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Raúl López, durante un encuentro con el Bilbao Basket.
Una varita mágica colgada en Miribilla
Bilbao basket

Una varita mágica colgada en Miribilla

Raúl López, uno de los pocos deportistas que pueden ser calificados de genios sin miedo a caer en la exageración y que sufrió una auténtica tortura en sus rodillas, dirá adiós como jugador del Bilbao Basket de la manera que sólo él sabe: con una mezcla de grandeza y humildad que lleva en el ADN

iñigo crespo

Jueves, 3 de marzo 2016, 18:49

Con ver a Raúl López (Vic, 35 años) sobre el parqué durante sólo unos segundos, cualquiera se convertía en un auténtico iluso. Nadie parece capaz de entender cómo un hombre que todavía maneja con tanta maestría el baloncesto puede dejar este deporte. El base del Bilbao Basket dio un pequeño aviso la pasada campaña, con un amago de retirada que creó un nudo en la garganta de la marea negra. El 'mago de Vic' es el preferido de la grada de Miribilla, que se ha rendido al talento infinito del organizador catalán hasta el punto de añorar su presencia incluso antes de que se marchara. Tiene el poder de generar una nostalgia repentina. La retirada de Raúl López al final de esta temporada, sin embargo, es irreversible. Y lo hará con la comunión imposible que sólo él sabe conseguir: una mezcla de grandeza y humildad.

Los adjetivos corren a veces el riesgo de ser traicioneros, equívocos o repetitivos, pero los hechos resultan casi siempre incontestables. Cuando debutó en la NBA, su equipo, los Utah Jazz, disputaba su primer encuentro sin las dos mayores leyendas de su historia: John Stockton y Karl Malone. Es decir, una franquicia de la mayor competición mundial de baloncesto confió la dirección de su nuevo proyecto a un joven de rostro tímido, que además era el tercer español en llegar a la gran liga.

El equipo de Salt Lake City, de hecho, mantuvo su apuesta por el de Vic incluso cuando se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha cuando estaba en el Real Madrid. Los estadounidenses, a veces estigmatizados por crear el juego de la canasta en una competición física, sabían que la virtud de Raúl López no estaba en sus piernas. Ni tan siquiera casi en sus manos. Sino en su cabeza. Cuando coge la pelota, el tiempo se congela. Es como si helara el crono y a sus adversarios con su mente y montara una jugada invisible en una fracción de segundo.

«Seguiría en la NBA»

«Si no fuera por las lesiones, seguiría jugando en la NBA». Es la sentencia de Sergio Scariolo, el entrenador más influyente en la carrera de Raúl López. Fue él quien le reclutó para jugar en el Real Madrid, procedente de la cantera del Joventut, también para el Khimki ruso, cuando trataba de relanzar su carrera, y a ganar el oro del Eurobasket de Polonia en 2009. «He visto a muy pocos jugadores con el instinto para el baloncesto y la visión de juego que tiene él. La mayoría tenía lo uno o lo otro. Él, sin embargo, combina las dos», aseguraba el técnico italiano en una entrevista con este periódico en 2013.

Raúl López atravesó un auténtico infierno con las lesiones. Se rompió dos veces el cruzado en la rodilla derecha, y sufrió otra grave lesión en la izquierda. El genio de Vic, quizás por ese carácter pusilánime que se les presupone a los genios, no es un hombre visceral que monta en cólera, pero tampoco se rinde con facilidad. El base todavía buscaba su sitio. Regresó al Madrid, probó suerte en Rusia y encontró su hogar en Bilbao, donde se ha convertido en un auténtico mago en el infierno de Miribilla.

Puede que muchos aficionados no se queden con un único momento de Raúl López como hombre de negro, aunque en el ideario colectivo permanece la canasta contra el Montepaschi en la Euroliga, clave para conseguir el billete a los cuartos de final en 2012. El verdadero éxito del catalán es haber convertido lo excepcional en su rutina de manera casi involuntaria. Dicen que no se puede brillar sin parar. Quien lo piense y quiera ver magia puede acercarse a Miribilla antes de que termine la temporada. Pasen y vean.

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