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La Línea 3 del metro cumple un año

Pablo Martínez Zarracina

Domingo, 8 de abril 2018, 00:29

La memoria redondea los relatos. Por eso intento recordar cómo era moverse por Bilbao antes del metro y veo acercarse un autobús (exterior, Alameda de Rekalde, ocho de la noche) en cuyo interior viaja un número de gente incompatible con el equilibrio demográfico y la respiración pulmonar. Por las ventanillas rebosan extremidades, fardos, niños, aves galliformes. El conductor grita que hay que apretarse un poco, ¡señores!, cuando frena en la parada y se une más gente a la melé rodante, temerosos de que el siguiente autobús llegue tarde y aún más lleno.

Eso, claro, no era así. O no lo era constantemente, en todas las líneas, a todas horas. Y lo de las gallinas mi memoria debe de haberlo tomado prestado de alguna película de Rosellini. La escena es, sin embargo, la perfección dramática de una sensación fundada: los autobuses eran con frecuencia incómodos, perentorios, poco fiables. Todo comenzó a cambiar en 1995. El metro irrumpió en la vida bilbaína con el elegante despotismo de las soluciones perfectas. Aquello fue una revolución ilustrada bajo tierra. Además de mover a miles de viajeros de un modo eficiente, permitió que el resto del transporte público se descongestionara. Todo ha cambiado tanto que hoy coger un autobús tiene algo aristocrático. Ese preferir las vistas a la velocidad. Pillas un asiento individual y viajas hecho un archiduque.

Después de cambiar de golpe la vida de la ciudad, el metro comenzó a cambiar la vida de la gente. No es del todo lo mismo. Para lo segundo, uno debe poder incorporar el suburbano a sus protocolos cotidianos y para eso es necesario tener un fosterito cerca. Un año después de la apertura de la Línea 3, los vecinos de Matiko, Zurbaranbarri o Txurdinaga saben lo que eso significa. Y lo explican con una satisfacción tranquila, sin exageraciones. Cierto que una vecina dice que Kukullaga, con metro, es Nueva York, pero lo matiza de inmediato: «en pequeño».

Siempre es interesante comprobar cómo nos adaptamos a lo que realmente funciona. Dos semanas después de que el metro llegue por fin a tu barrio, es un retraso de cinco minutos lo que te recuerda que el metro ha llegado a tu barrio. «Esto es inaceptable, tercermundista», protestas entonces, ciudadano de pleno derecho suburbano, mientras te levantas, indignado, del banco color mercurio diseñado por Norman Foster.

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