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CARLOS BENITO
Lunes, 4 de noviembre 2013, 10:11
Los protagonistas de estas imágenes son luchadores. Solo tienen sus guantes y un cuerpo que no suele responderles del todo bien para enfrentarse a un adversario dañino, despiadado y propenso al juego sucio: todos ellos sufren párkinson, el trastorno neurodegenerativo que se va adueñando de sus músculos, de su equilibrio e incluso, en los casos más graves, de su capacidad para hablar y comprender. Cualquiera diría que poco pueden hacer los ganchos y los 'crochets' contra un enemigo de este talante, pero los participantes en el programa Rock Steady Boxing han comprobado que las rutinas de entrenamiento del boxeo les permiten moderar los síntomas. El párkinson sigue ahí, entregado a su labor concienzuda de demolición de un ser humano, pero los puñetazos lo mantienen a raya.
El programa Rock Steady nació hace siete años en Indianápolis. Un fiscal, a quien le habían diagnosticado la enfermedad con 40 años, se dio cuenta de que las clases de boxeo estaban mejorando de forma asombrosa el control de sus extremidades y le permitían moverse con más agilidad. Abrió un modesto gimnasio, provisto de 'ring', y fundó esta organización a la que actualmente están afiliados quince clubes de Estados Unidos y uno de Australia. Las fotografías de este artículo corresponden al de Costa Mesa, en California, que la entrenadora personal Anne Adams ha puesto en marcha este mismo año. Ella descubrió Rock Steady a través de la experiencia de su padre, un enfermo de párkinson que revivió cuando empezó a frecuentar el gimnasio de Indianápolis: «Literalmente me devolvieron a mi padre. Vi cómo recuperaba la confianza y la sonrisa de antaño, como reaparecía el atleta que había sido. El entrenamiento ha mejorado su calidad de vida, física y mentalmente: en clase se ríe hasta quedarse sin aliento y entrena duro, y ya no necesita la silla de ruedas ni el andador. Después de verle haciendo sus ejercicios, lo último que se me pasa por la cabeza es que necesite compasión», relata a este periódico.
En los entrenamientos, graduados en función del avance de la enfermedad, ocupan un lugar central los grandes clásicos del boxeo, como la cuerda de saltar, el saco, el 'punching ball' o las sesiones de manoplas en el cuadrilátero. Los responsables del proyecto explican que las rutinas de este deporte, que ejercitan las cuatro extremidades y los reflejos hasta potenciar la «memoria muscular», logran incrementar el nivel de dopamina en el cerebro de los pacientes y mejoran su autonomía personal. Además, resultan la mar de divertidas y dan lugar a una «cultura del optimismo», que devuelve a los inesperados púgiles el gusto por la vida. «Aquí tenemos premios diarios: ver cómo alguien sube al 'ring' por primera vez, ver cómo esos cuerpos rechazan el 'no' por respuesta y van ganando fuerza y conocimiento, ver cómo los parientes de nuestros atletas se reencuentran con la persona que pensaban que físicamente ya no estaba allí... ¡Tengo el mejor trabajo del mundo!», resume Anne Adams.
La ilusión de Dan
En sus clases no faltan las personas golpeadas en la flor de la vida. Entre los protagonistas de nuestra galería tenemos, por ejemplo, a Jennifer Parkinson: comparte apellido con la enfermedad que le diagnosticaron a los 32 años, en un cataclismo biográfico que acabó costándole su empleo de enfermera y su matrimonio. O a Rick Deming, un pastor protestante que arrastra la enfermedad desde los 40. Pero las miradas se van de manera casi inevitable hacia el hombre de la foto grande, Dan Cathcart, que sirve como demostración práctica de que se puede inspirar ternura con unos aparatosos guantes de boxeo. «Dan ha encontrado su sitio en el 'ring'. Se le ilumina la cara mientras golpea las manoplas y los sacos y hace reír a los compañeros con su sentido del humor», elogia la monitora a este abogado, que a lo largo de su carrera se especializó en representar a víctimas de accidentes aéreos.
Dos veces a la semana, la esposa y la hija de Dan tienen que emprender un viaje de tres horas para acompañarlo al gimnasio de Costa Mesa, pero dan por bien empleados el tiempo y el esfuerzo. «Mi padre cumple 81 la semana que viene y lleva 14 años con párkinson explica desde California la hija, Jan. Empezó con las clases en septiembre y su progreso ha sido extraordinario. Mi madre solía quejarse de que arrastraba los pies, pero ahora camina de manera normal, levantando los pies igual que tú y que yo, sin siquiera pensar en ello. Está mentalmente alerta y físicamente más fuerte. Cuando salimos de la clase, se le ve sudoroso y sin resuello, pero solo habla de lo bien que lo ha pasado. Me da ganas de sonreír y llorar a la vez».
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