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Virginia e Ignacio tan solo eran dos adolescentes que se veraneaban en Pedernales cuando se conocieron. Dos jóvenes de 15 y 16 años que comenzaron a salir en la misma cuadrilla y a descubrir juntos las primeras noches de verano en este municipio costero próximo a Bermeo. Pero no hay vacaciones sin despedidas: ella volvía a Bilbao y él a Getxo. Por aquel entonces, ninguno de los dos podía imaginar que unos años después comenzarían una vida juntos que los llevaría hasta el altar. Se comprometieron a finales de 2020, cuando las aguas de la pandemia parecían volver a su cauce y las bodas a un año vista ya se divisaban con optimismo. Su intuición no falló y el pasado 23 de octubre tuvieron enlace «que empezó muy pronto y acabó muy tarde» rodeados de los que más querían.
Ella estudió ingeniería, él empresariales, pero ninguno de los dos lo hizo en la Universidad de Deusto. Sin embargo, se casaron en su emblemática Capilla Gótica por tradición familiar. A las 13.00 horas de aquel sábado de otoño, unos pequeños pajes vestidos con detalles Liberty por 'La Casita de Mitos Roca' abrieron el cortejo nupcial. «También llevaban unas coronitas de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas», apunta. Virginia llegó del brazo de su padre «tranquila y encantada». «Y eso que soy muy vergonzosa, pero aquel día no estaba nerviosa», reconoce.
Una vez convertidos en marido y mujer, un pasillo de palos de hockey en honor al novio, que es jugador, los escoltó hacia el Jeep que los llevaría al Palacio de San Joseren, en Getxo, donde se celebró el banquete y la fiesta.
Fue una celebración anclada a sus raíces que no necesitó la ayuda de ninguna 'wedding planner'. La magia sucedió entre amigos y familiares. «La página web y los recordatorios me los diseño una amiga, Regina Goiria. Además, en la invitación aparecía un dibujo muy característico de Pedernales que nos hizo nuestra amiga Sofía Mendizabal», nos cuenta Virginia.
Ella es una de esas novias que atrapan en tan solo una imagen. Una fotografía en blanco y negro, como muchas de las que hizo aquel día la fotógrafa Almudena Lamas, fue suficiente para intuir el delicado trabajo que se realiza en el atelier de Javier Barroeta. Virginia es una novia que nos traslada al estilo inolvidable de Carolyn Bessette, de esas que consiguen hacer de un vestido «simple y refinado» -como lo definió en su día la edición estadounidense de Vogue- todo un punto de inflexión. Aunque es ingeniera de profesión, esta bilbaína tiene un afilado sentido estético y un gusto por la moda heredado de su madre. De ahí que tuviera tan claras las directrices de su look nupcial. Maite Quintana, encargada y diseñadora de Atelier Barroeta, captó enseguida las ideas que rondaban su imaginación. «Me entendió a la primera con un solo boceto», reconoce.
Virginia buscaba un diseño muy sencillo sin apenas costuras. Recordó un vestido que compró en la tienda B54 de Bilbao y que utilizó en una ocasión como look de invitada. Tenía una bonita caída de seda y un favorecedor corte al bies que resultó ser el punto de partida de este diseño. «Experimentamos con este tipo de silueta, nos parecía muy bonita y elegante. Aparentemente es sencilla, pero tiene un corte complicado que requiere una ejecución muy precisa, donde se aprovecha toda la tela. Sin duda, la joya de este vestido es ese corte al bies en un raso doble», nos explica la propia Maite. La manga larga y el cuello redondo cortado a caja fueron otros de los requisitos imprescindibles de este diseño.
Al principio se planteó ser una novia velada, idea que desechó cuando dieron con un detalle que transformaría totalmente el look sin perder esa esencia de líneas depuradas que habían pactado. Era un enorme lazo en la espalda rematado en cola, unido al vestido con unas puntadas a mano. «A partir del lazo comenzamos a drapearlo sobre ella hasta conseguir una forma de flor», explica Maite. Estaba confeccionado en tul de seda armado con tul ilusión, para darle más cuerpo, y tenía la peculiaridad de adaptarse a los distintos momentos de la celebración. En el cóctel se desmontó parte de la cola y en la fiesta se pudo desprenderse de él por completo. «Hacerse un vestido convertible es lo más inteligente y demandado hoy en día. Nosotros nos adaptamos a las circunstancias», apunta Maite.
Apostó sobre seguro en los complementos, con el modelo 'Julieta' de Bimani que suele utilizar en sus looks de invitada. «Son unos zapatos comodísimos y los compré en tono nude». Fiel a su minimalismo, llevó unos pendientes de Suarez, regalo de su hermana, y el anillo de pedida como únicos ornamentos. Retama fue el artífice de su ramo, unas hortensias azules secas de las que sacaron unos pétalos para adornar el moño de bailarina que le hizo Itziar Luja, su «peluquera de toda la vida». Siguiendo en esa misma línea sencilla y depurada, la maquilladora Patricia Pérez Badiola consiguió realzar la belleza natural de esta novia que se ha convertido en la confirmación de que «el menos siempre es más».
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