, si la novela que se envía ocupa unas 250 páginas, los gastos por concursar pueden moverse entre los 50 y los 100 euros. «Es una pena que la primera criba sea la económica», opina David Pérez Vega, que acaba de publicar su 'Caminaré entre las ratas' (Carpe Noctem). No solo por el efecto disuasorio en los autores más bohemios, como por el freno que supone para los del otro lado del Atlántico. «Para un escritor latinoamericano, puede implicar un coste excesivo mandar una copia impresa de su manuscrito a España», considera este profesor y escritor madrileño.
La última edición del Premio Primavera recayó en el conocido dibujante Peridis que, con su novela 'El corazón con que vivo', se hizo con los 100.000 euros del premio al superar a los otros 404 contendientes. ¿Proceso limpio? ¿Leyó el jurado esos cientos de manuscritos para considerar que esa novela debía ser la ganadora, como en años anteriores ganaron las obras de autores como Fernando Savater o Nativel Preciado? En cualquier caso, es fácil imaginar la frustración de aquellos concursantes que invirtieron todo ese tiempo y dinero en un premio que, como la gran mayoría, pide en sus bases la exclusividad.
La recepción de manuscritos de la pasada edición del Premio Primavera de Espasa finalizaba a finales de diciembre y el fallo se hacía público a mediados de febrero. ¿Dos meses para leer los 405 manuscritos? Extraño, o no, lo suyo, como demandan los escritores consultados para este artículo, es contar al menos con trámites sencillos y lo menos costosos posible. Sobre todo, si sigue vigente aquello que el editor Jaime Salinas dejó dicho en 'Cuando editar era una fiesta' (Tusquets): «En el mundo de la edición hay que ir acostumbrándose al hecho de que los valores literarios de una obra queden relegados a un segundo plano».
Hay reivindicaciones minúsculas pero que señalan cierta desidia en las bases de los principales premios del panorama literario español. Como la que indica la escritora Isabel Bono, que en 2017 ganó el premio Café Gijón con 'Una casa en Bleturge' (Siruela). A su juicio, el interlineado es uno de esos elementos claramente anquilosados. «Se suele pedir a dos espacios y eso me suena a cuando se escribía a máquina. El doble espacio en ordenador resulta excesivo, se lee con menos ganas», sostiene Bono.
Al margen de estos detalles, esta poeta y novelista malagueña pone el acento en algo «menos prosaico», como que una misma obra pudiera presentarse a varios premios a la vez, es decir, acabar con la citada exclusividad de derechos de publicación. «Así, en caso de no ganar, no tendría que esperar otro año para poder presentarla», opina. «La literatura debe de ser el único campo donde una solo puede participar en un único premio», remacha Mario Blázquez.
Así como en los procesos de selección para un puesto de trabajo nadie discute que un candidato envíe su currículum a varias ofertas, las bases de los premios literarios abocan al aspirante a jugarse todo a una sola carta. Y a esperar a que suene la flauta de un premio en un plazo de comunicación del fallo que puede demorarse entre seis meses y un año. Otra opción es incumplir las normas, arriesgándose, eso sí, a los juzgados y tribunales de España, «en el caso de que surjan diferencias que tuvieran que ser dirimidas judicialmente», según el protocolo legal de Tusquets Editores.
Miguel A. Zapata, autor de novelas como 'Arquitectura secreta de las ruinas' (Baile del Sol), llega a tildar de «ridícula» esta exclusividad. «La obligación de que sean inéditas o no premiadas en ningún otro concurso dificulta mucho a los escritores su participación, con el perjuicio económico que de eso se deriva», se lamenta.
El palmarés de los diversos premios más rutilantes deja claro que, salvo honrosas excepciones, las novelas elegidas pertenecen a figuras ya conocidas. David Pérez Vega, profesor de Economía que entiende la literatura como una pasión al margen de rendimientos lucrativos, ha dejado de presentarse a ese tipo de concursos literarios tras asumir lo que parece evidente. Pone como ejemplo el funcionamiento del Premio Alfaguara de Narrativa, que implica una gira de promoción de al menos un año con el autor ganador por toda Latinoamérica.
«¿Alguien piensa que la editorial va a dar este premio a un autor desconocido sin haber pactado previamente su disponibilidad para ausentarse ese tiempo de su domicilio?», se pregunta. Consciente de que en estos casos se buscan perfiles «profesionales», que respondan a las exigencias de comunicación y den la talla en ese terreno, Pérez Vega defiende aquellos certámenes en los que no existen intermediarios, es decir, agentes literarios. «Los premios convocados por ayuntamientos de pueblos o ciudades de provincia entiendo que son los más limpios», sostiene este escritor. Un procedimiento en el que todos ganan, asegura; no solo el galardonado, sino sobre todo la editorial, ya que el presupuesto suele exceder el coste de la edición y dotación. «De este modo, la editorial mediana que publica el libro consigue sanear las cuentas de la temporada».
Luego está el debate del premio a libro editado o manuscrito. Pedro Ugarte, bregado escritor bilbaíno con varios premios en su haber (Euskadi, Logroño, Setenil), cree que «podría ser de cierta utilidad que nuestro sistema literario apostara más por los premios a libro editado que a manuscrito». En otros países, apunta Ugarte, «los premios más prestigiosos y sonados son de este tipo».
Ahí está en Francia el emblemático Goncourt, cuyo jurado de diez miembros elige «el mejor volumen de imaginación en prosa» de entre las novelas ya publicadas en el año a punto de terminar. El fallo se anuncia en noviembre y su dotación es simbólica, 10 euros, claro que las ventas se disparan y con ellas los ingresos. Son premios de gran renombre y repercusión mediática, como los Pulitzer o Booker, que en España no tendrían parangón, pues ni los que entrega el Gobierno (Nacional de la Crítica o Nacional de Narrativa) ni otros independientes gozan de un aura comparable.
A partir de 1959 se reunieron en el hotel Formentor de Mallorca una serie de escritores y editores para participar en diversos foros literarios. En la isla balear se reunirían, por iniciativa original de Camilo José Cela, nombres como Italo Calvino, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite o José Luis Castillo-Puche. En el transcurso de esos coloquios, se entregaría el joven Premio Biblioteca Breve, de la editorial organizadora, que aquel año fue a parar a 'Nuevas amistades', de Juan García Hortelano.
En el calor de aquellas sesiones, surgió la idea de crear un premio de ambición internacional que decidirían los editores y que se fallaría cada año en mayo, en el propio hotel, situado en la priviliegiada bahía de Pollensa. Se buscaba la excelencia literaria y reconocer el conjunto de la obra de un autor de fama internacional. Su primera etapa fue corta, ya que el premio no cayó bien al régimen de Franco, que lo consideraba un foco de disidencia.
Discusiones internas de los editores llevarían a suprimirlo en 1967, no sin antes premiar con 10.000 dólares de la época a escritores como Jorge Semprún o Gisela Elsner, autora de 'Los enanos gigantes', de marcado compromiso comunista. Volvería a partir de 2011, con una dotación de 50.000 euros que este año ha recaído en el neerlandés Cees Nooteboom, ligado por cierto al mundo balear, ya que tiene una casa en Menorca, a la que ha dedicado algunos relatos en su libro 'Lluvia roja'. Otros ganadores han sido Annie Ernaux, Enrique Vila-Matas o Mircea Cărtărescu.
Mientras el premio Goncourt valora «el mejor volumen de imaginación en prosa», los editores que actuaban como jurado del Formentor de la primera época buscaban la calidad literaria, pero también tocar temas sensibles a la preocupación «cívica o política» de los países donde se publicarían. «Eso dio a Seix Barral un prestigio en el extranjero», reconoce Jaime Salinas en 'Cuando editar era una fiesta'.
El Goncourt se entrega en Francia a una novela ya editada -como el Rómulo Gallegos, antes de su suspensión, en Venezuela-, y el Formentor premia toda una carrera. ¿Estará en condiciones de competir en repercusión algún día con el Goncourt? Para el escritor y ensayista Jorge Carrión, es un premio cada vez más conocido en España, pero que se parece demasiado al Nobel o al Cervantes. «Todos los que lo han ganado podrían ganar también alguno de esos premios», considera el autor de 'Librerías' o 'Contra Amazon'. «Tal vez hubiera sido interesante, a la hora de reimaginarlo, que fuera para autores emergentes o en un momento medio de su carrera, y no para autores absolutamente consolidados y de prestigio internacional», sugiere Carrión.
Mientras tanto, parece demostrado que España carece de ese premio de relumbrón que no venga de los cauces públicos, como el citado Cervantes. «Ha habido intentos, como el de la Bienal Vargas Llosa. Pero, por otro lado, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional y el Premio de la RAE deberían tener esa función que tiene el Goncourt. Sin duda, algo falla, si no logran alcanzar esa repercusión ni ese prestigio», concluye Jorge Carrión.
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