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Las participantes en la batida de jabalí para mujeres posan al inicio de la jornada en el coto Pico Marinda.

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Las participantes en la batida de jabalí para mujeres posan al inicio de la jornada en el coto Pico Marinda. Rafa Gutiérrez

Juntas en el punto de mira

Una batida reúne en Kuartango (Álava) a 38 mujeres de distintos puntos del país para visibilizar su papel en el mundo de la caza. «Nos sentimos incomprendidas»

Sábado, 4 de febrero 2023, 19:48

«Se buscan 40 mujeres para cazar jabalís». Y ellas no dudaron, rifle en ristre, en acudir a la llamada de la Federación Alavesa de Caza. Con los cartuchos bien cargados, algunas con sus perros, se echaron a la carretera desde distintos puntos de Euskadi, desde incluso la otra punta de España. Y aquí están las 38 que han acudido. No son ni las ocho y el sol no se ha decido a salir todavía entre una de esas nieblas que, de tan densas, casi se mastican. La cencellada lo cubre todo de blanco y, al alba, hiela. Más que una batida de jabalís en Kuartango parece que la quedada es para cazar osos en Siberia. Abrigadas con chamarras gruesas reflectantes, con gorros, las primeras cazadoras empiezan a llegar a una llanura de Sendadiano, un concejito alavés a más de media hora de Vitoria. Todas han acudido a esa llamada. La mayoría no se conoce entre ellas. Y es en esos primeros minutos, algo incómodos, esos en los que toca romper (nunca mejor dicho) el hielo, en los que empiezan a reparar en las enormes diferencias que les separan. Vienen de pueblos diminutos y de capitales muy capitalinas, conducen coches de gamas muy diferentes, visten distinto y es muy probable que piensen (y, sí, voten) de forma muy pero que muy dispar. Pero, al mismo tiempo, no tardan en percibir que a todas les une una misma pasión y, sobre todo, una sensación de sentirse incomprendidas. Aquí, esta mañana, están juntas en el punto de mira.

Rafa Gutiérrez
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«Jamás he tenido una compañera de caza y creo que lo de menos hoy va a ser cazar mucho o poco, esta es una oportunidad de visibilizar a la mujer en un ambiente masculinizado». Arantza Unzueta, una joven de 26 años de Güeñes acaba de condensar a la perfección el espíritu de esta batida que ha convocado este sábado la Federación Alavesa de Caza en el coto Pico Marinda de Kuartango. «Es que nosotras vivimos un mundo que nadie entiende», replica la vitoriana Nerea Zapata, de 21 años y auxiliar de enfermería. «Te ven y te dicen: '¡Cómo vas a cazar si eres una chica!'». «A mí me han llegado a decir eso de que no tienes pintas de cazar, les sorprende que cace porque soy muy femenina, como si ser femenina o no tuviera que ver con ponerte las botas y salir al monte», añade María Jesús Cantero, que ha venido desde Cantabria.

«Tengo amigas animalistas»

La conversación, una de las muchas y en el mismo tono que se suceden a lo largo de toda la larga jornada, evidencia la enorme incomprensión a la que se ven sometidas estas mujeres. «Nos juzgan por ser mujeres y por cazar», resume Sonia Vicario, que incluso tuvo que dar explicaciones a la andereño en una reunión del cole incomodísima porque su hijo había contado en clase que su aita y su ama son cazadores. «Yo tengo amigas animalistas y, en clase, siempre surgen debates y sé que algunos me ven como la asesina de animales», cuenta Amaia Mangado, que estudia segundo de Bachillerato en Lodosa y quiere ser ingeniera agrónoma. «La caza, además de una pasión es necesaria para regular los ecosistemas, esto lo debería saber todo el mundo».

Es casi mediodía. Y la niebla no ha escampado hasta ahora. En una decena de 4x4, las cazadoras se van distribuyendo en los distintos puestos que ha fijado la Federación. El de Pilar Saiz ofrece una panorámica hermosísima hacia el valle de Kuartango. «No estoy acostumbrada a un paisaje así, las monterias a las que voy son muy, pero que muy distintas», destaca la mujer, elegantísima, con su sombrerito tocado con una pluma, un cigarro rubio entre los labios y su Remington 308 de culata de caja larga al hombro, un poco a lo Grace Kelly en Mogambo. Pilar es la dueña de una conocida boutique de Madrid. «Mis amigas se quedan muertas cuando les digo que me apasiona este mundo», asegura entre susurros. Algo más abajo aguardan con el mismo sigilo sus primas Paulina y Katia Guerrero Laverat, también con sus botas de piel, con sus sombreros, sus chamarras de marca, que contrasta con las chirucas y el goretex de la mayoría. «Mi padre nos llevaba a las tres de montería a cazar 'guarros' desde que éramos bien pequeñas, él nos enseñó que no hay nada más sagrado que la ley del monte y el respeto a la naturaleza», se emociona Paulina al mostrar una fotografía que guarda en una carterita junto a los permisos y a las licencias. «Él nos protege», suspira.

Si las que están ahí, en los puestos son puesteras, las que se encargan de sacar al jabalí con sus perros son orgullosas perreras. «En nuestra cuadrilla somos cuatro mujeres, pero no es para nada habitual», destaca Mireia González, de Baroja, en la Montaña Alavesa. En la camioneta de su 4x4 ladran sus 12 sabuesos, todos bautizados con nombres de bebidas alcohólicas. «Ellos son mi pasión, a mí lo de estar con la escopeta esperando horas y horas como que no y ni siquiera disfruto al abatir pero estar en el monte, con mis perros, ver cómo encuentran un rastro, percibir el cambio de su ladrido... me emociona», confía mientras se baja el suéter naranja reflectante y enseña un tatuaje en el antebrazo con una huella y una fecha: el 4 de diciembre de 2021. «Es el día que cacé mi primer jabalí a cuchillo», anuncia orgullosa.

Frisan las cinco de la tarde. Hace casi nueve horas que las cazadoras llegaron hasta este punto ignoto de Álava. Han pasado frío, han esperado y esperado y esperado. Y la batida acaba sin cobrar pieza. No han matado ni un solo bicho. Es más, la mayoría, por no decir que nadie, no ha llegado a disparar un solo tiro. Y, sin embargo, no hay ni rastro de decepción en sus rostros. Ni siquiera de resignación. Marisa y Alba, madre e hija, extremeñas, que se han hecho un porrón de kilómetros para venir hasta aquí desde Santiago de Alcántara (Cáceres) no sienten que toda esta jornada haya sido en balde. «Es que la caza es así, es pasar el día, estar en la naturaleza», admiten mientras María José Cabrerizo, de Ariza, en Zaragoza, asiente. «Para mí, hacer tres horas de viaje desde mi pueblo ha merecido la pena porque, aunque no haya llegado a ver un jabalí, esta ha sido una experiencia inolvidable. He visto, por fin, que hay mujeres que comparten mi pasión».

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