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LORENA GIL
Martes, 11 de diciembre 2012, 19:42
11 de diciembre de 1987. Son las seis de la mañana y Zaragoza permanece dormida. Un vehículo se detiene «a dos metros» de la verja que da acceso al cuartel de la Guardia Civil. «Perdone, pero ahí no se puede parar», le indican dos agentes desde el interior del recinto. Una persona se baja del Renault 18 y «echa a correr». De repente, empieza a salir humo del coche. «¡Es una bomba!», advierten. Pascual Grasa persigue al conductor, que se sube a otro vehículo y logra escapar. Su compañero, Jesús Cisneros, intenta avisar al equipo de desactivación de explosivos. «No dio tiempo», evoca Pascual.
El coche, cargado con 250 kilos de amonal, hace explosión, derribando de forma instantánea los cuatro pisos del edificio. En el cuartel vivían cuarenta familias de guardia civiles. En total, 180 personas, así como unos cuarenta estudiantes procedentes de toda España, algunos de los cuales preparaban su ingreso en la Academia. ETA perpetró una nueva masacre tan solo seis meses después del brutal atentado contra Hipercor, en Barcelona, donde perecieron 21 ciudadanos. La banda acabó aquel 11 de diciembre con la vida de once personas: tres agentes y ocho civiles, cinco de ellas niñas de entre 3 y 14 años. Otras 88 resultaron heridas.
«Fue una acción muy calculada y muy cruel; fueron a matar y no tuvieron compasión de nadie», describe Pascual Grasa. Tenía 32 años cuando la organización terrorista le dejó marcado para siempre. La onda expansiva le lanzó «a quince metros». Quedó inconsciente. Las dos piernas fracturadas y múltiples heridas de metralla, que le llevaron a pasar por diferentes intervenciones quirúrgicas. Hace apenas dos años le retiraron parte de la metralla del pómulo derecho.
«Fui consciente de lo que iba a ocurrir y me resigné a morir», reconoce al echar la vista atrás. Pascual sobrevivió al atentado, aunque con importantes secuelas físicas y psicológicas. «Tuve que volver a aprender a andar». Durante mucho tiempo se sobresaltaba cuando caminaba junto a un coche que está mal aparcado. «Me tenía que decir: Pasa, que no va a volver a ocurrir», relata. «Lo primero que te viene a la mente es ese pánico». Como consecuencia de la acción terrorista, le tramitaron un expediente en el que le declararon «retirado». «Ya no era útil para el puesto; me dio tanta pena...», afirma.
Pascual se enteró en el hospital de la magnitud del atentado. «Me quedé frío». Tres de sus compañeros perecieron bajo los escombros. «En un principio no me lo creía, pensaba que volvería a verlos, pero no fue así», comparte. Grasa se implicó en prestar a apoyo a las víctimas del terrorismo y en la actualidad es vocal de la AVT. Ante el cese decretado por ETA lo tiene claro. «Quiero la paz, pero no que el terrorismo quede como un mal menor. No puede haber impunidad ni se debe camuflar el daño causado», sostiene.
El responsable de la masacre de Zaragoza fue el comando Argala, un grupo itinerante compuesto por ciudadanos franceses que regresaban al país galo tras cometer los atentados. Se mantuvo activo entre 1978 y 1990.
Josu Ternera, el inductor
La dirección de ETA, que en aquel momento ostentaba el colectivo Artapalo, estaba formada por Francisco Mujika Garmendia, Pakito; Joseba Arregi Erostarbe, Fitipaldi, y Josu Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera. La orden de colocar el coche bomba en la casa cuartel de la capital aragonesa llegó de la mano de este último. Mientras que la ejecución corrió a cargo de Henri Parot, su hermano Jean Parot, Jacques Esnal y Frederic Harambourne. Tanto los autores intelectuales como los materiales fueron detenidos y sentenciados, en Francia y en España, a penas que oscilan entre los más de 2.000 años de prisión y la cadena perpetua. Todos ellos, menos Josu Ternera. «Yo fui al juicio señala Pascual. No quise mirar a quien no tuvo compasión conmigo ni con las familias inocentes que vivían en el edificio», asegura.
Condenado en Francia a diez años de cárcel, Urrutikoetxea fue extraditado a España en 1996, donde tras tres años en espera de juicio, el Tribunal Supremo decretó su puesta en libertad. La Fiscalía y la Asociación Víctimas del Terrorismo recurrieron esta decisión y Josu Ternera volvió a ser imputado como inductor del atentado de Zaragoza, pero no compareció ante el juez. Era noviembre de 2002 y el que fuera jefe del aparato político de ETA tenía entonces el acta de parlamentario vasco por Sozialista Abertzaleak llegó incluso a ser miembro de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Vitoria. En la actualidad se encuentra en paradero desconocido.
Francisco José Alcaraz no da crédito a la «impunidad en la que sigue viviendo Josu Ternera». «No hay voluntad política para hacer justicia. El propio Jesús Eguiguren presidente del PSE dijo que se había reunido con él y el Gobierno socialista no ha hecho nada», censura. «Cambiaría todo solo por esa justicia». Alcaraz perdió a su hermano Pedro Ángel, de 17 años, y a sus sobrinas Esther y Miriam, gemelas de 3 años. Mientras que su hermana y su cuñado Juan José Barrera, miembro del equipo de desactivación de explosivos, padres de las pequeñas, resultaron heridos. ETA «destrozó a toda la familia».
José, como se refieren a él en su círculo cercano, evocó en su libro Una rebelión cívica, publicado en 2007, el terrible viaje desde su domicilio en Torredonjimeno (Jaén) hasta Zaragoza después de conocer la terrible noticia del atentado, y sin saber si sus familiares estarían entre las víctimas mortales. «Salimos casi de inmediato, en cuatro coches. Yo viajaba con mi padre y con una de mis hermanas. En el camino, tuvimos que parar a llenar el depósito y aprovechamos para entrar en el aseo de uno de los bares de la carretera.
En la televisión estaban dando más noticias y recuerdo que dijeron que habían muerto dos niñas gemelas. Mis sobrinas. Recuerdo aquella televisión, pero no consigo acordarme de quién había entrado conmigo en aquel bar. Solo sé que decidimos no decírselo a los demás y no poner la radio, decidimos tragarnos la pena y ocultar aquella noticia hasta que llegáramos. Tuve que aguantarme las lágrimas cuando mi madre me preguntó si sabía algo más. Todavía no, le dije, reprimiendo la tentación de derrumbarme».
Alcaraz, que entonces contaba 19 años recién cumplidos, no puede evitar emocionarse al rememorar aquellos momentos. «Para nosotros no han pasado 25 años, es como si hubiese ocurrido ayer», asegura. Los bomberos buscaron supervivientes entre los escombros de la casa cuartel durante toda la noche. A la una de la tarde del día siguiente localizaron el cuerpo sin vida de una de las gemelas y casi a las dos, se hallaron los últimos dos cadáveres. Fueron los de Ángel Alcaraz y María Dolores Franco.
Los funerales por las 11 víctimas se celebraron al día siguiente en la Basílica del Pilar y estuvieron presididos por el entonces jefe del Ejecutivo de Aragón, Hipólito Gómez de las Roces, y los ministros de Defensa e Interior, Narcís Serra y José Barrionuevo, respectivamente. A pesar de que ningún periodista entró en la iglesia, los féretros blancos de las dos niñas de tres años, sobrinas de José, coparon al día siguiente las portadas de la mayoría de los diarios, causando una repulsa masiva hacia ETA. El domingo, 13 de diciembre, en una jornada fría y lluviosa, más de 200.000 personas se manifestaron por las calles de la capital aragonesa para condenar la acción de ETA y apoyar a las víctimas, bajo el lema: Zaragoza, por la paz y contra el terrorismo. Fue la marcha más numerosa celebrada hasta la fecha en la ciudad.
José Alcaraz agradece el apoyo social que las víctimas y sus familiares recibieron aquellos días. No así la actitud del Gobierno, en manos entonces del socialista Felipe González. «De nada sirve el pésame, el ramo de flores y la compensación económica cuando todo ello va acompañado de una negociación con la banda terrorista», reprocha. El ministro del Interior en aquella época, José Barrionuevo, reconoció años después que en los meses previos y posteriores al atentado de Zaragoza, el Ejecutivo central acudió a varias reunines negociadoras con ETA en Francia. El Gabinete de González mantenía abierta una ronda preparatoria con la banda terrorista en Argelia, que se plasmaría en 1989 en las denominadas Conversaciones de Argel.
Parque de la Esperanza
Conocer aquella información le dolió especialmente a Alcaraz. Ahora, teme que el dramático capítulo de ETA se cierre en falso, sin justicia. «Ha conseguido tanto con solo decir que dejaba de matar... Ha doblegado la voluntad de los ciudadanos», lamenta. Expresidente de la AVT cargo que ocupó entre junio de 2004 y abril de 2008 y actual líder del colectivo Voces contra el Terrorismo, tiene claro que es necesario «mantener viva la memoria de lo que ha ocurrido en este país». Hace un año, un hombre se le acercó y le dijo: «¿Por qué no lo olvidáis ya? Ha pasado mucho tiempo». «Esas palabras afirma Alcaraz demuestran que ese señor no había entendido nada». José no ha regresado al lugar del atentado. Lo intentó en una ocasión y le dio «un ataque de ansiedad». «No volví», revela.
Zaragoza recuerda cada año a las víctimas del atentado contra la casa cuartel. También lo hará hoy, cuando se cumplen nada menos que 25 años de la barbarie. En el espacio que ocupaba el acuartelamiento, totalmente derruido, se construyó un espacio de ocio, que se bautizó en 1991 como el Parque de la Esperanza. En el mismo se inauguró el conjunto escultórico Monumento a los niños, que representan a las víctimas más jóvenes de la masacre.
En la ofrenda floral que se celebró en 2007 con motivo del 20 aniversario, Pascual Grasa pronunció unas palabras ante los asistentes al acto: «Aquel triste día parece muy lejano, pero el recuerdo de las víctimas permanece en nuestros corazones». Este año volverá al parque para honrar la memoria de las once personas a la que ETA arrebató aquella mañana de diciembre la vida, cuyos nombres y apellidos figuran grabados en un monolito ubicado a la entrada del recinto. Once ataúdes, cinco de ellos de color blanco.
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