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IRENE LARRAZ
Miércoles, 23 de noviembre 2011, 02:58
«¿Pero se ha reído la gente?», terminaría preguntando Rafael Azcona si hubiera asistido al estreno de 'Los muertos no se tocan, nene' ayer en los Cines Moderno de Logroño. «Todos preguntan y hablan de si la película es un tributo, un homenaje a Rafael, yo siempre respondo que esta era la única forma que teníamos de sobrellevar su ausencia durante todo este tiempo», aclaró Bernardo Sánchez, quien junto a David Trueba y al propio director, adaptaron el guión que Azcona había dejado hilvanado.
El mismo empeño mostró José Luis García Sánchez, el director, quien no se atrevió a hacer pronósticos hasta ver si los espectadores habían sonreído durante la película. Aunque no todo son risas, «una cosa es cuando leímos el guión, que a todos nos hizo mucha gracia, que vimos que ahí, detrás de los personajes divertidos, en esas situaciones desternillantes, había algo más. Pero eso es normal, porque Azcona siempre tenía un subtexto. Ninguno de nosotros era consciente de lo que iba a ser», explica la actriz Silvia Marsó.
Entre la marabunta que colmó las trescientas butacas de la sala número 5 del Moderno, se asoma García Sánchez y comenta entre su elenco de actores: «Ver un cine lleno es de los espectáculos más bonitos que se pueden contemplar».
Cada fotograma refleja su humor y su visión, legado en esta comedia, parte de una trilogía que el riojano había dejado escrita en 1959. Por aquel entonces, cuando la actriz Tina Sainz acompañaba a su padre a los cafés de Madrid, donde se reunían los escritores, cineastas y aspirantes, ahí estaba Rafael. «Él le solía decir a Tina 'ven, que te cuento una historia, a ver si te hace gracia y si no, no sigo', y esa historia era 'Los muertos no se tocan, nene'», cuenta Bernardo Sánchez.
Logroño entero ha trabajado en la película, y todos esos actores de 'al paso' de la calle, salieron al escenario para recibir la película. Está Mariano, el camarero del Café Moderno, que hace de Mariano, los enterradores del cementerio de Logroño, que hacen de enterradores, Pedro Mari Azofra, quien recuerda que «desde el carpintero hasta el protagonista, Fabianito, llevan el espíritu azconiano, porque todo el mundo adoraba a Rafael». Y de esta forma Rafael vuelve a su Rioja, «allá donde haya una pared blanca estará la película», pueblo por pueblo, señaló el productor Juan Gona.
«En ocasiones, sombría»
Una España de los años 50 en blanco y negro «apagada, en ocasiones sombría», en la que «de cosas pequeñas se hacen cosas muy grandes, y creo que ahí está la esencia del mundo, retratando esa cotidianidad», precisa el actor Carlos Iglesias, quien no pensaba que fuera a interpretar nunca una película de Azcona, cuyo cine -confiesa- le ha vuelto loco.
Traspasar el humor, dotar a la película de una nostalgia y reflejar el esperpento español de aquellos años y del que todavía quedan residuos que sin duda despertarán algunos recuerdos entre los espectadores. Todo eso, «rodado de una forma totalmente distinta a cómo se hace el cine actualmente -precisa Marsó-, ahora se marca mucho el suelo, no puedes pasar de una rayita que te ponen los técnicos, no puedes hablar a la vez que tu compañero, se habla más bajito, cuando en la vida real nadie habla así... Es un cine más artificioso, un estilo que hemos heredado del cine americano, pero aquí se está trabajando como nunca jamás ninguno de nosotros volverá a trabajar. Ha sido un honor».
De la casa de Demetrio Navaridas, en Calvo Sotelo número 8, al cementerio de Logroño, quedan algunas de las grandes escenas que se vieron ayer en la pantalla grande de la ciudad. Pero si algo queda, es la participación de los riojanos en este homenaje a uno de sus hijos ilustres, «algo inconcebible», según el propio director, que recuerda cómo los propios riojanos produjeron al menos diez planos de época que aparecen en la película, «con su propia voluntad».
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