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JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGOR
Domingo, 30 de enero 2011, 03:38
Hosni Mubarak, amo y señor de Egipto, debería tener miedo. Y no le faltan buenas razones pues Egipto está al borde de la revolución. Sobre el papel, la economía egipcia ha ido oscilando según las coyunturas: bastante próspera durante el periodo 2005-2008 y deteriorándose luego al compás de la crisis mundial. En la práctica, la población ha vivido siempre igual de mal, con tendencia clara a ir empeorando su situación. Casi la mitad de los egipcios viven con menos 60 euros al mes, mientras el país sufre una superinflación del 50%, bastante más en algunos productos básicos.
El Estado intenta contener el malestar social subvencionando los productos básicos, pero gran parte de la economía egipcia es rentista: turismo, petróleo, canal de Suez y remesas de dinero de los emigrantes egipcios en el golfo Pérsico. El deterioro simultáneo de estas cuatro fuentes de ingresos hace que más egipcios necesiten subvenciones para sobrevivir, pero el Gobierno se ve en problemas para cubrir semejante gasto.
El factor decisivo en la crisis egipcia es el ejemplo que les ha dado Túnez. Los egipcios lleven décadas considerándose los líderes naturales del mundo árabe. Es un sentimiento que Nasser supo aprovechar, pero que ya existía antes de que tomase el poder. Por lo tanto, si un país pequeñajo como Túnez ha logrado derribar a su déspota ¡los egipcios también podrán! Lo único que hay que hacer es perseverar, y los egipcios parecen muy dispuestos a hacerlo.
Para los déspotas, lo más aterrador de las revoluciones es que estallan de manera tan imprevisible como un relámpago en un cielo sin nubes. Túnez parecía el país mas estable del mundo árabe ¿Quién hubiera podido imaginar hace tres meses que su gobierno estaba a punto de hundirse? En octubre de este año, Mubarak cumpliría 30 años en el poder, pero ¿logrará mantenerse hasta entonces en la poltrona? Por primera vez, parece dudoso. Mientras tanto estallan también protestas en Marruecos o Yemen
Túnez, Egipto, Marruecos y Yemen son países muy diferentes en extensión, población, recursos, estructura económica, etc, pero son comparables en lo básico: Despotismos corruptos dirigidos por un clan familiar. El octogenario Mubarak está preparando el terreno para nombrar sucesor a su hijo, convirtiendo así a Egipto en una monarquía de facto, igual que Siria. Por lo tanto los 82 millones de egipcios están acorralados: o se resignan a convertirse en propiedad particular de la dinastía Mubarak, o arriesgan sus vidas echándose a la calle, sin la menor certeza de que sus compatriotas vayan a apoyarles cuando lleguen los guardias para partirles la cara o incluso matarles.
Esta incertidumbre es una de las razones de que las revoluciones sean tan poco frecuentes. Incluso cuando el descontento está universalmente extendido, gran parte de la población suele mantenerse pasiva por indolencia, miedo a las represalias, miedo a que venga algo todavía peor, o sencillamente por falta de fe en el triunfo. Sin embargo llega un momento en que las masas exasperadas prescinden de cualquier calculo racional y se lanzan a la protesta. Entonces se demuestra de nuevo que el pueblo, unido, no puede ser vencido. No es solo un eslogan melodramático para manifestaciones o discursos. Es una verdad literal. Todo poder político no es más que una ilusión consensuada. La represión solo es eficaz cuando las protestas están limitadas a pequeños sectores de la población.
En teoría, si la cúpula dirigente permanece unida, si dispone de un músculo represivo poderoso y si además esta dispuesta a usarlo con toda la brutalidad necesaria, una dictadura puede mantenerse indefinidamente en el poder contra la voluntad unánime de toda la nación. En la practica, llega un momento en el que los policías y los soldados comienzan a desertar o sencillamente se niegan a disparar sobre una multitud donde están sus parientes y amigos. También puede suceder que la multitud empiece a conseguir armas y acabe arrollando a las fuerzas del gobierno por la pura fuerza del número.
Por el momento Mubarak está siguiendo los pasos de Ben Ali: afirma que lamenta las víctimas que él mismo ha causado -una treintena de muertos y más de mil heridos solo este viernes- anuncia nuevas libertades para los ciudadanos, reformas económicas, cambios de gobierno, etc. Pero a la vez incrementa la represión: decreta el toque de queda, arresta a los lideres opositores y bloquea Internet y los teléfonos móviles. En Túnez, los móviles e Internet fueron herramientas eficaces de las protestas, pero los intentos del gobierno para controlarlos solo sirvieron para estimular la rebelión. Mas aún: a través de Internet y Wikileaks, los tunecinos descubrieron los informes de la embajada norteamericanas que describían con todo detalle la corrupción y los abusos de Ben Ali y su entorno. ¿Alguien cree que los egipcios no se han leído los informes de Wikileaks sobre su país?
Mientras tanto los egipcios violan en masa el toque de queda decretado por el gobierno, y con cierto sentido práctico se esfuerzan en confraternizar con las tropas que deberían estar masacrándoles por violar el toque de queda pero que no lo están haciendo. ¡Y esas tropas son la Guardia Presidencial del propio Mubarak! Las multitudes furiosas incendian las sedes del partido gubernamental, pero a la vez se congregan en torno al museo de El Cairo para asegurar su protección hasta que llegue el ejército.
Los tunecinos necesitaron un mes de protestas para lograr la caída del régimen. A los egipcios les encantaría romper ese recórd y parecen bien encaminados para lograrlo. Pero Mubarak ya ha declarado que no piensa dimitir. La partida no está decidida aun.
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