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Ricky Martin, durante su actuación en el BEC.
Que siga la fiesta, Ricky

Que siga la fiesta, Ricky

Además de vestirse una falda y de animar a la fiesta bailonga y cantar al amor, el puertorriqueño universal Ricky Martin, en su show dominical en un BEC que agotó las 10.000 entradas puestas a la venta, tuvo tiempo para poner un vídeo de su Fundación y de posicionarse al lado del sufrido pueblo venezolano

Óscar Cubillo

Domingo, 11 de junio 2017, 23:09

Ayer, el empático, profesional, superventas (más de 60 millones de discos vendidos), zurdo, gay y vegetariano Ricky Martin cerró en un BEC a tope de gente multinacional y predispuesta la ampliada gira española de 13 conciertos de su disco A quien quiera escuchar (2015), en realidad bautizada One World Tour. Arrancó el 23 de mayo en Madrid y han sido tres semanas de viajes por la piel de toro con un equipo base formado por 24 españoles y 42 extranjeros (músicos, técnicos ¡seguridad incluso!) que se han trasladado en cuatro autobuses (sin camiones: las producciones son locales y de la del BEC se encargó la empresa guipuzcoana Get In, que alquiló todo el material, por ejemplo las pantallas espectaculares: en las que la estrella latina nunca salió en primer plano, solo de medio cuerpo), además de en aviones, etc.

Enrique Martín Morales (San Juan, Puerto Rico, 45 nochebuenas) ha llenado en varios de sus recintos, desde pabellones deportivos hasta plazas de toros. En Euskadi también agotó el aforo, limitado a 10.000 espectadores en el BEC, y seguro que si hubiesen querido los organizadores habrían metido varios miles más. Antes de acceder al recinto la gente se cruzaba con patrullas de ertzainas armadas con subfusiles (al verlo nos trasladamos al barrio judío de Amberes), tras las largas colas se pasaba por un concienzudo cacheo, y dentro del pabellón se veía más seguridad privada que en el Guggenheim, que ya es decir.

Dentro del pabellón, como los teloneros Cnco (sic) se cayeron del cartel, la gente se puso nerviosa y lo manifestó con pataleos retumbantes a lo largo de la grada, silbidos Era un público muy transversal, esencialmente femenino, muy joven también y bastante latinoamericano, claro. Pero a la postre se impuso el buen rollo y la peña impaciente se entretuvo haciendo la ola, coordinándose con soltura los miles de personas.

A las 10.06 se apagaron las luces y salieron los músicos mientras una banda sonora ponía en situación al aforo. Y a las 10.09 empezó el espectáculo, de unos 18 temas en total (agrupando algún popurrí) en 96 minutos con tres partes: la primera muy anglo, muy Las Vegas, con luces Circo del Sol, la segunda y central muy baladista y melosa, y la tercera y final muy latina y orgánica y vacilona e incluso apoteósica.

El inicio fue retumbante (no se distinguían los instrumentos), con 8 músicos (dos metales, un corista) y siete bailarines (cuatro chicos y tres chicas) operando al son de la estrella, que en total se cambió de modelito unas nueve veces (pero algunas variaciones de vestuario se limitaban a quitarse la americana y a quedarse en camiseta, y el modelito más llamativo fue cuando eligió una falda). En este arranque Ricky Martin bailó estupendamente y dejó que el espectáculo luminotécnico arrollara a los espectadores mientras cantaba una suerte de R&B comercial como si fuera David Bowie (This Is Good) y, entre tanto inglés, colando el estribillo español de «mueve tu culo» (Drop It On Me), antes de volver a apretar con el funk (Shake Your Bon-Bon).

A pesar de la andanada de grueso calibre sónico y rompedores fogonazos mediante focos y pantallas de vídeo, Ricky Martin (dos Grammys, cinco Latin Grammys, tres Billboard, ocho Billboard Latin Music Awards, ocho MTVs, ocho World Music Awards, dos American Music Awards) transmitió de verdad a partir de la quinta pieza, la primera en castellano, Adrenalina, su versión del reggaetón de Wizin, donde las damas presentes en el BEC se pusieron a saltar como locas, como si estuvieran ante Carlos Vives («tus movimientos a mí me aceleran», rezaba la letra). La acabó y nos soltó el primer speech: «Yo estoy aquí para olvidarme de todos los problemas en la próxima hora y media. ¿Podemos?».

No decayó el ánimo en la siguiente, la balada en castellano Tal vez, a lo Eros Ramazzotti, con el gentío balanceándose según cantaba a voz en grito, ni en la ulterior, el hit universal Livin La Vida Loca, donde Ricky ofició cual mutante de Elvis, 007 y el balompédico James. Cuando reapareció con falda en Its Alright y simuló subírsela como un escocés borracho, el guirigay fue monumental, claro.

El siguiente tramo fue sereno, baladista. Puso el vídeo de su fundación antes de la sabiniana Asignatura pendiente, que entonó demasiado solemne (vía Bowie también), y a continuación enlazó una triada baladista muy itálica con Tu recuerdo (en castellano obtenía mejor respuesta, obviamente), Te extraño, te olvido, te amo (que pasión cantarina la de no solo ellas, ondeándose en pleno, bailando con seres invisibles, elevando los coros a chorro, usando sus móviles a modo de mecheros y dando palmas al final; «una canción que para mí es muy importante, y hace un tiempo que no la hago», introdujo el ex Menudo), más la almibarada e hiperambiental Vuelve («he intentado encontrarte en otras personasssss»).

Tras la siguiente pieza, la políglota y francófila Adiós, que se representó en plan show televisivo cabaretero, con bastones y chicas del cuerpo de baile en lencería sexy, se abrió la racha latina postrera con el jaleo de Vente pacá (este es el clip oficial, a medias con Maluma, quien, por cierto, actuará en septiembre en Miribilla, según anunciaban carteles en el pasillo del BEC) y con la parte más molona y participativa del show, con salsa y latin jazz («¡a bailar, mi gente!», espoleó Ricky), con hits eternos (una breve María colada en un popurrí, qué rabia), la enseña de Puerto Rico refulgiendo en las pantallas gigantes durante La bomba, y la coreografiada Por arriba, por abajo, con 10.000 personas bailando en las gradas en pie y en la pista, momento que Ricky aprovechó para enumerar banderas de las nacionalidades que habían ido a verle: de Bolivia, Colombia, Argentina, Francia, Puerto Rico, la arcoíris Y para rematar este pasaje pidió «un fuerte aplauso a un pueblo muy valiente que lo está pasando mal, a Venezuela. ¡El mundo se está dando cuenta! Venezuela, te quiero mucho», e hizo mutis Martin.

¡Pero aún quedaba el bis! Y fue igual de festero y bailongo y latinazo. En la tamborera Pégate Ricky proclamó «esta noche quiero fiestaaaa», en la africana La copa de la vida, la del Mundial de Fútbol Francia 1998, la masa coreó las onomatopeyas de alé-alé-alé, y acabó el satisfactorio encuentro con la picante La mordidita, amalgamando aires de vallenato, ganas de bailar («llegó la fiesta, a tu boquita»), lírica rijosa («tu cuerpo destila tequila y miel») y tormenta de confeti antes de que sonaran las últimas palabras de Ricky Martin: «Muchísimas gracias, mi gente. Les quiero mucho, hasta la próxima. Que siga la fiesta, Bilbaoooo».

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