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PAUL RÍOS
Jueves, 13 de enero 2011, 03:28
Desde el pasado lunes llevo repitiendo el mismo mantra: deseo y exijo que ETA ponga fin a la violencia de manera definitiva. Cuando se defiende la importancia del paso dado por ETA, al declarar un alto el fuego permanente, general y verificable por la comunidad internacional, casi no queda más remedio que empezar dejando muy claro este deseo. Lo contrario abre la puerta a criticar todo lo que uno pueda decir bajo la acusación de equidistante o legitimador de la violencia.
Las palabras de ETA se han analizado hasta la extenuación. Me siento capaz de escribir varias páginas sobre lo que no me gusta del comunicado. Es una tarea sencilla. ETA no ha normalizado su mensaje para adaptarlo a los esquemas que los demás empleamos. Ahora bien, tan importante como las palabras es el contexto en el que se expresan. Lo más importante es que ETA en verano de 2009 mató a dos guardias civiles en Mallorca y hoy, año y medio después, ha decidido declarar un alto el fuego.
Objetivamente estamos mejor. ¿Queremos más? Evidentemente, pero tampoco somos tan ingenuos como para pensar que ETA decidirá el final de la violencia de la noche a la mañana. Es más, no hay que olvidar que hace escasamente un año todas las informaciones apuntaban a que ETA estaba dispuesta a cometer más atentados y que no compartía las claves de la nueva estrategia de Ezker Abertzalea (izquierda abertzale).
El relato sobre los motivos que han conducido a este cambio presenta muchas aristas e interpretaciones. Seguramente no ha habido un sólo factor determinante y la situación actual es consecuencia de la suma de todos ellos. Ahora bien, en el último año se han producido tres grandes novedades que han sido decisivas para romper la situación de bloqueo y deterioro en el que se encontraba el proceso hacia la paz en 2009.
En primer lugar, la presentación de la Declaración de Bruselas, en la que se instaba a ETA a declarar un alto el fuego permanente y verificable. No se trataba de un intento por «internacionalizar el conflicto», más bien era una propuesta para que ETA diera un paso unilateral que permitiera abrir una nueva oportunidad para la paz, como así ha ocurrido. Esta es la mejor prueba para rebatir los argumentos de todos aquellos que han dedicado grandes esfuerzos a desprestigiar la tarea de los líderes y personalidades internacionales que suscribieron la declaración.
En segundo lugar, se han construido nuevas alianzas entre diferentes. El máximo exponente es el Acuerdo de Gernika. Su gran virtud ha sido reunir a diferentes fuerzas políticas, sindicales y sociales en torno a unos mínimos para alcanzar la paz y sumar al llamamiento de la Declaración de Bruselas la petición de que el alto el fuego sea expresión de un compromiso con el abandono definitivo de la violencia.
En tercer lugar, aunque posiblemente lo más determinante, Ezker Abertzalea ha puesto en marcha una nueva estrategia política en la que se rechaza la violencia y se asume un compromiso por las vías pacíficas y democráticas. Allá por septiembre de 2009 la clase política ya tenía conocimiento del debate abierto. El Gobierno respondió deteniendo a las personas que lideraban el intento por cambiar la estrategia. Pese a ello, el debate dio como resultado un consenso amplio en las bases de ese sector político en torno a la necesidad de avanzar en sus objetivos políticos sin violencia. Esta decisión ha conseguido mover a ETA de una posición partidaria de continuar con la lucha armada a declarar un alto el fuego.
También se puede debatir mucho sobre los motivos o las causas de este cambio de estrategia en Ezker Abertzalea. Independientemente de ello, el hecho real es que ha logrado lo que parecía imposible hace un año. Si mantiene su determinación, algo de lo que no dudo una vez se ha llegado a este punto, podemos tener la esperanza real de lograr la paz.
La situación es nueva. Estos factores así lo demuestran. Ante lo nuevo no valen las viejas estrategias. No estoy pidiendo a nadie que haga concesiones a ETA; sería antidemocrático. Lo importante es que cada uno reflexione sobre lo que está haciendo y que decida cómo quiere contribuir. El Gobierno tiene una especial responsabilidad en ello. En sus manos está aportar para que los derechos humanos sean garantizados (acercamiento de presos o prevención de la tortura) y para que este reto de la paz se afronte con la participación de todos (legalización de Ezker Abertzalea). Es responsabilidad del Gobierno liderar, no ser un mero espectador de los acontecimientos.
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