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El asturiano Dani Navarro, en pleno esfuerzo. :: EFE
Cuando el patrón es tu amigo
CICLISMO | TOUR DE FRANCIA

Cuando el patrón es tu amigo

Dani Navarro corre al lado de Contador desde la categoría amateur y es su mejor gregario en la montaña

J. GÓMEZ PEÑA

Miércoles, 14 de julio 2010, 11:03

Ayer, mediado el puerto de La Madeleine, el dorsal número '6' sacudió el Tour. Sólo otros dos le siguieron. Los mejores: Andy Schleck y Contador. ¿Será el '6' el tercero del Tour? No. Es Dani Navarro y su oficio es otro: velar por su patrón, su amigo. Contador.

Cuando los puertos de este Tour huelen a embrague y fatiga, aparece Navarro, gijonés y escolta de Contador. Un escudo de carne y hueso. El próximo domingo cumplirá 27 años. Ese día llegan los Pirineos. Como si hubiera nacido predestinado a la montaña. Al empezar en esto de la bicicleta era la figura: de cadete ganó 17 de las veinte carreras que disputó: «De las tres que perdí, dos se las dejé ganar a un compañero». Ahí, en ese rasgo de generosidad, descubrió su vocación. La entrega. Hoy, su compañero es el número uno, Contador. Por él, lo que sea. O más. «Soy profesional y trabajaría a tope para cualquier líder, pero para ninguno como para Alberto. Por un amigo te sacrificas aún más», compara. Da antes de que le pidan.

El domingo, en Avoriaz, mutiló el pelotón. Con la boca abierta. Su racimo de dientes. Mordió hasta que sólo doce le resistieron. Los mejores. «Si hubiera pedaleado para mí, no habría llegado tan arriba en esa etapa», dice. Da más de lo que le exigen. «En Avoriaz noté que ya no podía seguir a ese ritmo a falta de cuatro kilómetros para el final. Hablé con Alberto y di un empujón más. Hasta que sólo quedaban dos kilómetros». Los sueños por cumplir de su época como cadete ya no son suyos. Los ha donado a Contador. «Un gregario así no tiene precio», agradecen en el Astana.

Dani Navarro es de Gijón, de paseos «por el barrio antiguo». Su hermano Borja juega en el Sporting y hasta ha debutado en Primera. «Es delantero centro». El goleador de su equipo. Dani también juega ahora en grupo: «Soy combativo. Me gustan las fugas al estilo de Virenque, que era mi ídolo, pero ahora mi trabajo es otro». Evitar lo que más le gusta: el desorden, las escapadas.

Pasión generacional

A la bicicleta llegó por la voz de su abuelo. Historias de viejo ciclismo. El abuelo había sido corredor, de cuando no había diferencias entre profesionales y amateurs. Ciclistas y punto. De carreras de pueblo. Por fiestas. De ahí, de esa memoria, llegó la herencia: el abuelo le regaló la bicicleta. La máquina para volar. Fue subcampeón de España y, enseguida, amigo de Contador y Jesús Hernández, colegas hoy en el Astana. Todos coincidieron en el Wurth, el equipo filial del Once, el sello de Manolo Saiz. Crecieron en Santillana del Mar, donde las cuevas de Altamira y la playa. Adolescentes que escalaban la pirámide de su deporte.

«A Alberto (Contador) se le veía que era bueno. Subía mucho y había ganado medallas contrarreloj en el campeonato de España. Pero explotó al pasar al campo profesional», relata. Navarro ha asistido a esa eclosión: «Es que en la televisión no se aprecia lo bueno que es. Nosotros lo vemos de otra manera. Por ejemplo, en los entrenamientos, cuando yo ya voy al cien por cien, él pedalea al setenta por ciento». La carretera establece la jerarquía. En Santillana del Mar nadie conocía el futuro. Ahora está claro. Todos para Contador. Como otro asturiano, Chechu Rubiera, hizo por Armstrong. «El otro día, cuando tiraba del pelotón, iba pensando en Chechu, en hacer como él, en reducir el grupo a sólo unos pocos». Eso hizo. Al recordarlo, suena el cascabel de su sonrisa. Es su meta privada.

Navarro tiene currículo de gregario. Breve: apenas una etapa en el último Dauphiné. «Ese día me dio permiso Alberto para atacar». Libre, planeó sobre Grenoble. «También he sido cuarto en la Vuelta a Alemania», apunta. Pero no es eso lo que le quita sueño, sino la responsabilidad. El miedo a fallarle al líder. «Antes de que llegaran las etapas de montaña dormía mal, nervioso», admite. Morzine le calmó, cumplió, se liberó. Llevaba días acumulando energía, entrando entre los últimos en las etapas llanas. Con sus dos piernas reservadas para los Alpes de Contador. «Es mi amigo». Y llevan años de la mano camino de París.

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