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Que después de seis años desde su introducción en la Liga española el VAR continúe provocando polémicas es la mejor demostración, la más palmaria, del ... despropósito que está siendo su aplicación. Todo es tan ridículo que ya empiezan a resultar ofensivas las defensas a ultranza de este modelo por parte del Comité Técnico de Árbitros y de todos los que, de un modo u otro, se benefician económicamente de él. Que son unos cuantos, por cierto. No estaría mal saber cuál es el costo real de este invento y la cifra real de sus beneficiarios.
Velasco Carballo y algunos de sus satélites, incluidos los nuevos expertos en la ciencia oculta del arbitraje moderno, los Jiménez del Oso de la era VAR, llegaron en su momento a provocar una cierta hilaridad. Ni los entrenadores, ni los futbolistas, ni los aficionados, ni periodistas sabíamos a qué atenernos durante los partidos. Los reglamentos cambiaban de una temporada a otra, los criterios del VAR parecían tener la misma solidez que los principios de Groucho Marx, las polémicas se sucedían en cada jornada... Y resulta que la culpa del guirigay no la tenían ellos, los que habían introducido ese factor de distorsión, sino los tontos que no entendíamos nada y, lógicamente, empezábamos a echar de menos el pasado, el viejo fútbol en el que, pese a las injusticias y los errores flagrantes, por lo menos lo entendíamos todo.
La autoridad arbitral se había inventado un nuevo alfabeto y nos echaba la culpa a los demás de no entenderlo. Y el problema es que esto sigue igual seis años después. Igual o peor. El debate continúa estancado, casi se podría decir que abandonado en una vía muerta. Y abunda cada día más la resignación, la misma que sentimos a tantas y tantas cosas que, como suele decirse, han venido para quedarse porque son el signo de los nuevos tiempos.
Esto que digo no es una opinión sino la descripción de un hecho objetivo y lo demuestra lo sucedido el domingo en San Mamés. Las reacciones de los técnicos fueron coincidentes. Tanto Valverde como Marcelino se sentían damnificados por la acción de este nuevo 'deus ex machina' que gobierna el fútbol desde la sala VOR con decisiones disparatadas que corrompen la naturaleza del juego. Uno había visto cómo le expulsaban a un jugador por pisar sin querer en un salto a un rival al que no veía. Y al otro le habían arrebatado dos puntos importantísimos en el descuento con un penalti de risa.
El Comité de Árbitros salió ayer a explicar lo ocurrido en la Catedral y no hizo sino liarla de nuevo. Justificó el penalti a Berchiche mostrando el vídeo de una jugada que ya había mostrado a todos los clubes el pasado verano, el 9 de agosto en concreto. Correspondía al minuto 55 del partido entre el Atlético y el Cádiz de la jornada 33 de la temporada anterior. En esta jugada, un defensor gaditano se lanza a interceptar un centro peligrosísimo desde la derecha, casi un pase de la muerte, con el brazo derecho levantado. La pelota le golpea en el cuerpo y después en ese brazo.
A juicio del CTA, la jugada era sancionable porque la extremidad del futbolista ocupaba un espacio de manera antinatural, haciéndose más grande, antes de que el balón le golpeara en el cuerpo. Si uno observa detenidamente la acción, le entran dudas. Incluso puede dar la razón a los árbitros. Hay algo sospechoso en la forma de lanzarse al suelo del defensa gaditano y en ese brazo levantado. ¡Pero es que la de Berchiche no tiene nada que ver! El rojiblanco no se lanza a tapar con el brazo ya levantado como hizo el jugador del Cádiz, no ocupa un espacio de manera antinatural. El rebote es completamente trascendente para la acción, que además no es un pase de gol sino un remate desviado que se va a córner. Lo que hace Berchiche es igual de natural que tener el brazo apoyado en el suelo, circunstancia que, como se sabe, no es sancionable.
Cuadra Fernández estaba justo encima de la jugada del penalti. Nada ni nadie le entorpecían una visión perfecta. Pueden ver la imagen repetida en televisión para comprobar la posición del colegiado balear. Hay árbitros de rugby más lejos en un 'ruck'. Y no pitó penalti porque vio la jugada como lo que era: sencillamente, un balón que iba fuera y que había pegado en la pierna de un jugador y había salido rebotado hacia su brazo, extendido con naturalidad para su acción defensiva. Hernández Maeso y Del Cerro Grande lo vieron en la sala VOR y les debió parece calcado a lo sucedido en el Atlético-Cádiz, una réplica. A Cuadra Fernández no se lo había parecido, pero no se atrevió a hacer valer su opinión. Ya casi ningún árbitro lo hace. Ninguno se atreve a ser valiente, a demostrar personalidad, aunque sólo sea para aplicar en muchas jugadas ese sentido común que se está perdiendo en el fútbol de una forma irritante.
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