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¿Es posible limpiar un baño de sangre con música? La respuesta, obviamente, es no. Pero sí puede provocar un efecto balsámico. Ayudar a que la sangre se escurra de la memoria. Odile Gakire Katese lo ha demostrado en los quince años que dura ya su iniciativa Ingoma Nshya. Tras el genocidio de Ruanda, esta artista e intelectual pudo regresar a su país de ascendencia y tratar de coser las heridas con un tambor. Así nació su proyecto: reunió a mujeres de las etnias hutu y tutsi y las puso a golpear los parches creando un extraordinario grupo de percusión que ha revelado su capacidad de desafiar la oscuridad. Ingoma Nshya ha actuado ya por media África, desde Senegal hasta Etiopía, y realizado giras por América y Europa. A veces, en solitario; otras, en colaboración con estrellas de la música global comprometidas con la igualdad de los derechos humanos.
Odile será una de las artistas que el lunes, 24 de junio, subirá al escenario del museo Guggenheim de Bilbao para recoger uno de los premios de la Fundación Fair Saturday. Los galardones distinguen a aquellas personas e iniciativas que aplican la cultura con fines de superación social y su capacidad de tender puentes a nivel mundial. Dos centenares de ciudades y 10.000 artistas de distintos países se han adherido a esta experiencia nacida en la capital vizcaína. Escocia ha adoptado también su día nacional dedicado al Fair Saturday. Y es en ese movimiento singular y vocacional donde esta mujer ha hecho vibrar la percusión. Un día, a Odile le preguntaron por qué había creado un taller de tambores cuando ella, que había estudiado interpretación en París, trabajado en Canadá con el director de cine Roger Spottiswoode y aprendido con prestigiosos profesores, podía haber seguido una tranquila carrera en Europa. Y respondió: «Como artista me plantee qué mensaje podía transmitir al mundo. Me dije: pues que la mujer ruandesa es fuerte». Y así reunió a víctimas de las dos etnias. «Vivimos unos entre los otros. Y teníamos dos opciones: seguir matándonos o encontrar la forma de vivir juntos», declaró en una entrevista, donde se mostraba convencida de la capacidad de la música y la cultura de diluir el rencor.
Odile y su familia pertenecen a la casta tutsi. Sus padres tuvieron que exiliarle al Congo ya antes de la masacre que entre abril y julio de 1994 abrió el infierno en la tierra con una violencia inusitada. Fue en África. Muchas naciones prefirieron mirar hacia otro lado. El genocidio exterminó al 75% de los tutsi a manos de la mayoría hutu. Casi todos los parientes de Odile figuran en esa trágica estadística. Entre uno y dos millones de muertos, cuyos cadáveres todavía siguen apareciendo a día de hoy en fosas ocultas para golpear la memoria del mundo. Poco después, ella volvió a Ruanda y se dedicó a colaborar en el resurgimiento del país desde la perspectiva que mejor conocía: la cultura. Abundaban las viudas, las huérfanas y las madres que se habían quedado solas, sin hijos, sin maridos. Tres cuartas partes de la población ruandesa eran mujeres. Se planteó ofrecer a las supervivientes del genocidio tres armas de superación, progreso y reconciliación: la música, el teatro y la escritura. Lejos de otras expresiones laborales y artísticas más vinculadas históricamente a la condición femenina en el continente, suponía también la ocasión de reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres desterrando los clichés machistas tradicionales.
Así, Ingoma Nshya ha conseguido vencer la siembra de deshumanización y rencor posterior al genocidio y, además, configurar el empoderamiento de la mujer en su país. Hoy nadie duda del derecho de este grupo a utilizar el tambor, que tiene su razón de ser. Hasta fines del siglo pasado, este instrumento constituía un símbolo de poder en Ruanda y sólo la población masculina estaba autorizada a tocarlo. La banda de percusión de Odile rompió con esta norma. Y con otras. Sus integrantes juegan al fútbol y enseñan a los hombres a cocinar. Las percusionistas no pertenecen a grupos de clase media y alta con estudios. Son fundamentalmente amas de casa que conocieron el horror y el terror en primera persona que ahora tienen en sus manos un tambor y la música, la capacidad y la ilusión para crear un nuevo orden más humano.
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