Alcanzar el milésimo quingentésimo número de una publicación no es cualquier cosa. Imprime carácter. Supone la articulación intelectual de un abundoso y generoso territorio que ... alumbra mucho más allá de lo que alcancen a ver los ojos de la imaginación. Libros y más libros. El arte y todas las artes. Un ecosistema periodístico y literario con sus propias condiciones climáticas, y con sus prodigiosas criaturas particulares. Una fecunda tierra de palabras que cada semana acoge a sus lectores y los provee de las mejores herramientas para interpretar el mundo, para superarlo. En mi caso, también sin ir más lejos, para someter el mundo a la mirada escrutadora de la poesía: la fe de vida de los poetas, con su habilidad providencial para buscar las palabras más hermosas, las más significativas y trascendentes que existen desde que el hombre es un zoón fonón, un animal que habla, como dicen que dijo Aristóteles.

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Colaborar en la empresa humana que cuida y que conserva, desde hace casi treinta años, esta tierra de las palabras, al lado de las firmas que se despliegan junto a la mía y del equipo que nos orienta, siempre en busca de los mejores pastos literarios, es como pasear por los Campos Elíseos del mejor periodismo. Ése que Miguel Delibes y Ryszard Kapuscinski, Gustavo Adolfo Bécquer y Gabriel García Márquez señalaron como el mejor oficio del mundo: el periodismo. Mucho mejor aún si su apellido es «cultural». Adentrarse en los libros, descubrir sus virtudes y ofrecérselas a los lectores de EL CORREO es la misión de los que tenemos el honor de colaborar desde hace años con este suplemento. Un honor y un inmenso placer, pero también una tremenda responsabilidad. Un temor (el del cazador de libros en las fértiles llanuras de la tierra de las palabras) que solo se disipa cuando sabemos que la pieza que señalamos ha llegado al lector, le ha interpelado, le ha seducido, le ha transformado… Felicitémonos por ello.

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