Leopoldo y Ana Isabel encontraron la muerte de una manera cruel e inesperada.Luis Calabor
Cornisas asesinas en la Gran Vía de Bilbao
Memoria negra ·
Ana Isabel, de 31 años, murió en 2010 al caerle encima un trozo de fachada cuando iba a tomar un café. Leopoldo, de 61, tuvo el mismo fatal destino en 1999 al desprenderse un ornamento de piedra en Hacienda
Si hay una muerte absurda, fruto de la fatalidad por pasar un segundo antes o un metro más allá por un sitio, es la que sufrieron Ana Isabel, de 31 años, y Leopoldo, de 61, con once años de diferencia. La joven, vecina de Galdakao, que trabajaba de comercial en las oficinas centrales de Endesa, ubicadas en la Gran Vía bilbaína, había pasado por la farmacia e iba a una cafetería cercana, probablemente como acostumbraba hacer a diario antes de volver a casa, sobre las 20.30 horas del 25 de octubre de 2010.
A la altura del número 56 de la principal artería de la ciudad, le golpeó en la cabeza un fragmento, de varios kilos de peso, desprendido de la esquina de un balcón de un quinto piso en uno de los señoriales edificios de la Gran Vía. «Si le hubiera caído en la cadera o en un hombro, habría resultado herida grave, pero seguramente no hubiera perdido la vida», comentaba un bombero en el lugar de los hechos.
El suceso conmocionó a Bilbao y a los vecinos del barrio de Zabalea, en Galdakao, donde vivía Ana Isabel. Todos coincidían en describirla como una joven «formal y buena». Uno de los residentes vio pasar a los padres de la chica, cariacontecidos, poco después de que se produjera el fatídico incidente. «Mi hija, mi hija... me la han matado», acertó a pronunciar el padre, recién llegado del pueblo de Burgos donde habían recibido la terrible noticia.
Un paraguas y el periódico
Los expertos coincidieron entonces en apuntar a las comunidades de vecinos como responsables del mantenimiento de las fachadas de los edificios. El Ayuntamiento de Bilbao informó de que sólo aquel año 2010 había mandado a 155 bloques de viviendas realizar reparaciones ante su peligroso deterioro.
En el caso de Leopoldo, una década antes, el 26 de enero de 1999, también se cruzó en su destino la mala suerte. El hombre, vecino de Bilbao, llevaba el paraguas abierto y el periódico bajo el brazo. Antes de la hora del almuerzo, atravesaba la plaza Elíptica, en el corazón de Bilbao, como centenares de transeúntes cada día cuando se desprendió un ornamento de piedra desde cinco metros de altura del austero edificio de Hacienda, obra de Zobaran.
El impacto del monolito le provocó la muerte de forma inmediata. Se daba la circunstancia de que en ese momento un albañil de 35 años estaba colocando en una ventana pinchos repelentes para palomas. El trabajador debió de «colgarse» de la bola, que no resistió su peso, se desgajó de su base y se precipitó con él agarrado a ella. El profesional resultó herido grave. El cuerpo permaneció más de tres horas en medio de la acera, empapada de sangre y lluvia, hasta que, sobre las cuatro de la tarde, el juez decretó el levantamiento del cadáver.
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