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MARIÑA ÁLVAREZ | MIGUEL PÉREZ
Domingo, 1 de diciembre 2019, 11:21
La Guardia Civil investiga la compra de una motosierra como parte de las pesquisas que tratan de aclarar la desaparición y asesinato de Jesús Mari ... Baranda, el jubilado vizcaíno y vecino de Castro Urdiales cuya cabeza apareció dentro de una caja siete meses después de que sus familiares y amigos perdieran su rastro. El caso mantiene en prisión a su pareja, Carmen Merino, de 61 años, que presumiblemente ha rechazado revelar hasta ahora el principal enigma del crimen: por qué decidió conservar en su poder el cráneo de la víctima y entregárselo a una amiga envuelto dentro de un paquete para que se lo guardara un tiempo en su casa, ante la presunción de que la Guardia Civil iba a visitarla a ella para interrogarla sobre la ausencia de su pareja.
La motosierra fue adquirida el pasado febrero, justo el mismo mes en el que la víctima desapareció. La compra se hizo por internet en un comercio que se dedica a la venta de herramientas de trabajo. Los agentes vinculan la motosierra al asesinato, aunque no ha trascendido en qué grado o si la operación la efectuó la sospechosa o una tercera persona. De hecho, la instrucción continúa bajo secreto, ya que el juez ha decidido prorrogarla por segunda vez mientras suma nuevos datos.
La detención de Carmen Merino se produjo el último fin de semana de septiembre. Supuso el desenlace fatal a una ausencia que mantenía en vilo a los primos y amigos de Jesús Mari Baranda. De 67 años, jubilado de banca, el hombre cumplía unas rutinas estables con sus allegados hasta que un día dejó de acudir a la cita cotidiana para tomar el café o unos vinos, comer y jugar a las cartas. Su pareja lo justificó con la excusa de que se había ido de viaje, primero, y que le había abandonado, después. Llegó supuestamente a suplantar a Jesús Mari para enviar mensajes de móvil a los parientes y amigos pidiéndoles «calma» y que le dejaran tranquilo.
Pero ese último fin de semana de septiembre, la amiga de Carmen decidió abrir la caja que ésta le había entregado meses antes, concretamente en abril, para que se la guardara con la excusa de que contenía «juguetes sexuales». Del interior emanaba un olor nauseabundo. La mujer deshizo el envoltorio y halló dentro el cráneo decapitado del jubilado. De inmediato, lo denunció a la Guardia Civil y Carmen Merino fue detenida. Tras ser interrogada en comisaría, el magistrado le tomó declaración el 1 de octubre y decretó su ingreso en la cárcel de El Dueso, en Santoña.
Dos meses después, Castro ha recuperado la cotidianidad. Un recorrido por los lugares que Jesús Mari frecuentaba revela que no hay ánimo de volver sobre una crónica tan oscura como la noche. «¿Se sabe algo nuevo?», preguntan al periodista un matrimonio. «No, de momento solo que sigue bajo investigación». «¡Qué pena! Si ha sido ella, merece quedarse en la cárcel para siempre», señala la pareja, que conocía a la víctima «poco, de verle por la calle». «¿Han observado algún movimiento en el portal o en su casa?» «Vivimos más abajo y no solemos fijarnos al pasar. Ocurrió aquí como podía haber sido en otro lugar», añaden. Próxima a la Plaza de Toros está la vivienda de la amiga que realizó el descubrimiento de la cabeza. Preguntar por su situación conlleva una negación. Solo una mujer de mediana edad hace un rápido comentario: «Supongo que hará su vida normal. Bastante agobio habrá sufrido».
«Yo creo que intentamos pasar un poco página, sobre todo en lo 'chusco'. Más de una vez he estado sentado en esta misma barra y escuchado a los de al lado comentar que es el 'pueblo de las croquetas'», comenta con enfado en un establecimiento del casco viejo un veterano, José Ángel Marcaida, en alusión al rumor que apuntaba a que la acusada había repartido 'tuppers' de comida entre sus conocidos, desmentido posteriormente por la Casa de Andalucía, donde ella bailaba.
«Se ha perjudicado a bastante gente. Cuando hay un suceso gordo siempre está el que habla sin saber –critica–. Pero éste es un pueblo tranquilo. Hoy igual hay un poco más de jaleo (es viernes por la tarde), pero otro día no oyes ni ruidos. La gente quiere tranquilidad en invierno y alegría en verano».
En el círculo próximo a la víctima tampoco hay mucho que decir. «Ya lo hemos dicho todo», resumen fuentes de su entorno, que disculpan la parquedad porque «todos hemos decidido no hablar más. En su momento ya lo hicimos. Lo único que podemos pedir es que esta mujer se quede en la cárcel». A los allegados de Jesús Mari les recorre todavía un escalofrío cuando recuerdan la «sangre fría» de Carmen Merino en sus conversaciones sobre la desaparición. «Aún temblamos. Preferimos quedarnos con la imagen de Jesús Mari».
La compra de la motosierra puede quizás aportar ahora alguna clave sobre un caso que hace dos meses planteaba más interrogantes que el del móvil y la forma en que se produjo el asesinato. A expensas de los avances que haya arrojado la investigación, a los allegados del fallecido y a expertos en la psicología criminal les llama la atención el extraño comportamiento de la acusada al quedarse con la cabeza de su pareja asesinada y su temperamento, ya que la cárcel no parece haberla doblegado como para aportar dato alguno del caso. Nueve meses después de la desaparición, tampoco se han recuperado los restos del cuerpo de Jesús Mari Baranda.
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