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JESÚS GÓMEZ PEÑA
Lunes, 26 de julio 2010, 04:46
El Tour de 1999, el primero de la 'era Armstrong', no se despegó nunca de la edición anterior, del escándalo del 'caso Festina'. Al abrir el maletero del coche del equipo galo, la policía de aduanas había destripado la cara oculta del ciclismo: el dopaje como motor de muchas gestas. En 1998, el Tour naufragó en un remolino de fármacos. El Festina fue decapitado y la victoria recayó en un campeón trágico, Marco Pantani. El 'Pirata', al final de su carrera, apareció muerto en un decadente hotel playero con cajas de medicamentos velando su cadáver. Lance Armstrong no disputó aquel Tour maldito. Volvió del cáncer y se alistó en la Grande Boucle de 1999. Su primera y más inesperada victoria. «Creed en mí. Soy un milagro», dijo al llegar triunfador a París. Juró ante el espejo de la opinión pública que nunca había hecho trampa. Ayer, década y pico después, mantiene su mensaje y siguen las mismas dudas.
Cuando llegó, Armstrong parecía un vencedor providencial. La metáfora perfecta: un ciclista enfermo, supervivente del cáncer, que se regenera y triunfa. La imagen que necesitaba el ciclismo, un deporte con la credibilidad desgastada. «¿Ha tomado corticoides o EPO?», le preguntaron en 1999. «Jamás», contestó. El 23 de agosto de 2005, el diario 'L'Equipe' publicó los datos de una investigación de las autoridades francesas realizada sobre muestras congeladas en el Tour de 1999. Según los analistas, en la orina de Armstrong había restos de EPO. Él lo negó. Lo niega.
Como desmiente las detalladas acusaciones de su ex compañero Floyd Landis: «Yo he visto doparse a Lance», acusa. La Agencia estadounidense antidopaje sigue el rastro de la venta de bicicletas del equipo de Armstrong para financiar el programa interno de dopaje. La de Estados Unidos es una sociedad con sus propios códigos: no perdona a un mito mentiroso. Y Armstrong es allí un icono de la solidaridad, un ejemplo de supervivencia, un mecenas... Hoy, en su decimotercer Tour, subirá al podio de los Campos Elíseos por la puerta trasera: su equipo, el RadioSchack, ha ganado la clasificación de escuadras. Será el consuelo para su vigesimotercer puesto en la general, a casi 40 minutos de Contador en la clasificación general del Tour que la ha sobrado.
En 2005, cuando recogió su séptima victoria en París, anunció su retirada. En plenitud. Era un campeón inoxidable. Ni Anquetil, ni Merckx, ni Hinault, ni Induráin se habían ido así. Sin ocaso. Nadie le había batido nunca. Terminó su carrera como quiso y dio inicio a su leyenda. Frente al escéptico público parisino repitió el mensaje lanzado en 1999. «Creed en mí». Lo dijo en inglés ante un público que no le entendía. '¿Pero quién es Armstrong?', se preguntaba entonces 'L'Equipe', el periódico del Tour.
La cuestión sigue abierta ahora que se va tras haber regresado en 2009. ¿Quién? El chico huérfano de la América profunda que tuvo dos padres y no quiso a ninguno. El gran dominador de la historia del Tour. El único capaz de sumar siete victorias. El enfermo que le ganó el pulso al cáncer. El estratega del márketing que ha convertido su historia en una factoría multimillonaria. El fantástico ciclista que fue capaz de surcar un campo de avena para esquivar la caída de Joseba Beloki... O, como describe Landis, el líder del Tour que aprovechaba los traslados en autobús para tumbarse en el suelo del vehículo y meterse en vena medio litro de sangre. O el déspota que arrinconó a todos los que no se arrodillaron a su paso: Bassons, Simeoni... Incluso, Contador, el rebelde que no quiso someterse a su poder en 2009.
De Armstrong han quedado muchas versiones. Ha habido tiempo para escribirlas. Y la historia sigue abierta en un despacho de la Agencia antidopaje estadounidense. Ayer por la noche se despidió de París. En un apartamento alquilado cerca del Louvre, y con su esposa y sus cuatro hijos. Corrió el telón sobre trece ediciones del Tour: doce más una. The End. 'Endstrong', como se leía en la Prensa gala.
Una oportunidad más
Con 21 años y el maillot de campeón americano, debutó en el Tour de 1993 y ganó su primera etapa: en Verdun. Ni acabó esa edición ni la siguiente, cuando ya era campeón del mundo. En 1995 le dedicó la victoria en Limoges a su compañero fallecido, Fabio Casartelli. Esa vez sí tocó París: en el puesto 36, a hora y media de Induráin. Con 24 años no pudo con el Tour de 1996. El cáncer latía por sus arterias. Ahí desapareció un Armstrong y llegó el otro.
Empezó a ganar el Tour de 1999 un año antes, en febrero, en la París-Niza de 1998. Venía de la quimioterapia, la camilla de un hospital de Austin y la sensación de que todo se acababa. En su segunda vida y nada más retornar al ciclismo se hundió sobre la lluvia y el frío de la primera etapa de la París-Niza. Entró en crisis. Quiso irse de un deporte que parecía no quererle. «Al final no lo hice, me di cuenta de que tenía mejores amigos de lo que creía», relató en el libro 'Lance Armstrong. Imágenes de un campeón'. Escuchó a los suyos. Y se dio una oportunidad más.
Subió a un avión con Chris Carmichael, su preparador, y aterrizaron en los Apalaches. Allí estuvieron casi tres meses, recluidos, pedaleando hacia el regreso. Volvió. A Europa de nuevo. Al Tour de Luxemburgo. Y lo ganó. Era un triunfo menor y, sin embargo, resultó histórico: daba inicio la 'era Armstrong'. La de sus siete Tours (1999-2005) consecutivos, su retirada invicto en 2005 y su inesperado y tardío retorno en 2009.
¿Por qué volvió? ¿Echaba de menos los focos? ¿Se aburría en su vida de filántropo rico? ¿Para recaudar más fondos destinados a su fundación contra el cáncer? ¿Para lanzar su carrera política tras realizar una nueva hazaña deportiva al borde de los 40 años? En 2009 acabó tercero del Tour, sólo superado por Contador y Schleck. Justificó la aventura de su regreso. Hasta recogió gotas de cariño del público francés, siempre caluroso con los derrotados. Ahora, no. El Tour 2010 ha sonado a réquiem por Armstrong. La caída camino de Avoriaz le apartó de la carrera. Ejercitó su orgullo en una fuga por el Tourmalet y adiós. En el decimotercer Tour se acabó su suerte. Número gafe. Queda archivado con todo lo que le rodea: su fantástica historia y también la duda.
«No soy más que un tipo normal. Un tío corriente, trabajador, motivado, complicado, de vez en cuando cabreado y que se viste con camisetas», se describió en una autobiografía. «El apellido de mi hijo Luke es Armstrong. Cuando vaya al colegio no quiero que nadie le diga: 'Ah, sí. Tu papá es aquel farolero, el dopado'. Eso me mataría», se lee en otra página. Cinco años después de escuchar en la boca de un médico esa palabra, «cáncer», le confirmaron que ya estaba a salvo. Volvió a su rancho de Austin y se sentó con sus hijos en el porche. A la casa le habían puesto de nombre 'Milagro'. «Creed en mí», dijo en 1999. Aún lo repite.
No volverá al Tour. En agosto le esperan una carrera de mountain bike en Colorado y un criterium en Philadelphia en favor de su fundación. Se va definitivamente. «Lo que más necesito ahora es desaparecer», dice tras veinte años sobre pedales, y frente a las cámaras y los microscopios.
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