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Mi primer contacto con Joaquín Caparrós fue a través del teléfono, cuando los periodistas no teníamos que atravesar varias capas de intermediarios para acceder a ... los personajes. Entrenaba al Deportivo, que jugaba contra el Athletic, y le llamé para hacerle una entrevista. «Perdona», me dijo, «llámame dentro de diez minutos porque estoy haciendo una cosa que no había hecho nunca en la vida». Y me la contó. Él, hombre de secano, estaba hablando por el móvil mientras sujetaba con la otra mano el paraguas. Jamás le había pasado en Sevilla.
Luego llegó a Bilbao, con medio contrato en un bolsillo y medio en el otro, cuando, después de ese bienio negro que todavía nos pone los pelos de punta, dos de los candidatos a la presidencia, García Macua y Ercoreka, llegaron a la conclusión de que era el mejor remedio para el banquillo. El tercer candidato, Javier González, apostaba por Del Bosque. Pero los favoritos eran los otros, y Caparrós aguardaba en un hotel al recuento de papeletas para ponerse a las órdenes de su nuevo jefe. Salió Macua, y habrá que decir que formaron un buen equipo, porque el presidente, como debe ser, no se metió en la tarea que correspondía al técnico, y viceversa.
Y eso que los primeros meses fueron de achicar agua, incluso se llegó a extender el rumor de que iba a ser destituido. Consulté a mis fuentes y me lo negaron. Necesitaba una segunda confirmación. Aunque suene chungo, me la dio el propio Joaquín sin decir ni una palabra. Me lo encontré por casualidad en un hipermercado. Iba con el carro lleno hasta los topes. ¿Quién lo llenaría para tener que hacer las maletas ese mismo día? Con esa ratificación de andar por casa, tan poco científica, me convencí de que teníamos Caparrós para rato, y así fue.
Y miren por dónde, aquello que dijo el primer día de que le hervía la sangre rojiblanca resultó que era verdad, y que tal vez el Athletic no iba a ser nunca su primer equipo, porque el Sevilla que le metió en vena su padre nunca dejará de serlo, pero sí podía llegar a ser el segundo. Y creo firmemente que lo es. Caparrós, poco a poco, se fue enganchando al Athletic, y el Athletic a él, y lo arrastró para sacarlo de aquel barro en el que había estado metido, y nos volvió a hacer soñar en aquella semifinal inolvidable de 2009, tan poco tiempo después de la época oscura. Además, contra el Sevilla.
Caparrós miró a la cantera, optimizó los recursos y hasta se sacó algún conejo –Koikili, Toquero– de la chistera. Se le achacaron muchas cosas, sobre todo después de aquel «clasificación, amigo» en el Sadar, después de una victoria tras un mal partido que dejaba al Athletic cerca de Europa. Años después, nos hubiéramos dado con un canto en los dientes por algo así. Salimos de la oscuridad, nos acostumbramos al jamón ibérico y despreciábamos que a veces nos sirvieran mortadela.
Estuvo cuatro años, luego llegaron las elecciones y se fue dejando al equipo mucho más arriba de dónde se lo había encontrado y en una dinámica de crecimiento. El equipo y la afición habían recuperado la autoestima. Desde entonces, cada vez que he escuchado a Joaquín Caparrós hablar del Athletic he visto brillo en sus ojos. De buenos recuerdos, de nostalgia, de haberse empapado de lo que es el club rojiblanco.
Así que cuando el martes recibió el homenaje del Sevilla, me sentí orgulloso de que el Athletic hubiera enviado a su más alta representación jerárquica, Jon Uriarte, y simbólica, José Ángel Iribar, para apoyar con su presencia a Caparrós. El abrazo que se dio con el Txopo fue emocionante; sus palabras hacia el Athletic, también, y las del portavoz sevillista, llenas de respeto y admiración hacia «ese club que derrocha categoría en todos sus actos». Por cierto, en el homenaje también estaba Fernando García Macua, pese a la niebla que le obligó aterrizar en Málaga.
Ese 'Banquillo de Oro' tan merecido que recibió Caparrós del Sevilla y la insignia de embajador del 125 aniversario del Athletic son consecuencia de esa sangre rojiblanca que le hierve al utrerano, que gracias a esa coincidencia de colores no tuvo que teñir cuando vino a Bilbao para convertirse en uno de los nuestros.
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