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Huyendo de Halloween
El latido cultural ·
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El latido cultural ·
Los zombis de San Francisco caminan oblicuamente y llevan zapatillas deportivas debido a las cuestas de la ciudadNo. Uno no es un purista de las tradiciones autóctonas, ni está en contra de esa importación del Halloween americano a la que asistimos desde ... hace ya unos cuantos años en España. Uno está muy a favor del mestizaje cultural (y, por supuesto, antes del mestizaje étnico), que siempre resulta enriquecedor. Pero, precisamente por esa razón, le gustaría que a ese abrazo que damos todos los años cada treinta y uno de octubre a las calaveras y a las calabazas «de allende los mares» se sumaran los ingredientes de la tradición cultural española, que tampoco se ha quedado corta en esa celebración desenfadada y eufórica de la muerte. Uno es que no ve por qué, entre los disfraces de monstruos, espectros y resucitados yanquis que hoy pueblan nuestra conmemoración del Día de Todos los Santos y del Día de Todos los Difuntos, no comparecen también los del Don Juan Tenorio, la novicia Inés burlada por éste y el Comendador muerto Don Gonzalo de Ulloa, que asiste, para vengar a su hija, a la cena sacrílega convocada por el libertino, como un convidado de piedra en la obra de Zorrilla.
No creo que desentonaran en absoluto esos personajes de la literatura española con la lobreguez estrafalaria de los vampiros, los presidiarios y los Dragones Ninja importados del festivo repertorio estadounidense. No creo sinceramente que tengan, respecto a éstos, nada que envidiar en divertida tenebrosidad. Y, con esa recuperación de la tradición hispana, el mestizaje se haría mucho más efectivo que con la mera importación acrítica de la parafernalia norteamericana, así como cobraría la festividad un cariz más pedagógico para nuestras nuevas generaciones que, afortunadamente, muestran hoy como nunca una permeable disposición a absorberlo todo, tanto las costumbres y usos extranjeros como los de nuestro propio país. No tiene mucho sentido condenar como una lacra nacional y carpetovetónica nuestra vieja afición a la cultura de la muerte, y al mismo tiempo adorar esa misma cultura cuando tiene una procedencia foránea, o sea, seguir abundando en eso que los mexicanos llaman «malinchismo» y que consiste en el genuino vicio, igualmente español, de dar por bueno todo lo ajeno, a la vez que se rechaza lo propio.
La cultura de la muerte, sí. Tuve la suerte de visitar San Francisco en los días previos al Halloween, como tuve también la suerte de escapar por los pelos de la noche de esa celebración. Pero confieso que me divirtió ver cómo esa ciudad se engalanaba de cráneos, garras siniestras y calabazas sonrientes. Los muertos vivientes de San Francisco presentan la particularidad de que caminan oblicuamente. En una ciudad tan poblada de cuestas es imposible andar de manera erguida. Es imposible la elegancia y el enderezamiento estiloso del cuerpo que ésta exige para recorrer sus calles. Los zombis del Halloween sanfranciscano llevan zapatillas deportivas y son poseedores de una agilidad física que supone una definitiva renuncia al hieratismo propio de su condición cementerial.
Siempre se ha dicho de broma que los catalanes «viven en desnivel» por la costumbre que tienen de utilizar la expresión «bajo a Madrid» o «subo a Barcelona». Pero ese desnivel es puramente metafórico porque se inspira en el mapa de la península y no en una verticalidad real. En el caso de los zombis de San Francisco, como de todos los habitantes de esa hermosa y pintoresca localidad, ese desnivel no es figurado sino efectivo y físico. Los zombis de San Francisco suben y bajan en el sentido más literal del término y logran que, ante su presencia, uno se sienta cercado por esa fantasmagórica oblicuidad. Y es que, en los días y las noches de mi estancia en esa desnivelada metrópoli, a los zombis del Halloween se sumaban, para colmo, los de la miseria -los clásicos mendigos que ya son parte inherente de ese paisaje urbano y de los que ha dado buena cuenta el cine- así como de las víctimas del Fentanilo, ese potente analgésico producido por la industria farmacéutica que, debido a su fuerte carácter adictivo, ha hecho unos estragos propios de una ficción distópica en un sector de la sociedad norteamericana y de los que San Francisco es una muestra tristemente ilustrativa.
Sí. Tuve la suerte de escapar a tiempo de la noche del 31 de octubre en la ciudad del Golden Gate. Y de recordar con nostalgia a aquel Tenorio que en esas fechas era una cita obligada en la televisión de mi niñez.
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