Colaboro con Territorios casi desde sus comienzos y siempre me ha resultado interesante y placentero. Actualmente, hago sobre todo artículos de cine con toques de ... literatura que me encarga mi amable jefa Teresa Abajo por alguna efemérides concreta o le propongo yo el tema. Procuro que todos ellos contengan dosis de humor, si no, me falta algo, como al yonqui sin nada que chutarse.

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Al hilo del humor, mantuve dos largas colaboraciones que me permitió mi apreciado César Coca. Fue mi favorita la serie 'Letraheridos imaginarios', que duró cuatro años. Eran breves cuentos muy locos y asaz gamberros que protagonizaban personajes esperpénticos aquejados de diversas pedradas con la literatura. Uno de los que escribí a cuatro manos con mi amigo y colega Pedro Learreta nos hizo llorar de risa al perpetrarlo. Se trata de 'Las bruñidoras gemelas Zapaburu', enloquecidas por las obras completas de Sabino Arana y cuyo máximo fetichismo es bruñir con sus cuerpos desnudos y aceitados la estatua del prócer erigida en los Jardines de Albia de Bilbao.

Y duró once años mis 'Diálogos mínimos'. Cada entrega eran tres golpes de diálogo (independientes con cierta unidad temática) pues eso, mínimo: expresada la idea, el pequeño gag, con el menor número posible de palabras. Por ejemplo: «Practica tanto la humildad que hasta es afónico». «Soberbia encubierta». O «Tu amante te la pega con otros». «Los martes y viernes, de cinco a siete, no». Fueron 425 entregas entre 2011 y 2022. Tenían detractores (a mi hija le daban alipori) y seguidores, pero todo el que leía Territorios los ojeaba, ventaja de lo brevísimo. Unos los llamaban con pedantería «haikus» y otros más castizos y realistas «chorradillas». «El primero que se vaya será un traidor». «Y el último, un imbécil». O «¿Es tan frío como dicen?» «Cuando pasea por el campo las aves emigran a África». El último fue: «¿Qué tal tiene la casa?» «Como su vida, hecha una ruina».

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