
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Haga sol, llueva o nieve, Conchi Diez de la Calle no falla a su cita con su difunto marido, Antonio. Hace 44 que falleció y ... desde entonces todos los domingos se reúne con él. Este martes, como muchos vitorianos por el Día de Todos los Santos, ha hecho de nuevo el camino a su tumba en el cementerio de El Salvador. Se ha sentado y han conversado. «Me ha preguntado: 'Conchi, ¿tanto me querías?'. Pues sí, esto y mucho más. Todo», confesaba, con un rosario en la mano. «Aquí me quedaré hasta que cierren. Es como volver a estar con él», explicaba, emocionada. Sus recuerdos están muy vivos. «En las llaves llevo los cordones de sus zapatos», mostró, antes de colocar la corona de flores hecha por ella misma, en mitad de un silencio sepulcral.
La coincidencia de esta fecha con el puente hizo que muchos adelantasen su visita. Este martes las calles tanto en Santa Isabel como El Salvador estaban casi desiertas, ese continuo ir y venir de familiares portando flores se ha ido escalonando desde hace una semana. Las rosas y claveles aún sin marchitar revelaban ese paso previo. También el estado de muchas lápidas impolutas. «Ayer –por el lunes– fue cuando más vendí. Y el sábado pasado también había mucho movimiento», aseguraba Maribel, de la floristería Maribel.
Antes de la pandemia la afluencia en este día señalado era de 30.000 personas. «Habrá un 50% menos de lo habitual. Ayer –por el lunes– teníamos que dejarlo todo preparado y tuvimos que parar varias veces por la gente que había», apuntaban los trabajadores de los cementerios. El parking del nuevo Campo Santo es un buen termómetro:el año pasado se cerró y la gente aparcó a más de un kilómetro;ayer no había problemas para encontrar sitio.
No obstante, en estos dos escenarios el sentimiento por los que se han ido volvió a latir con fuerza. «Se nota el vacío que dejan, cada vez ves más huecos vacíos en la mesa. Nunca les valoramos hasta que los perdemos», lamentaba María Asunción Lobera, entrando al panteón de la familia en Santa Isabel. «Es un momento muy sentido». Un reencuentro en el que la huella que dejaron invaden a uno por dentro. «Mi madre era la base de mi vida. Murió hace siete años por cáncer y desde entonces corro todos los años la carrera de la lucha contra el cáncer», relataba Edorta Sagastegi, mientras adecentaba la tumba y colocaba las flores que tanto le gustaban.
«Me he puesto guapa para veros», les contaba Margarita Martínez de Lizarduy a sus padres, acompañada por su hija Genoveva Urquiola. «Siempre les tenemos muy presentes, no solo hoy. Pero venir a verles te hace sentir que estás más cerca de ellos», comentaban. La visita se dilató varios minutos, aunque para muchos el tiempo casi se detuvo. Inmóviles, observaban la tumba.
Era la viva imagen del reencuentro que en muchos casos hizo saltar las lágrimas. Esther Martínez y Ana Giménez de Aberasturi, que se secaban con un pañuelo, acudieron con sus nietos, Iñigo, Leticia y Sofía a la tumba de la bisabuela. «Siempre decía que sus biznietos eran su vida, sus soles. Ypor eso, desde que hace siete años se fue al cielo, le traemos cinco rosas, uno por cada biznieto que tiene. Le visitamos por su cumple y por el Día de Todos los Santos», explicaban, antes de despedirse hasta la próxima visita.
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