Secciones
Servicios
Destacamos
Edición
KEPA AULESTIA
Sábado, 12 de marzo 2011, 04:16
El último comunicado remitido por los promotores de Sortu permitía diversas interpretaciones. Pero lo significativo es que mientras la mayoría de medios destacó su rechazo al plan de atentar contra el lehendakari López, los más afines a la izquierda abertzale subrayaron la parte más continuista y reivindicativa del mensaje. La nota hecha pública en nombre de Sortu zigzagueaba entre las respuestas que ofrecía a los requerimientos de la sociedad y del Estado de Derecho y las que iban dirigidas a las bases de la izquierda abertzale para contener los recelos de los más radicales. También por eso le era imposible contentar a los dos mundos hacia los que miran los promotores de Sortu para anclar el «punto de inflexión en la trayectoria de la izquierda abertzale».
Como hizo notar el fiscal Zaragoza, resultaba chocante que rechazasen el atentado que no se cometió contra el lehendakari y no dijesen nada de los dos asesinatos que se les atribuye a los integrantes del comando Otazua. Hasta la bien recibida indicación de que la paz no tiene condiciones se contradice con esas otras condiciones que acostumbra a exponer la izquierda abertzale al dibujar el «escenario de paz». Por ejemplo, cuando advierte de que «la paz es algo más que el fin de la violencia» y rehúsa dar la vuelta al argumento hasta admitir que lo que anhela la inmensa mayoría de la sociedad es sencillamente el fin de la violencia. La izquierda abertzale parece haber entendido que necesita lograr más credibilidad ante los tribunales para volver a la legalidad, pero todavía no se ha percatado de que necesita prestar mucha más atención a lo que le requiere la sociedad en su conjunto.
La declaración de Sortu no colma las exigencias democráticas, en tanto que está repleta de contradicciones. La pregunta que surge es si, a cambio, satisface a las bases de la izquierda abertzale neutralizando la influencia de los esquivos, de los más extremistas y de la propia ETA, y garantizar así su paulatino desarme. Para ello, los patrocinadores del cambio en la izquierda abertzale cuentan con dos recursos connaturales a su propia trayectoria: la ineludible reivindicación de ésta y la reserva mental con que han de cuidarse para no traicionar a los suyos. Reserva que el portavoz Moreno convirtió ayer en un doble juego insultante para el resto de la sociedad. Porque a estas alturas ni siquiera Otegi sería capaz de embaucar a las bases del MLNV en la creencia de que el desistimiento es la expresión más sublime de la victoria alcanzada tras tantos años de lucha.
Los promotores de Sortu llegaron en su último comunicado a afirmar que «lo estratégico y sustancial es el rechazo a la violencia». Pero toda condena por parte de la izquierda abertzale del terrorismo practicado en el pasado se sumaría como carga moral a la pena que cumplieron, cumplen o tendrán que cumplir quienes perpetraron los atentados. Algo que descuadernaría a la propia izquierda abertzale, puesto que le sería imposible asumir colectivamente semejante carga frente a los penados que consideran haberlo sido por su condición de integrantes de ese mismo colectivo.
La reserva mental solidaria persigue, instintivamente, evitar que ese mundo se escinda para que pueda capitalizar su historia pasada en un futuro legal. Dado que la escisión no es una hipótesis a descartar. Aunque es muy improbable que vaya más allá de un movimiento de resistencia a la mutación, de incomodidad ante una situación desconocida, de sublimación de una autenticidad incapaz de cuajar en una propuesta política organizada y alternativa.
Los presuntos miembros del supuesto comando Otazua debieron vivir este alto el fuego de ETA con la perplejidad de quien teme ser detenido y encausado por asesinato precisamente cuando todo puede haberse acabado. Posiblemente la misma perplejidad que trataban de sacudirse, en su condición de jefes operativos, los detenidos anteayer en una casa rural en los límites de Francia con Bélgica. Parece más pertinente que nunca preguntarse si de verdad existe ETA. Si esas siglas representan una entidad jerarquizada, con una voluntad concreta y una intención determinada; o si más bien se trata de una existencia inercial que se situaría en los márgenes de la propia izquierda abertzale, con una autoridad residual y subsidiaria de un pasado común más que de un porvenir compartible.
La nueva doctrina expuesta por el Gobierno de Zapatero al señalar que la legalización de Sortu se verá impedida mientras exista ETA adquiere sentido con las detenciones. Porque la amenaza etarra persiste, pero no está claro que esté respaldada por una voluntad organizada y consistente. Es lo que explica la confiada comparecencia de Etxeberria e Iruin el 7 de febrero anunciando la constitución de Sortu.
Solo que si la izquierda abertzale no puede cargar sobre sus espaldas la condena de su propia trayectoria, se verá obligada a certificar el final 'de facto' de ETA, no ya como sigla autorizada para hablar en su nombre y en el de los herederos de Batasuna, sino incluso como organización capaz de imponerse sobre la agenda de quienes le prestaban cobertura. Proclamas aparte, la «nueva fase» anunciada por la izquierda abertzale se limita a que demuestre que se trata de «un nuevo proyecto político» y pueda regresar a la legalidad.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
La chica a la que despidieron cuatro veces en el primer mes de contrato
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.