Nos queda 'La Marsellesa'
Los franceses, por lo menos y ante lo que pueda venir, tienen un himno y unidad. Qué será de los que no tenemos ni una cosa ni la otra
Jesús Eguiguren
Domingo, 22 de noviembre 2015, 20:06
Secciones
Servicios
Destacamos
Edición
Jesús Eguiguren
Domingo, 22 de noviembre 2015, 20:06
En el siglo XIX se pensaba que los logros de la humanidad, en aquella época, anunciaban un siglo XX lleno de esperanzas. En cambio, ese ... siglo XX resultó ser el más violento y cruel de todo lo conocido hasta ahora: dos guerras mundiales, fascismo y nazismo, genocidios en determinados países comunistas Nunca tantas personas murieron por iniciativa de otros seres humanos.
Pese a todo, seguimos pensando que el siglo XX fue en el que más logros ha conseguido el hombre. Es más, como ocurrió en el siglo XIX, en el siglo que acaba de terminar y tras la caída del Muro de Berlín, se creyó que el XXI sería el siglo de la paz, entre las naciones y los hombres. Hubo hasta quien se atrevió a hablar, logrando un eco internacional, del fin de las ideologías. Para sorpresa de todos, el siglo XXI ha nacido con la misma vocación de producir desgracias y sufrimientos. Con idéntica voluntad, decimos, porque no queremos ni imaginarnos que supere en maldad al siglo que le precedió.
La religión y el nacionalismo parece que van a ser las fuerzas dominantes de la presente centuria, como lo fueron de la anterior. El problema no es ese, sino que el fanatismo y el sectarismo se van extendiendo como una plaga, debido en parte a las nuevas posibilidades de comunicación e información que, en teoría, creíamos que iban a formar un hombre mejor. Nacionalismo, religión y miseria -unidos al fanatismo y el sectarismo de la peor calaña- constituyen una bomba de relojería, del que no se puede esperar sino conflictos, matanzas y guerras. Los intereses económicos engrasan esa maquinaria para que adopten una determinada forma.
Esto parece una descripción apocalíptica, pero es tan real, al menos, como la visión ingenua y optimista con la que se vive generalmente en las sociedades occidentales. Los crímenes de París -una gota de sangre comparado con lo que ocurre en los territorios ocupados por los nuevos fanatismos- han tenido, en mi caso, la virtud de recordarme estas cosas y realizar estas reflexiones.
¿Qué solución tiene todo esto? Puede ser muy sencillo o puede no tener solución. ¿Solución sencilla? ¡Qué tontería!, pensará alguno. La misma tontería que sostuvo Winston Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial. No se le puede acusar a Churchill de ingenuidad, porque guerreó como un león cuando tuvo que hacerlo. Pero sin desdecirse nunca de que, si se hubiera aplicado una política de principios y un política moral cuando surge el nazismo, se habría evitado la guerra.
En el conflicto actual ocurre algo parecido, más complicado todavía por la disputa por el petróleo y los intereses económicos. Aplicar en este contexto una política moral, de principios, debe de resultar muy difícil. Y, sin embargo, es el único medio de resolver el problema Los bombardeos nunca consiguen ganar una guerra, todos nos acordamos todavía de aquellas miles y miles de bombas que caían sobre Vietnam. La otra solución, que los ejércitos occidentales metan sus botas en el desierto. También es una ilusión. Haría realidad, ante muchos de los habitantes de los países árabes, que Occidente aplasta y oprime al pueblo musulmán.
¿Cuál es entonces la fórmula? Yo no soy Churchill, pero creo que es la que él decía. Una política con moral, y de acuerdo con los principios que proclaman los países libres. Es decir, no ocultar quiénes son los verdaderos responsables y forzar a los verdaderos culpables a cesar en su política. ¿Quiénes son los responsables? ¿Tiene alguien alguna duda de que los culpables son los gobiernos de los mismos países árabes? Unos más que otros, supongo. Gobierno y clases dirigentes que viven en el lujo y la opulencia, saltándose todos los preceptos del islam, y manteniendo en la miseria y la ignorancia a sus pueblos. Para que no representen ningún peligro. A sus gentes les hacen mirar a Occidente, buscando el culpable. Y en vez de cultura o educación, se encargan de sustituirlas por el fanatismo y el odio.
Cómo se obliga a esos países o clases dirigentes a que dejen de fomentar el radicalismo y a que asuman sus responsabilidades, y utilicen sus enormes medios económicos para crear sociedades con trabajo y con formación, es la gran cuestión. Puede resultar sumamente sencillo: no comprándoles petróleo si no cambian de política. El que sientan en peligro sus intereses es la única forma de que modifiquen su actitud y su política. ¿Pero ve alguien a Occidente plantando cara a Arabia Saudí? No. Resignémonos y la sangre seguirá corriendo en este nuevo siglo.
En cambio, aunque los dirigentes occidentales no puedan prescindir de cálculos económicos, que se contradicen con la moral y la verdad, no todo está perdido. Lo único que alegraba el corazón estos días era escuchar a la gente cantando La Marsellesa dentro y fuera de Francia. Aunque su letra sea guerrera, en realidad, hoy en día supone un canto al idealismo y a la libertad. Quienes cantan La Marsellesa piden recuperar los ideales de igualdad, libertad y fraternidad. La Marsellesa es un grito a todos los poderes para que se recuperen los ideales. La Marsellesa no sólo ha unido a los franceses, empieza a ser el himno de Europa, de la gente que todavía cree en los ideales. La sensación de unidad y de no amedrentamiento que ha dado Francia ha sido admirable. Ellos, por lo menos y ante lo que pueda venir, tienen un himno y unidad. Qué será de los que no tenemos ni una cosa ni la otra.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.