
Mira, ama, que hemos visto partidos juntos y en esta última etapa me decías: «Pero cómo corren, ¿no?», y yo te respondía: «Los que corren ... sí, desde luego», y nos echábamos a reír. Entiendo que te pareciera una tontería, porque claro que parecía que todos iban muy rápido, pero en realidad no lo son todos. Me mirabas, mientras yo trataba de explicártelo para que no te perdieras entre semejante ir y venir, pero tú al final sentenciabas: «Y un poco brutos, también», y con firmeza yo te agarraba de tu mano y te decía: «Eso sí, ama, eso sí».
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Te decía que hoy en día casi todos los equipos tenían jugadores mucho más grandes, más rápidos y más intensos que los que veías cuando éramos pequeños, y aceptabas entonces que este juego es de otra época. Está bien sentir este contraste porque es bueno que entendamos que el juego ha evolucionado tanto que necesitamos otras referencias para encontrarles algunas características esenciales. Sigue siendo importante que los equipos que quieren liderar, la Euroliga en este caso, sean equilibrados, que entiendan que es tan importante la defensa como el ataque, que más que nunca exploten las virtudes en las transiciones de un lado a otro, tanto para atacar como para defender, y que cada oportunidad de juego debe ejecutarse al 110%, sin dejarse nada en el banquillo de descanso.
Tiene este Fenerbahce de Jasikevicius bastante de esto último: máxima exigencia, ningún miramiento ni nada de guardarse algo para el próximo envite. Respetar el juego exige la máxima intensidad, energía y concentración. No permite Jasikevicuis ni un respiro, menos aún en este Fenerbahce plagado de jugadores que aportan más de lo que parece al colectivo. Él lo tiene tan claro que no necesita dar explicaciones hasta el punto de que si un jugador es cambiado no hace falta decir nada porque ambas partes entienden la decisión tomada, y como decías en alguna ocasión, «aquí paz y después, ya veremos».
Sí, ama, en este equipo no hay nadie que lleve el '8' que te haga dudar para verlo con más atención que otros días, pero tiene algo en común: les gusta jugar desde fuera, mucho. Además, tiene tres pilares que sostienen este espíritu que impone Jasikevicius: Uno es Sanli, en el interior, que tiene la virtud de jugar más veces de cara que de espaldas al aro con todo lo que eso conlleva, y con una más que evidente mejora en su juego defensivo; otro es Guduric, un zurdo que uno no sabe bien cuál es su puesto pero sí cuál es su rol: generar, y con la calidad que tiene, es capaz de asumir riesgos que otros jugadores no hacen; y el tercero es Hayes-Davis. Quien lo ve sabe que hace tan bien las cosas cuando tiene el balón entre las manos y las hace mejor cuando no lo tiene, que es lo difícil. El caso, ama, es que siempre le buscan cuando el equipo lo necesita y él está en el sitio esperado, con una mínima ventaja que siempre la aprovecha y ciertamente con un resultado lleno de eficacia.
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Alguna vez te llamó la atención lo que Jasikevicuis gesticulaba, y yo te señalaba que era para que nadie bajara el listón, levantabas la vista y te decía: «Ama, quieren ser campeones». Y la verdad es que con los refuerzos de Bango y McCollum, junto a Baldwin, Hall, Biberovic, Colson y Melli, han armado aún más un equipo sólido, completo, equilibrado y realmente favorito, donde cada pieza aporta lo mejor que sabe pero nadie destaca sobre el resto salvo el propio colectivo. «¿Como una familia, verdad?». «Exacto, ama, con sus cosillas, pero como una familia, todos a una».
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