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De la huerta a tu casa, el camino de 300 baserritarras
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Cada vez más, pequeños productores vizcaínos se apuntan a un modelo de ventas sin intermediarios, «más cercano, km 0 y sostenible»Secciones
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Cada vez más, pequeños productores vizcaínos se apuntan a un modelo de ventas sin intermediarios, «más cercano, km 0 y sostenible»La pandemia dejó entrever las debilidades que tenía la industria alimenticia en un mundo cada vez más globalizado y en el que los países desarrollados ... se abastecen de productos que crecen a miles de kilómetros, en la otra punta del planeta. Y en esa coyuntura, los ciudadanos han aprendido a valorar el denominado producto de proximidad, el que los baserritarras cultivan con mimo cerca de nuestras casas.
Cada vez más vizcaínos forman parte de grupos de consumo en los que mantienen contacto directo con los agricultores y ganaderos. A través del whatsapp reciben la lista de los productos que pueden llevarse al frigorífico y que recogen sin desplazarse a la tienda o al supermercado. Las opciones son variadas, los recogen en un punto en el que el agricultor deja el pedido, acuden a su caserío e incluso en algunos casos reciben el pedido en la puerta de su casa con un coste extra.
Más de 300 baserritarras vizcaínos están inscritos en los registros de la Diputación dentro de un sistema de venta que va en aumento y que revoluciona el mercado de la alimentación. «Hacemos las cosas de otra forma. Es un modelo más cercano y que prima un mayor cuidado del medio ambiente». Productos como se suele decir de km 0, que «contaminan menos y que dejan la riqueza en el entorno» aseguran.
300 baserritarras
vizcaínos venden sus productos a través de grupos de consumo.
Según explica desde el sindicato EHNE Alberto Llona, «mayoritariamente se trata de explotaciones de hortaliza, huertas e invernaderos, algunas en ecológico y creadas por personas con modelos muy sostenibles». Su peso «cada vez es más importante en el porcentaje total porque, aunque hay menos baserritarras que hace años, sí que ha aumentado el número de aquellos que eligen esta fórmula», afirma desde ENBA -Euskal Nekazarien Batasuna-, Iñigo Bilbao.
Desde ambas centrales coinciden en señalar que se ha dado un «relevo generacional, son personas cada vez más cualificadas». «Hay gente que no quiere entrar en las dinámicas de la gran distribución, es difícil competir si no tienes volumen y aquellos que renuncian a la venta directa se quedan sin nada cuando las cosas van mal con las grandes superficies y les van reduciendo los beneficios», detalla a EL CORREO Bilbao. «Estamos viendo que no se da relevo en las producciones que optaron por el circuito convencional y la mayoría de las nuevas incorporaciones de agricultores se está generando con el modelo de venta directa, pero también hay que decir que tiene dificultades enormes los primeros años porque la clientela no se hace de un día para otro. Los primeros cinco años la situación económica es justita», señala Llona.
Los nuevos emprendedores, pero también los que llevan años ofreciendo lo mejor de sus huertas, cuentan con apoyo de las diversas asociaciones de desarrollo rural. «Hay gente que prefiere este modelo que ir al mercado todos los sábados, pero el consumidor tiene que estar concienciado porque en el supermercado estas acostumbrado a que hay de todo cualquier día del año, aquí es de temporada», afirma el responsable de Uribe Jata-Ondo, Jokin Etxebarria. Ellos apoyan a los productores, organizan ferias y estudian otras vías de comercialización para que los agricultores puedan suministrar a comedores de empresas y centros escolares.
En el otro extremo del territorio Gorbeialde potencia la venta de producto local con 'Un pueblo, un mercado'. «Comenzamos en la pandemia», recuerdan.
Enfermera de formación, Nadia López decidió en 2013 dar un vuelco a su vida y participar, junto a su pareja Iñigo Gallastegi, en un proyecto del Ayuntamiento de Zeberio con el que la institución local quería potenciar el sector primario entre los más jóvenes del municipio. La pareja resultó agraciada en el sorteo de un terreno y junto a unos amigos comenzaron a cultivar una hectárea de tierra.
El proyecto de huerta ecológica fue tan satisfactorio que unos años después Nadia e Iñigo compraron un baserri. Trasladaron la explotación allí y hoy en día disponen del doble de espacio, en total, dos hectáreas para que broten productos naturales. En la parcela han plantado frutales y frutos pequeños como arándanos, frambuesas y moras.
«Teníamos claro que debíamos ir hacia un modelo diversificado y queríamos trabajar directamente con las familias, sin intermediarios. Si tienes una oferta más variada, llegas a más gente y el compromiso es mayor. Cuando puedes vender verduras, conservas, mermelada, zumo, fruta... enganchas más que si únicamente les ofreces un único producto. Terminan haciendo la compra en este modelo de consumo y no tienen que andar en siete sitios diferentes, que es lo que cuesta a la hora de cambiarse. Además trabajamos en red y ofrecemos productos como pan ecológico y huevos que tienen otros compañeros», señala Nadia.
Los primeros grupos de consumo echaron a andar «con gente de confianza, familiares y amigos, y luego, a través del boca a boca», comenta. «Para nosotros es un estilo de vida, estamos vinculados a la tierra con una venta directa, ecológica y valores que hemos incorporado y llevamos a la práctica», advierte. Y en esa línea comenta: «Es importante concienciarnos para evitar el consumo de alimentos kilométricos, no tiene sentido que consumamos alubia de Perú si aquí la hay. Es importante qué la gente reflexione», recomienda.
Las personas que se acercan hasta Mungia a la granja de Maider Asla y Unai Beitia, un ingeniero de minas que cambió la oficina por el campo, están «formadas e informadas». «Saben lo que compran y comen. Preguntan el precio por saber, pero priorizan su salud», explica el ganadero.
Beitia también decidió un buen día volver a sus orígenes y abandonar su acomodado empleo para dedicarse a lo que de verdad le gustaba. «Siempre me han apasionado los animales, pero socialmente, todavía a día de hoy, era lo último a lo que se podía dedicar uno, así que estudie y trabajé 15 años en una gran empresa. Cuando me casé, como a mi cuñado Unai también le gustaban los animales pusimos varios ejemplares como hobby», rememora.
En 2009 dieron un paso más y comenzaron a comercializar carne de potro de forma directa. Luego llegaron las cabras y en 2013 compraron vacas. «Tres años después deje mi trabajo y creamos una empresa en la que nos dedicamos a criar animales», apunta.
Aún así, Beitia no dejó de formarse y en 2015 decidió dar una vuelta más a la explotación e implantar la ganadería regenerativa, un método que cuida el suelo a través de un pastoreo racional, dirigido y que maneja los rebaños para que estén poco tiempo en las praderas, el terreno repose y la hierba pueda rebrotar con energía y de forma saludable. «Todo esto se basa en el comportamiento de los herbívoros en la naturaleza, como vemos en los documentales de la sabana africana que los grandes rebaños no vuelven a los pastizales hasta la siguiente estación», explica.
El resultado es que los «animales no enferman, no hace falta desparasitarlos porque las praderas están limpias de alimañas al no encontrar un hospedador. Solo utilizamos pienso con cerdos y gallinas, y así conseguimos una carne saludable, lo más parecido a lo natural y salvaje», relata.
«Este modelo es el único que nos permite vivir», defiende Mikel Kormenzana, un productor orduñés que comenzó hace dos décadas a transformar la fruta que le daban los árboles del caserío familiar en mermeladas, zumos y compota. Aquellos que se acercan a su explotación también pueden adquirir verdura y carne.
Su familia se dedicaba a la venta de leche. En un primer momento él quiso juntar el lácteo con las frutas para comercializar helados, pero las condiciones sanitarias que debía cumplir eran «muy duras» y optó por realizar algo «más sencillo». «Tampoco ayudó cómo andaba el sector y que cada vez eran peores los precios que nos pagaban por la leche», señala. «Mis padres se jubilaron, quitaron el ganado y yo opté por la transformación de frutos pequeños», señala a EL CORREO.
En su caso, alejarse de los circuitos convencionales de venta en grandes superficies le ha llevado a poner en marcha «una producción local reduciendo los costes, al tiempo que aumentamos los ingresos a través de la valorización de los productos». Y menciona que «aunque las administraciones apuesten por la especialización e intensificación, eso no es rentable».
Kormenzana destaca que el modelo de venta directa tiene beneficios para ambas partes, para el consumidor, pero también para el baserritara. «Elegimos este modelo de agroecología porque siendo pequeños productores con grandes ventas a precios baratos no podíamos sobrevivir, que es lo que les ha pasado al 90% del sector del País Vasco. Un agricultor vasco en el juego mundial no es nada y se ha visto con el incremento de precios de abono y piensos que está ahogando a las producciones».
«La pandemia nos demostró que si dependemos de alimentaciones lejanas ante cualquier crisis estamos vendidos. La agroecología intenta reconstruir y crear alianzas con los consumidores y el pequeño comercio», subraya.
«Nuestra baza es el 'tú a tú». «La gente agradece verte la cara, le gusta hablar contigo, el trato personalizado, nosotros controlamos la cartera de clientes y concentramos nuestra pequeña riqueza», explica Bittor Elorriaga, que cada semana elabora en torno a 30 cestas con productos de temporada. Para llegar a fin de mes suministra además a restaurantes de Bilbao y acude a ferias. Su punto fuerte son las hortalizas.
Hace una década se trasladó de su Bilbao natal a Orduña. «Siempre me ha gustado este ambiente, aunque viviese en una ciudad he mamado la naturaleza, de hecho, en un primer momento quise ser guarda forestal», reconoce Bittor.
Su primera experiencia laboral fue para otra explotación. «El otro chico cerró y me animé a montar la mía porque ya tenía la cartera de clientes hechos. Aproveché la oportunidad hace nueve años y desde entonces lucho para salir adelante. Estoy contento, aunque no todos sobreviven a los primeros años. No es fácil», advierte.
Incide en que la «mayor dificultad está en la adquisición de los terrenos». «Para el que no tiene y es un jornalero como yo es muy difícil porque son inversiones grandes, otra cosa es para el baserritarra de toda la vida. Tenemos la imagen de ellos, pero también hay mucha gente que tiene que arrendar y buscarse la vida», menciona.
Elorriaga ha logrado en estos años conseguir diversos puntos de recogida en los que dejar la mercancía, aunque a algunos clientes se los lleva directamente a la puerta de su casa. «Empezamos en la pandemia con los grupos de móvil y ya lo hemos dejado por la comodidad», comenta.
En cada momento el consumidor se lleva al plato lo que es de temporada. «Ese debe de ser el consumo normal, acostumbrarnos a lo que toca y la gente lo ve bien, lo que no es normal es forzar alimentos que no son de una época. Incluso aprenden nuevas recetas», señala.
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