Borrar
'Bonaparte con los apestados de Jaffa', Antoine-Jean Gros, 1804.
Atreverse con la maldición
Artes plásticas

Atreverse con la maldición

Pandemia El arte se alimentó de la peste. Puso una vela a la ciencia, otra a la creencia y dejó algunas víctimas en el camino

begoña gómez moral

Sábado, 28 de marzo 2020, 00:16

La peste es un cadáver ciego que recorre las calles segando. Así de alegre pintó Arnold Böcklin su visión de la enfermedad en 1898 a pesar de haber transcurrido más de ciento cincuenta años desde el último brote masivo en Europa. La epidemia había dejado más o menos tranquilo el continente en 1720, pero tras de sí quedaba la memoria colectiva y un pintor dispuesto a dar testimonio: la guadaña imprescindible para cortar vidas a lo grande, las cuencas vacías porque le da igual a quien se lleve por delante, la montura voladora para viajar deprisa, la desesperación de los que lloran o mueren en la calle y el aire fétido a su paso.

Böcklin no había experimentado la peste, pero era ducho en apocalipsis. A los 22 años, en París vio pasar desde su buhardilla de estudiante las carretas con los condenados a muerte de la revolución de 1848. Más tarde, la meningitis se llevó a su mujer antes de poder celebrar siquiera el primer aniversario de boda. Después contrajo nuevas nupcias con Angela Pascucci. Juntos huyeron del cólera varias veces y juntos tuvieron que asistir a los funerales de ocho de los catorce hijos del matrimonio. El mismo pintor estuvo a punto de morir de un brote de tifus.

Para ser suizo, Arnold Böcklin vivió una vida apasionada. Después de largos periodos de penuria, el prestigio y la cotización le llegaron de repente. En 1901 fue a morir a Fiesole, no porque fuese escenario del 'Decamerón', sino porque Italia era todavía el destino de muchos artistas y él, un enamorado del país donde había vivido largos periodos. Poco después empezó de nuevo el declive y para el inicio de la primera guerra mundial Böcklin era casi un recuerdo. Un pintor anticuado, venían a decir los críticos, dueño de un imaginario que se oponía al modernismo del arte francés Belle Époque. Aun peor, su pintura, sus paisajes eran «más pensados que sentidos»; una mezcla de literatura y teatralidad que dejaba un regusto opuesto a las preferencias impresionistas que, a pesar de todo, iban calando. Para colmo, era popular como un tapete de ganchillo. Entre 1880 y 1886 hizo al menos cinco versiones de la 'Isla de los muertos', metáfora del viaje con Caronte de tal éxito que había una estampa casi en cada hogar alemán que se preciase de alguna sensibilidad artística: piano e isla de los muertos, dueto imprescindible. Definitivamente, Böcklin era demasiado popular… hasta que llegaron los surrealistas. Tuvieron que ser Max Ernst, Dalí, de Chirico, los que reivindicaran la creatividad, la innovación, la interpretación de la mitología y el erotismo de su pintura. Tuvieron que ser los exploradores del sueño y la psique quienes señalaran que la 'Isla de los muertos' hunde las raíces en lo más profundo de la psicología visual.

La lista de pintores que murieron a causa de la enfermedad es muy larga

En llamas

Más adelante, a Böcklin tampoco le favoreció ser pintor favorito de Hitler, dueño de once cuadros suyos. Que los nazis nunca lo arrumbaran en el baúl del arte 'degenerado' le valió la enésima decadencia y Clement Greenberg, al timón del Expresionismo Abstracto, le otorgó la corona del kitsch. Ofendían en especial las obras de madurez: 'Ruinas junto al mar', la 'Batalla de los siglos' y 'La peste': un personaje espantoso a lomos de un animal volador que, en lugar de anunciar el siglo XX, siembra el caos mirando a la Edad Media.

Aun hoy, tres siglos después del último brote, la peste sobrevive. Su cara es la de los zombis de teleserie y a ella recurre el lenguaje cada vez que un olor es en especial desagradable. En eso la semántica se alía con los historiadores porque, en la vida diaria de la Edad Media, recreada magistralmente en documentales y películas, el olfato es una pieza fundamental que nos falta en el puzle para comprender los tiempos de las grandes plagas. Sin posibilidad de higiene como la entendemos hoy, el olor de lugares y personas era una potente seña de identidad. Quizá también las flores y cultivos perfumasen el aire con más fuerza pero, cuando la plaga golpeaba, los cuerpos en descomposición infectaban casas y calles. El olor acababa por ser una presencia casi sólida a medida que se hacía imposible hacer frente a la epidemia, cuando los supervivientes no daban abasto a enterrar víctimas y cuando estaban ocupados ya en morir ellos mismos.

El mundo medieval, igual que el de Böcklin e igual que el nuestro, tenía dos enfoques frente a la pandemia: medicina y religión. Por desgracia, la perspectiva científica daba estocadas al aire en la creencia, estrechamente unida a las teorías olfativas del momento, de que la peste se propagaba por efecto de miasmas y aire corrompido. Sanguijuelas, purgas, ayunos y sahumerios de maderas aromáticas formaban en distinta proporción la fuerza de choque ante la enfermedad. Tampoco faltaban quienes veían la oportunidad de hacerse de oro con tratamientos supuestamente innovadores. En el carnaval veneciano y en infinidad de grabados ha quedado perpetuada la silueta del médico de la peste: sayón encerado, sombrero de ala ancha, anteojos y máscara de pico curvo llena de hierbas perfumadas. Algunos viajaban de pueblo en pueblo y cobraban un dineral por, básicamente, certificar que el enfermo iba a morir y que sí, en efecto, tenía peste.

Otros médicos, como Guy de Chauliac, hicieron frente al mal cuando los demás huían. Jugándose la vida para estudiar de cerca a los enfermos, pudo plantear las primeras diferencias entre peste bubónica -la de los ganglios- y peste pulmonar, aunque el bacilo yersinia pestis no se dejaría ver por completo hasta 1894. En la corte papal de Aviñón, Chauliac tuvo que enfrentarse a ciegas con la gran pandemia de 1348.

En medio de la devastación consiguió evitar el efecto desmoralizador que hubiese supuesto la muerte del sumo pontífice. Lo hizo aconsejando a Clemente VI limitar cualquier contacto y tener siempre una hoguera encendida en su aposento. Que nada ni nadie se le acercase sin pasar por una barrera de fuego. Rodeado de antorchas en aquellas audiencias fantasmagóricas, cada vez con más sillas vacías a medida que iban muriendo cardenales, el prelado decidió absolver de todo pecado a cualquier víctima de la peste -daba igual si era cristiano, judío o musulmán y si había llevado una vida disoluta o virtuosa- y consagrar el Ródano para convertirlo en un gran camposanto líquido. La ciudad, el país, Europa entera se había quedado sin terreno para más cementerios y de ese modo fue posible arrojar los cadáveres al río.

'Autorretrato con la gripe española', Edvard Munch, 1919. 'Triunfo de la Muerte', Palacio Abatellis (Palermo), 1448. Médico de la peste, c. 1656. 'Vanitas', Pieter Claesz, 1630.

Religiosidad extrema

Que el Papa otorgase la absolución universal a los enfermos fue un acontecimiento. La perspectiva religiosa se fundamentaba más bien en lo contrario: Juicio final, castigo divino y culpa. Como consecuencia de las sucesivas oleadas de peste las sociedades se entregaron a la religiosidad extrema. Los supervivientes quedaban traumatizados por la idea de la muerte. La habían visto demasiado cerca y, una vez asumida la brevedad de la existencia, todo giraba en torno al tránsito a otro mundo quizá mejor. La buena muerte, en paz y con esperanza de salvación, era la aspiración máxima y los artistas resolvían el 'ars moriendi' visual con esqueletos y otras personificaciones llamando a la puerta del enfermo. Si había sido avaro, que se preparase para lo peor. Atesorar bienes terrenales era peligroso cuando tocaba la campana en la hora postrera. Cualquier placer de los sentidos o intelectual era condenable, una idea que perduraría en el arte: desde 'las tres edades del hombre' hasta la 'vanitas' barroca.

En docenas de retablos, ángeles y demonios luchaban por las almas in extremis y demonios variopintos se llevaban pecadores a carretadas. A veces se empeñaban en la 'danza macabra': jóvenes y viejos, hombres y mujeres, pobres y poderosos, gente que nunca bailó levantaba los pies del suelo al son de la melodía hacia el otro mundo. Una vez allí, pregunten a Hieronymus Bosch, que parecía conocerlo. Con esa perspectiva no era fácil morir tranquilo. Antes de que llegase el caso, los enfermos podían recurrir a San Sebastián, santo patrón de las víctimas de la peste. Esa nueva advocación le valió al mártir un renacer y presencia casi continua en el arte desde finales de la Edad Media. Los historiadores han rastreado su conexión con la enfermedad hasta el Apolo grecorromano. El dios arquero ya curaba la peste y la figura asaeteada de San Sebastián podría ser una cristianización de ese mito. También, por pura similitud, la apariencia del cuerpo lacerado podría haberse asociado a las llagas de los apestados y que el santo lograse sobrevivir ser un signo de esperanza.

Tiziano pintó el San Sebastián del Hermitage poco antes de morir. Eso no impidió que el maestro veneciano fuese una de las víctimas más insignes entre las que la peste le robó al arte. Igual que su amigo Giorgione, fallecido el 25 de octubre de 1510 con poco más de 30 años. Durante décadas se ha pensado que los últimos días los pasó recluido en la terrorífica isla de Poveglia, aunque nuevas investigaciones indican que es más probable que el héroe perdido del Renacimiento muriera en Lazzaretto Nuovo. La misma enfermedad privó a Rembrandt de su compañera, Hendrickje; es posible que Hans Holbein muriera de lo mismo y la lista podría continuar.

Después de alejarse la sombra de la plaga tal como Böcklin la había resumido en el cuadro de 1898, Edvard Munch contrajo la gripe de 1918. Algunos la llamaron gripe española por ser España el único origen fiable de noticias sobre una enfermedad que asoló Europa con la misma virulencia que la peste. Entre miles de víctimas austriacas, hubo otra estrella en ciernes: Egon Schiele. Después del golpe de suerte que supuso para él superar la guerra en un puesto alejado del frente donde pudo incluso pintar en algún rato libre; después del éxito en la exposición secesionista de ese año, que le permitió instalarse en un estudio mejor, vio morir a su mujer embarazada de seis meses y tres días después falleció él de la misma pandemia. Era el 31 de octubre de 1918 y tenía 28 años.

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

elcorreo Atreverse con la maldición