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Todo lo que tiene nombre existe. Es una frase de la mitología vasca que sirve para contar la historia de hoy. El pasado lunes dejamos ... claro que el Carnaval de Bilbao no nació ayer. Carga con tantos siglos como nuestra villa. Pero su prohibición por parte de la dictadura franquista, que algunos pueblos esquivaron con triquiñuelas dignas de aplauso, provocó un paréntesis tan largo que necesitó resurrección. Fue, como en tantas tierras, cerrando los 70 y abriendo los 80. Hubo que improvisar. Ejemplo de ello es el nacimiento de sus personajes principales. Farolín y Zarambolas. Tenían nombre antes de ser carne y hueso. Lo cuenta Marino Montero que nos lleva a 1981, cuando aparecen citados en el programa del carnaval.
Fernando Toja, Josepe Zuazo y el propio Marino, miembros de la Comisión de Fiestas, crean dos personajes para simbolizar el espíritu del carnaval de Bilbao. Empiezan a fraguarse sus personalidades que, con el tiempo y sobre todo la de Zarambolas, han sido cambiantes. Pero solo fueron dos nombres en un papel hasta 1984. Las reuniones de la comisión se celebraban en el Palacio de Justicia que por entonces era Parque de Bomberos. En aquellas dependencias les dan cuerpo. Farolín sería, como su propio nombre indica, luz de toda fiesta y amigo de farolear. En cuanto a Zarambolas, la cosa fue más compleja. Una mezcla de bilbaíno sufridor, más realista y con algo de ese Martín-Kontra amigo de sacarle punta a todo.
Como costaba explicarlo, se les puso cara. Aquél año Farolín fue Javier Clemente, entrenador del Athletic de las gabarras, y a Don Celes le tocó Zarambolas. Una elección que dejaba más claro que mil palabras la naturaleza de ambos. Pero la elección le pilló a Olmo, padre de Don Celes, en Tenerife. Así que la organización declaró en rebeldía al famoso ser de tinta. Nada pudo hacer su abogado defensor durante el juicio. Un acto que nació ese día y que sigue siendo momento clave.
De hecho, Farolín y Zarambolas han servido tanto para reivindicar la fiesta como para apoyar a colectivos como el Comité de Euskalduna que peleaba por los puestos de sus trabajadores. Tampoco faltaban designaciones, que generaban al elegido tanto orgullo como sensación de marrón. Pasaba mucho con Zarambolas. Tampoco ayudó la tensión con las comparsas. Al ser preguntada la comisión por la guerra de las banderas, respondieron que la que les preocupaba más era la guerra de los decibelios. No se lo tomaron bien y acabó con el cese de los segundos. Algo que, lejos de situar a los personajes, los llevó por extrañas sendas.
Desde 1986 a 1998 se convirtieron en una especie de premios Naranja y Limón. Recordemos por ejemplo al municipal que más multas ha puesto, Francisco Peña, como Zarambolas allá por 1993. Esa curiosa indefinición llegó al surrealismo en 1998 cuando es el propio Montero quien se convierte en Zarambolas. Pero resulta un punto de inflexión. Marino invita en el café Boulevard a pollo frío y cava y se decide que urge dar más liturgia al asunto.
Al año siguiente se reúne a todos los Farolines y Zarambolas y se crea la Orden Botxera. Encuentros ecuménicos el primer lunes después de Reyes. Primero en el mencionado café, después en el Iruña y finalmente en el Café Lago. Allí se proponen los candidatos a personajes y el premio a la txirenada. Después la Comisión de Fiestas y el Ayuntamiento deciden.
Como curiosidades podemos recordar que solo José María Gorordo ha repetido, en su caso como Farolín, en el 88 y en el 91. O que los K-Toño, el padre y después el hijo, ostentaron tal cargo. Como también sucedió con los Múgica, José María y Jon, que se convirtieron, con décadas de diferencia, en flamantes Zarambolas. Y si Don Celes fue Farolín, el Hombre de Negro, personaje radiofónico, fue Zarambolas. Porque en esta fiesta reina el absurdo.
No solo son dos personajes del carnaval. Son Bilbao. El de toda la vida y el de hace cuatro días. Tan definidos como indefinidos. Al fin y al cabo, si lo pensamos bien, todos tenemos algo de Farolín y algo de Zarambolas.
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