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«Se vende terreno con edificación en ruinas». Aunque este anuncio publicado en un portal inmobiliario resultaría poco alentador para la mayoría, Tas Careaga vislumbró en él todo un mundo de posibilidades a su medida, ya que fue capaz de visualizar en un montón de escombros una vivienda que ha acabado siendo su proyecto más icónico.
«¡Me he comprado una iglesia!», advirtió este venezolano de nacimiento y bilbaíno de corazón a su amigo Carlos Garmendia por teléfono. Éste, arquitecto del estudio Garmendia & Cordero, le ha acompañado en su apasionante locura de transformar una pequeña iglesia construida durante la segunda mitad del siglo XVI en una casa que ha llamado la atención de revistas especializadas y prestigiosas publicaciones como la estadounidense «The Magazine-Dwell', que la incluyó entre las «diez mejores propiedades restauradas del mundo en 2019'.
Lo que ahora se conoce como 'la iglesia de Tas', antiguamente era la de Santa Cruz, una construcción de 1530 situada en el municipio encartado de Sopuerta. Sufrió una importante remodelación en términos neoclásicos a finales del siglo XVIII, aumentando su altura y añadiendo un campanario y un abrevadero. Ubicada en el barrio de Las Barrietas y rodeada de una docena de edificaciones aisladas, ocupa una posición privilegiada, escoltada por montañas exuberantes de vegetación y cerca del río Kolitza. Una descripción idílica si no fuera porque llevaba abandonada y en estado de semirruina desde hace 40 años. «En el momento en el que se plantea nuestra actuación, el edificio se encuentra sin cubierta, desplomada en el interior y en un estado preocupante de inestabilidad estructural», explica Garmendia.
El polifacético Tas es diseñador gráfico, informático, fotógrafo, pintor, interiorista y skater. También es el director de su propio proyecto, que acabó diseñando «a dos manos» con Garmendia, «compartiendo inquietudes, conocimientos, aspiraciones y obsesiones». Un estreno a lo grande donde ha invertido tres años de trabajo, visualizando, dibujando, proyectando y llegando, incluso, a ejecutar él mismo diversas partes de la obra. Tas creyó en el proyecto y Carlos, con su visión más amplia de las posibilidades reales que tenía este espacio, apostó por él desde el principio.
Se priorizó la idea de «intervenir de la manera más sensible posible, tocando la iglesia solamente cuando no existiera otra alternativa», explica Carlos. Intentaron respetar en la medida de lo posible todo lo que ya estaba, «sin tocar ni maquillar las cicatrices que muestra», conjugando el pasado y el presente a través de materiales, tonos y sistemas de construcción característicos de nuestra época, casi como si fuera un relato literario donde se pueden ir leyendo las historias que se han ido sucediendo entre esos muros a lo largo de los siglos.
Ha sido una obra compleja donde el arquitecto ha conseguido transformar y adaptar el espacio a las necesidades, gustos y estilo de vida de Careaga, haciendo doméstico un espacio que antes se dedicó al culto. Y es que pocos pueden decir hoy que se preparan el café por las mañanas donde antes había un altar o que duermen donde décadas atrás tañían las campanas.
El resultado ha sido un espacio diáfano de 249 metros cuadrados, con tres dormitorios y tres baños que han surgido entre su mampostería original, sus columnas sobrias y sus ventanas del triforio. Una estufa de leña calienta el interior, dispuesto en planta baja y dos alturas. La cocina está instalada en el antiguo ábside, con isla y muebles blancos en contraste con la textura de sus centenarios muros.
Por una escalera de peldaños abiertos ascendemos al primer piso, donde se encuentra el dormitorio principal sobre una estructura de madera de pino sin barnizar. Tiene vistas a toda la casa y se puede ocultar tras unas cortinas. El campanario se ha transformado en una habitación de invitados, con un espacio para dormir y un área para relajarse.
Al segundo piso se llega por otra escalera de madera que llega hasta el desván, donde se ha dispuesto una luminosa zona de oficina debajo de un tragaluz.
La iglesia está ubicada en una parcela de 900 metros cuadrados, donde se han aprovechado las imponentes vistas a la naturaleza para instalar un exterior para uso y disfrute de inquilino e invitados, con pufs y una larga mesa de madera y cristal.
Tas también fue el encargado del interiorismo, convirtiendo las paredes de piedra en un lienzo salpicado de muebles vintage rescatados de casa de su tatarabuela, mesas heredadas (como una 'Roche Bobois' de su tía), elementos que ha diseñado y construido él mismo y piezas de segunda mano intercaladas iconos del diseño del siglo XX, como la 'Lounge Chair y Ottoman' de Charles y Ray Eames o las sillas 'Panton' de Verner Panton en blanco y rojo. En las paredes, una combinación de obras de arte con tablas de skate, que son una muestra más del carácter ecléctico de su propietario.
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