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ALBERTO AYALA
Domingo, 10 de abril 2011, 04:50
Con el proceso de fusión fría de las cajas vascas sucede algo muy parecido a lo que ocurrió con José Luis Zapatero hasta el comité federal socialista del pasado día 2: cualquier ciudadano medianamente interesado en los asuntos públicos tenía claro que ZP no iba a ser el cartel electoral del PSOE en las próximas elecciones generales, pero faltaba la confirmación oficial del interesado.
En lo que concierne a las cajas, todo el mundillo da por sentado que esta vez sí va a haber fusión fría, que será a dos en vez de a tres si la asamblea de la Kutxa tampoco ratifica este plan. Incluso, que la entidad resultante nacerá a partir del peso actual de cada una de las tres kutxas, aunque se pueda introducir algún pequeño factor corrector. Pero falta que culmine el proceso, se oficialice el acuerdo y se desvelen el nombre del nuevo banco, los porcentajes de cada socio y la identidad del presidente.
Hace tres décadas, Euskadi elegía un modelo de corte confederal para emprender su andadura como comunidad autónoma tras la dictadura. Y lo hacía porque el PNV -que fue quien llevó el grueso del peso de la representación vasca en las negociaciones- tenía ese modelo de organización interna. El máximo órgano de dirección jeltzale -el Euzkadi buru batzar- estaba compuesto por aquel entonces por doce miembros: tres elegidos por los peneuvistas de Álava, otros tres por los de Guipúzcoa, los mismos por los navarros y tres más por los de Vizcaya. Incluso los asistentes a las reuniones variaban según los asuntos. Nada extraño, pues, el acuerdo al que se llegó para que los tres territorios tuvieran idéntica representación en el nuevo Parlamento vasco. Primero 20 por provincia, para un total de 60; luego, hoy, 25 para configurar una Cámara de 75.
En retroceso
La autonomía echó a andar. Se aprobó la Ley de Territorios Históricos (LTH), la norma que completaba la institucionalización interna vasca (a falta todavía de la Ley Municipal). Y llegó la escisión del PNV y el nacimiento de EA. Fue entonces cuando los jeltzales se autoenmendaron su confederalismo y optaron porque en sus órganos internos se reflejara su fortaleza de Vizcaya.
El modelo aprobado en Zestoa, en 1987, establece que el presidente del EBB lo elige todo el partido. También toda la organización designa a ocho integrantes de la ejecutiva nacional, aunque hay un pacto no escrito por el que cinco son de Vizcaya, dos de Guipúzcoa y uno de Álava. Completan el EBB los presidentes de las tres territoriales de la comunidad autónoma vasca y el de la navarra. Así, Vizcaya, el territorio más poblado y en el que reside de largo el grueso de la afiliación jeltzale, disfruta de una cómoda mayoría en la ejecutiva nacional.
En los últimos años, los sucesivos intentos habidos por fusionar las tres cajas vascas en una única gran entidad han terminado en estrepitosos fracasos. Los equilibrios territoriales fueron el gran argumento esgrimido por los partidos para explicar los vetos, aunque detrás se ocultaran no pocos intereses políticos.
El proceso de fusión fría actual va a salir adelante porque así lo imponen el Gobierno central y el Banco de España, empujados por el mismo eje Berlín-París-Washington que ha impuesto reformas económicas y recortes sociales. Pero también, aunque solo después de lo anterior, porque deja a salvo lo simbólico. Es decir, porque los vizcaínos mantendrán su libreta de la BBK, los alaveses su tarjeta de la Vital y los guipuzcoanos seguirán yendo a una sucursal de la Kutxa.
Pero hasta ahí. Ni la Euskadi política, ni menos la económica, parecen estar por profundizar en el modelo confederal estatutario. Si acaso, al contrario. Este asunto de las cajas es un buen ejemplo de ello.
Mario Fernández, actual presidente de la BBK y ex vicelehendakari con Carlos Garaikoetxea, y Emilio Guevara, abogado y padre de la LTH, mantuvieron hace un cuarto de siglo posiciones antagónicas. Hoy están de acuerdo. «Ha dicho Mario (Fernández) que en este asunto de las cajas no hay LTH que valga. Estoy totalmente de acuerdo con él», subraya el jurista alavés. A su juicio, en el banco final cada caja debe estar por lo que vale. «Otra cosa sería si estuviéramos ante una fusión caliente. Ahí sí se podría reservar en la asamblea idéntico número de puestos a las entidades fundadoras, aunque la representación de impositores debería ser proporcional».
¿Son previsibles cambios en el modelo? Todo apunta que no. Ninguno de los tres grandes partidos se atreve a abrir el melón de la LTH. Y las buenas palabras que se repiten de forma cíclica sobre la necesidad de acabar con las duplicidades existentes parecen solo eso, buenas palabras. Al final son los propios partidos los que ocupan los espacios duplicados y no parecen por la labor de renunciar a ello.
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