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Desentrañar Castilla
El paisaje ·
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El paisaje ·
Quiso retratar en su obra el entorno natural y humano de su tierra para ponerla así en el mapaeduardo laporte
Viernes, 16 de octubre 2020, 22:02
«Acertó a pintar Castilla». Con estas cuatro palabras, confesó el propio Delibes a la recepción de un premio en 1964, se conformaría el ... autor si en el futuro se hablase de él. Llevaba haciendo méritos casi dos décadas, con obras en las que el paisaje ya cobraba categoría de personaje. Para cuando dijo aquello, ya había publicado, entre otras, 'El camino', 'Las ratas' y la que él mismo prefería de toda su producción: 'Viejas historias de Castilla la Vieja'.
Sin embargo, en una de sus últimas intervenciones públicas, confesaría que no le bastaba con pintar, y hablaría entonces de «desentrañar», como si el paisaje necesitara un traductor que descifrara sus mensajes ocultos y, así, despertar a esa tierra olvidada. De hecho, también solía hablar de «alumbrar». Pocos como él se comunicaron, o al menos supieron escuchar, a la tierra en la que pasó toda su vida. Insiste en ello el también premio Nadal Gustavo Martín Garzo, gran conocedor de su obra y autor de 'Los viajes de la cigüeña', en la que rindió homenaje a esa mirada delibesiana, recorriendo sobre una bicicleta Supercil los parajes de Tierra de Campos, en el corazón de la Valladolid más llana.
«La comunicación de Delibes con la naturaleza es uno de los grandes aciertos de su obra. El paisaje nunca forma parte del decorado, sino que se convierte en un protagonista esencial», señala este escritor. A su juicio, Delibes ejerció el realismo, practicó unas descripciones precisas, con una prosa «casi administrativa», pero debajo de todo ello subyace, considera, una dimensión mágica. «Se aprecia en la relación que tienen sus personajes con el mundo natural», sostiene Gustavo Martín Garzo, y pone como ejemplo cómo sufre el protagonista de 'La guerra de nuestros antepasados' cuando se podan los árboles, o la querencia de Azarías a la grajilla, su milana bonita, en 'Los santos inocentes'. Pero quien mejor encarnaría la relación del paisaje y, por tanto, de la naturaleza que se desarrolla en él, sería el Nini, el niño de mirada nueva y asombrada que nutre las páginas de 'Las ratas'.
Porque el Nini se implica con su entorno, se desvive por cualquier animal, insiste Martín Garzo. «Su actitud es la de estar en el mundo, igual que lo que ve; no sentirse diferente a todo lo que hay alrededor», señala este escritor vallisoletano, que ve en personajes como el citado Nini una fusión completa con la naturaleza, a diferencia del urbanita moderno que la tomaría con cuentagotas. Una mirada parecida a la de Daniel, el Mochuelo, matiza, es decir, «atenta, concienzuda e insaciable».
Para Amparo Medina-Bocos, filóloga y experta en Delibes, es importante señalar también que para él el paisaje es mucho más que la escueta definición que aporta el diccionario de la RAE. Donde un ojo poco avezado ve montes, Delibes contemplaba «cuetos, tesos, cerros, oteros, lomas, cotarras« y donde una visión roma aprecia un río, el autor de 'El camino' descubría «mimbreras, correhuelas, espadaña y carrizos», añade.
Delibes se decía un cazador que escribe (más que un escritor que caza) y, en esas sesiones en busca de perdices con las que llenar el morral, recorría Castilla a pie, como recomendaba por cierto Unamuno para hacerse patriota. Jornadas de hasta 25 kilómetros que daban para charlar, o pegar la hebra, con los distintos personajes que salían al paso, cambiando ahora el objeto de la caza. «Tenía alma de dialectólogo. Cuando descubría una palabra nueva, o distinta de la que él conocía, enseguida se apropiaba de ella», señala Medina-Bocos.
En 'Un año de mi vida', diario fechado en 1970, Delibes alaba a Umbral, de quien reconoce el mérito de haberse ido a Madrid, como antaño, a conquistarla. «Hogaño puede hacerse a distancia», reconocía un escritor de entonces 50 años que, en efecto, no necesitó desplazarse de su ciudad natal para alcanzar el éxito literario. No estaba dispuesto a renunciar, en cualquier caso, a ese análisis minucioso, pausado, de una geografía sentimental que describiría en sus llamadas 'novelas rurales'.
Tuvo tiempo, pues, para ejercitar la retina y extraer los distintos matices cromáticos de su tierra. «Es alguien que te enseña más que a escribir, a mirar», subraya Andrés Trapiello, que siempre admiró, comenta, su capacidad para afrontar la escritura «sin arrequives líricos, aunque hable de cosas sublimes, como hay tantos relacionados con la naturaleza, unas flores, un río, un bonito atardecer…». Así, uno de los grandes logros de Delibes, en opinión de Amparo Medina-Bocos, es extraer la paleta cromática que ofrece Castilla con sus ojos receptivos. Hay consenso en que el escritor se 'desnoventayochiza', en feliz expresión de Umbral, y opta por un realismo preciso, objetivo; no obstante, la sombra de Machado sería alargada, con quien comparte una mirada y sensibilidad parecidas para un mismo territorio. ¿El secreto de la popularidad de Delibes? «Unos gramos de poesía que hace que todos lo encuentren especial», aporta Trapiello.
Su abordaje del paisaje asoma en 'Diario de un cazador', para consolidarse en 'El camino', y más tarde en 'Viejas historias de Castilla la Vieja', 'Las ratas' y 'El disputado voto del señor Cayo'. En 'Las ratas', señala Medina-Bocos, dominan los tonos pardos, ocres, grises, «pero en cuanto llega la primavera los cauces reverdecen, las junqueras amarillean y los sembrados verdeguean». Es en esa novela, donde toda la capacidad descriptiva del autor alcanza su cénit. Y rescata una frase que lo demuestra: «Los trigos componían una alfombra verde que se diluía en el infinito, acotada por la cadena de cerros, cuyas crestas agónicas se suavizaban por el verde mate del tomillo y la aliaga, el azul aguado del espliego y el morado profundo de la salvia».
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