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El avance de la sinrazón
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El avance de la sinrazón

Cada vez tienen más eco los movimientos que, esgrimiendo supuestas razones de salud, ecológicas o de otra naturaleza, se oponen a la adopción de bienes y tecnologías desarrollados gracias al conocimiento científico

JUAN IGNACIO PÉREZ IGLESIAS

Jueves, 8 de abril 2010, 04:37

La Unión Europea, tras muchos años, ha dado vía libre a sus Estados miembros para que permitan en sus territorios el cultivo de una nueva planta de genoma modificado, la patata Amflora. Se trata de una variedad desarrollada por la compañía Basf, que ha sido diseñada para producir un tipo de almidón más adecuado para usos industriales, como fabricación de papel, pegamentos y productos textiles. Como no podía ser de otra forma, las organizaciones ecologistas han puesto el grito en el cielo.

Conviene recordar que, aunque el ecologismo 'oficial' acusa a la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) de ser proclive a los transgénicos, ésta sólo es la segunda planta de genoma modificado cuyo cultivo permite. En 1998 dio vía libre al cultivo de maíz MON 810, variedad que es resistente al ataque del taladro, un insecto plaga que causa grandes daños y que obligaba al uso intensivo de insecticidas. Así pues, y frente al resto del mundo (134 millones de hectáreas sembradas), la Unión Europea sigue constituyendo una excepción, porque la extensión de los cultivos transgénicos sigue siendo anecdótica en Europa (100.000 hectáreas sembradas). Esta situación es la lamentable consecuencia de la debilidad de los gobiernos europeos ante el movimiento ecologista y de los temores de una opinión pública no suficientemente bien informada o, lo que es peor, excesivamente frívola.

Días atrás, el Departamento de Educación, Universidades e Investigación del Gobierno vasco ha dado a conocer un estudio en el que se muestra que las ondas electromagnéticas que permiten a los ordenadores portátiles conectarse a la Red (wi-fi) no suponen riesgo alguno para la salud. En realidad esto ya se sabía. Ni las ondas de los sistemas wi-fi ni las de telefonía móvil suponen riesgos para la salud. Contra lo que dicen algunos, ningún estudio científico ha permitido concluir lo contrario. Como señalaba el divulgador científico Bob Parks, es cierto que los teléfonos móviles son muy peligrosos: lo son cuando distraen a la gente mientras manejan masas de metal y polímeros que pueden desplazarse a más de 100 millas por hora.

Los dos asuntos, el relativo a las patatas Amflora y el de las ondas wi-fi en las aulas, han sido materia informativa recientemente. Ambos dan cuenta de un mismo, y muy preocupante, fenómeno: el del creciente cuestionamiento social de los logros que ha alcanzado el desarrollo científico y tecnológico. Cada vez tienen más eco los movimientos que, esgrimiendo supuestas razones de salud, ecológicas o de otra naturaleza, se oponen a la adopción de bienes y tecnologías desarrolladas gracias al conocimiento científico. Estos movimientos vienen acompañados, además, por la proliferación de actitudes anticientíficas en otros ámbitos y por la emergencia o mantenimiento en el tiempo de formas de pensamiento mágico impropias de la época en que vivimos.

En Estados Unidos, el creacionismo, esa corriente de pensamiento que opone una interpretación literal del Génesis al darwinismo, da la batalla a las ciencias de la vida, incluso en el terreno judicial. En Europa, y muy en especial en Gran Bretaña, a la oposición generalizada a los transgénicos se suma una fuerte corriente a favor de los llamados alimentos 'orgánicos'. Se da la paradoja de que nunca en nuestra historia como especie nos habíamos alimentado con tanta calidad y seguridad como ahora, y es ahora cuando más se cuestionan las bondades de los alimentos convencionales.

En varios países de Europa existe una aceptación muy amplia del uso de remedios homeopáticos como práctica médica. Sí, los productos homeopáticos pueden curar o aliviar algunos males; lo hacen en el mismo grado en que lo hace cualquier otro placebo, ni más ni menos. Esto es lo único que se puede afirmar a día de hoy con un mínimo rigor.

Los anteriores son sólo unos ejemplos. Hay más. Ese cuestionamiento de la ciencia, de la tecnología y de sus productos es, en realidad, la manifestación de un movimiento antimoderno de hondas raíces ideológicas, y que ha encontrado un caldo de cultivo intelectual en las diferentes corrientes de pensamiento 'postmoderno' que tuvieron gran predicamento en las últimas décadas del pasado siglo.

La ciencia, tal y como la entendemos hoy, nació al calor del optimismo ideológico e intelectual de la Ilustración. El Estado liberal moderno del que disfrutamos, el que consagra las libertades de los ciudadanos y la separación de poderes, es hijo, como la ciencia, de aquel movimiento. Tienen las mismas bases: la duda, la libertad, la tolerancia y el optimismo. Y comparten también los mismos enemigos: los prejuicios, la intolerancia, el dogmatismo y el pesimismo. Históricamente, en los países democráticos ha florecido el conocimiento y la ciencia; una parte sustancial de su desarrollo se ha basado en ello. En las sociedades cerradas propias de los regímenes autoritarios ha ocurrido lo contrario.

Debemos ser rigurosos en la defensa del valor y los principios de la ciencia. Porque si se cuestionan la ciencia y sus principios, y se pone en duda el valor de sus productos, son los cimientos de nuestra sociedad los que se ponen en cuestión. No debemos engañarnos a este respecto: es el bienestar futuro lo que está en juego, tanto en sus aspectos materiales como en su vertiente política e intelectual. En ninguna parte está escrito que las sociedades tengan necesariamente que avanzar siempre, o que el desarrollo de la ciencia y del conocimiento no tenga vuelta atrás. A fin de cuentas, algo similar les ha sucedido a algunas sociedades a lo largo de la historia. Conviene no olvidarlo.

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