

Secciones
Servicios
Destacamos
Edición
LUIS LÓPEZ |
Domingo, 28 de marzo 2010, 13:20
Uno de cada tres vascos ha pagado alguna vez por tener sexo, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Para eso están las 1.820 prostitutas que trabajan en Euskadi. El 85% son extranjeras y más de la mitad venden su carne para mantener a sus hijos. La mayoría, 1.199, se ofrece en alguno de los 77 'puticlubs' de la comunidad autónoma, a donde principalmente acuden cuadrillas de farra nocturna. Otras 570 mujeres prestan servicios en los 211 pisos que se distribuyen por las capitales; aquí, los clientes llegan porque buscan discreción o prácticas sexuales 'especiales'. Por último, en la calle trabajan menos de cien mujeres en el País Vasco. A ellas, la necesidad les obliga a tragar con casi todo.
La radiografía es de Emakunde. Pero los datos hay que tomarlos con precaución porque el sector está cubierto por una densa costra de misterio. Y eso que, según estimaciones del Gobierno central, mueve 18.000 millones de euros al año en España y en él se emplean alrededor de 400.000 meretrices. Una figura incómoda que se mueve en un limbo de alegalidad. Pero de manera periódica se hacen visibles. Eso ocurre ahora: por la polémica de los macroprostíbulos proyectados en Cataluña, por el tiroteo de hace unas semanas en Barcelona -donde dos mossos d'esquadra fueron heridos- y por las protestas de los vecinos de los bilbaínos barrios de Miribilla, Saralegi y San Francisco. De hecho, el Ayuntamiento de la capital vizcaína ha anunciado una normativa para prohibir la prostitución callejera a partir de septiembre; el miércoles empezará a tramitarse una ordenanza que prevé sanciones para clientes y prostitutas de hasta 3.000 euros.
«Nadie se acuerda de ellas más que cuando molestan», resume Marian Arias, psicóloga y coordinadora de la asociación Askabide, cuyo objetivo es asistir en distintos ámbitos a las mujeres que se prostituyen en Euskadi. «Hay un vacío legal impresionante y una doble moral escandalosa». Lo de la moral se mueve por sendas inescrutables. Pero ¿qué pasa con lo legal?
En pisos y clubes
El Código Penal contempla la profesión más vieja del mundo, pero sólo para penalizar el proxenetismo y la explotación ilegal de personas. También la utilización de menores. El ejercicio consentido de la prostitución no es ilegal. O sea, es legal. Pero no está regulado. Así que el asunto se debate sólo cuando la actividad genera protestas vecinales. Y son los Ayuntamientos quienes lo hacen por medio de ordenanzas.
Según Askabide, en Euskadi sólo el Consistorio bilbaíno dispone de una norma en esta materia: procede del año 1999 y tiene carácter urbanístico. Surgió en respuesta a una protesta de los vecinos de la calle General Concha y, entre otros asuntos, establece que debe haber una distancia mínima de 500 metros entre dos clubes de alterne.
Ahora, la capital de Vizcaya está inmersa en otra regulación que pretende prohibir el negocio del sexo en la calle por ocupar espacios públicos para actividades económicas privadas. ¿Por qué no ocurre esto mismo en San Sebastián y Vitoria? Porque en Guipúzcoa no hay prostitución callejera y porque en la capital alavesa se lleva a cabo en las rotondas de las afueras de la ciudad y allí no hay vecinos que se quejen.
Al margen de todo lo anterior, hay un debate latente: la regulación de la prostitución como actividad económica. Es decir, contemplar a las trabajadoras del sexo como autónomas que pagan impuestos y Seguridad Social. Sobre este asunto hay dos percepciones diferentes dentro del mundo del comercio carnal. De un lado, los dueños de locales de alterne, agrupados en la asociación nacional Anela, piden que se regule. Alegan que esto les daría más seguridad jurídica a ellos y que el Estado ingresaría buenos impuestos. La regulación implicaría que sólo se podría ejercer la prostitución en locales específicos para ello. Es decir, en sus clubes de alterne.
Del otro lado están buena parte de las mujeres que se dedican a la prostitución en pisos. Ellas rechazan la legalización: en primer lugar, creen que con una regulación los dueños de 'puticlubs' se harían con el monopolio del negocio, porque sólo en sus locales estaría permitido trabajar. Y, por otra parte, no quieren que en su historia laboral aparezca dentro de unos años una profesión que siempre tiene carácter temporal y a menudo vergonzante. Además, tendrían que pagar impuestos.
Por supuesto, todas estas maneras de ver las cosas tienen cara. Aunque sea oculta. EL CORREO ha contactado con varias personas relacionadas con esta actividad, que relatan sus experiencias.
Pandora
«Aquí trabajan mujeres a espaldas de sus maridos»
Pandora no quiere dar su nombre real. Tiene 50 años, ya es abuela y regenta un negocio peculiar. «Nuestro fuerte es el masaje sensitivo». Utiliza un lenguaje original. Las 'masajistas' trabajan por horas. Unas llegan por la mañana y otras por la tarde. En total, son unas ocho. «La cifra varía mucho. Aquí vienen mujeres un par de horas, cuando pueden y sin que sepan nada los maridos. Luego se van a por los niños... Aquí no hay prostitutas, hay madres coraje». Porque la mayoría tiene como única pretensión «sacar adelante a sus hijos. Su otra alternativa es fregar escaleras por once euros la hora».
En los papeles, el negocio de Pandora aparece como salón de belleza. Hay jacuzzi, baño corporal... Ella paga impuestos y asegura que a sus chicas les ofrece contrato como autónomas. «Pero la mayoría no quiere para no pagar impuestos o para que no les quiten ayudas sociales». Las chicas se quedan con el 50% de cada servicio y ella con el otro 50%. ¿Acaso no es esto proxenetismo? «No. Las chicas se meten en las cabinas con el cliente para darle un masaje. Cómo termine la cosa es asunto suyo. Cada cual es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo». Una empresa especializada les surte de preservativos, sábanas, toallas... «Después de cada servicio todo se cambia».
Rosaura e Izaskun
«Deseo ahorrar y abrir una peluquería en Colombia»
Las historias de Rosaura e Izaskun son totalmente opuestas. Una es colombiana, y otra, vasca. Una detesta su trabajo y otra parece contenta con él. Una quiere ayudar a su familia, y otra, costearse un tren de vida que la suya no se puede permitir. Las dos trabajan en pisos de Bilbao.
Rosaura lleva tres años en «la mala vida». Estuvo en Alemania, rodó por varios clubs de ciudades españolas y ahora trabaja más tranquila. «Aquí no hay que soportar todo lo malo de la noche, el humo, el licor, las luces... Estamos cuatro chicas que nos llevamos muy bien, tenemos muchos clientes fijos». Lo de legalizar su situación como prostituta le suena raro. «Yo no quiero esta vida. No me queda otro remedio y lo hago. Pero sólo quiero ahorrar. Soy esteticién y en cuanto ahorre voy a poner una peluquería en Colombia». Ya ha pagado la deuda con quien le costeó el 'pasaje', «12.000 euros, aunque al final tuve que pagar casi 20.000». Parte de sus ingresos, que prefiere no revelar, se los envía a su familia. «Ellos no hacen preguntas. Pero se imaginan a qué me dedico».
Lo de Izaskun no tiene nada que ver. Es de Santurtzi y estudió Derecho. No le sirvió para lograr un trabajo como el que ella soñaba y durante unos meses se dedicó a la hostelería. Hasta que un anuncio en el periódico donde buscaban «chicas liberales de buena presencia para club» le cambió la vida. Durante un tiempo compatibilizó la hostelería y la prostitución. Pero pronto se dio cuenta de que lo más lucrativo era lo que menos duro se le hacía. «¿Volver al restaurante? ¿Estás loco? Con lo tranquila que estoy aquí y con lo bien que se gana».
Ni sus amigos ni su familia saben nada. Oficialmente, cuida a un anciano por la tarde, cuando sus hijos están trabajando. Los fines de semana se tiene que quedar las 24 horas con el señor, porque la familia se va de excursión. «¡Esto sí que es tener una doble vida!». Suelta una carcajada. Pero luego se pone seria. «La verdad es que yo tengo suerte. Y lo llevo bien. Pero esta vida, para la mayoría, es muy puta».
Propietario de club de alterne
«Somos los que tenemos que aguantar las redadas»
J.M.C. vive en Vitoria y es el propietario de un club de alterne en la muga entre Álava y Navarra. Antes era constructor, pero hace 16 años, cuando llevó a cabo la reforma de un puticlub, vio «la cantidad de dinero que se movía, el constante entrar y salir de gente, y lo bien que estaban las chicas». Así que decidió establecerse por su cuenta. Como en todos estos negocios, funciona legalmente como hotel y pub. «Cobro 40 euros al día a cada chica por pensión completa. Ellas son huéspedes, no trabajadoras mías. Entran y salen cuando les viene en gana». Asegura que no cobra ninguna comisión por cada servicio de las chicas porque «sería ilegal». Además, niega que, al menos en su local, operen mafias y que las prostitutas sean forzadas a trabajar un número de horas determinado, como sí ocurre en muchos otros establecimientos.
En sus buenos tiempos llegó a tener cuarenta chicas 'alojadas'. Ahora, sólo 18. «A nosotros también nos afecta la crisis. Y a los que tenemos clubs de carretera también el carnet por puntos: mucha gente deja de acercarse porque aquí nadie viene a tomarse un Kas o un agua». J.M.C. es el portavoz de Anela en la zona norte y defiende que se regule la prostitución. «Las mafias trabajan en los pisos y en la calle. Son esas que llevan a las chicas en furgonetas y las van dejando en las rotondas. En estos sitios no hay control. Pero somos nosotros, quienes pagamos impuestos y funcionamos bien, los que tenemos redadas cada poco, porque nuestros locales son públicos».
Buena parte de las chicas que tenía en el pasado se han establecido en pisos. Se juntan tres o cuatro y se ponen por su cuenta. «Para quienes son inmigrantes ilegales es mejor, están más tranquilas sin redadas».
-A los empresarios de clubs se les acusa de que pidiendo la regulación lo único que buscan es monopolizar el negocio.
-Es cierto que nos quitaríamos la competencia. Pero, en todo caso, es competencia ilegal. Nosotros pagamos impuestos.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Recomendaciones para ti
Favoritos de los suscriptores
Noticias recomendadas
Batalla campal en Rekalde antes del desalojo del gaztetxe
Silvia Cantera y David S. Olabarri
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.