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LUISA IDOATE
Miércoles, 27 de junio 2012, 21:08
Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos estos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir». Es el monólogo final de Roy Batty en 'Blade Runner' (1982) la película que Ridley Scott estrenó hace treinta años con un total fracaso de taquilla y hoy es un icono de la ciencia ficción. El conmovedor soliloquio, interpretado por Rutger Hauer, fue idea del actor: «Le dije a Ridley: Si las pilas se gastan, el tipo también. No tiene tiempo para decir adiós, solo para hablar de todo lo que ha visto. La vida es corta. ¡Bum!» Interpretó la escena como una caza al hombre, «un juego siniestro» con el que un androide se despide de la vida, la misma que perdona a su enemigo.
¿Qué responsabilidad tiene el creador con su criatura? Es el interrogante que plantea Ridley Scott en la película basada en la novela de Philip K Dick '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?' (1968). Un filme que discurre en un futuro próximo, tan plausible como aterrador. Los Ángeles, 2019: un detective da caza a cuatro Nexus-6, amotinados y huidos de una colonia exterior. Son androides. Inteligentes, atléticos, astutos, rápidos y peligrosos. Con recuerdos implantados y fecha de caducidad. Solo viven cuatro años; lo saben. Quieren más. Se lo exigen a Eldon Tyrell, su inventor. Así enfrenta el realizador británico al 'padre' con el 'hijo' que le reclama más vida.
Es un tema recurrente de la ciencia ficción. Lo abordó James Whale en 'Frankenstein', filme basado en la novela de Mary Shelley. También lo analizó Steven Spielberg en 'Inteligencia artificial', adaptación de 'Los superjuguetes duran todo el verano', de Brian Aldiss. Y Chris Columbus lo plantea en 'El hombre bicentenario', visión cinematográfica del relato Isaac Asimov. Son historias de futuro con la misma pregunta: ¿qué derechos tiene un ser inteligente artificial?
Inicialmente 'Blade Runner' no contentó a nadie. A Dick, el escritor de la contracultura californiana experto en falsas identidades, mundos paranoides y realidades alternativas, la gente del cine le daba «dentera». El autor de 'El hombre en el castillo' , 'Podemos recordarlo todo por usted' y 'Fluyan mis lágrimas, dijo el policía', no confiaba en que Scott adaptase bien su historia. Aunque cedió los derechos de la novela por 2.000 dólares, recelaba de esa «tribu» que tenía «costumbres desconcertantes».
Para limar asperezas, Scott le invita a finales de 1981 a una proyección privada, con «lo más espectacular». Dick pide ver el pase de nuevo. Al encenderse las luces pregunta: «¿Cómo es posible?, ¿cómo puede ser? No son las mismas imágenes que vi en mi mente cuando escribía el libro, ¡pero tienen su misma textura y tono! ¡Todo el ambiente es tal y como lo había imaginado!» Scott recuerda aquello como «uno de los momentos más exitosos» de su carrera: «Dick se alejó deslumbrado». El autor no ve el estreno de la película; muere en marzo de 1982.
Burroughs y clones
Tecnológica y deshumanizada, contaminada y atestada de gente. Así es la ciudad de 'Blade Runner', que resultó creíble en 1982 y, en 2012, lo sigue siendo. Dicen que ahí radica su éxito. En mezclar pasado y futuro. Asiáticos, punkis, 'hare krishnas', bailarinas eróticas. Deshechos, lluvia ácida, publicidad omnipresente e invasiva, ciudadanos hipercomunicados. En la urbe abrumadora y desmedida de Scott, hay mucho de la 'Metrópolis' de Fritz Lang. Son Nueva York y Los Ángeles, que crecen hasta fusionarse y que lucen los luminosos de Times Square, el barullo de Picadilly Circus y el exclusivo barrio tokyota de Ginza.
Scott concibió la película como un homenaje al cine negro de los años 40, protagonizada por «un detective como Sam Spade, que sigue una corazonada hasta el final». El término 'blade runner' es el título de una novela de Williams Burroughs, que lo cedió por poco dinero porque «admiraba a Dick». Daba un toque futurista al oficio de Deckard, personaje que interpreta Harrison Ford, un detective encargado de 'retirar' a unos androides llamados 'replicantes', una palabra ideada por Risa, la hija del guionista David Peoples, que entonces trabajaba en microbiología y bioquímica. «Le dije que Ridley odiaba hablar de 'androides' y me contestó: ¿Has oído hablar de la replicación? Es el proceso por el que se duplican las células para la clonación». Le gustó, y lo incorporó al guión.
«¡Te estás pasando!», le reprochaba Ford a Scott, que exigía repetir las tomas docenas de veces. El realizador admite que «descuidó al actor», necesitado de referencias para interpretar al cazador enamorado de su presa. Ella es Rachael, una replicante de última generación, sofisticada y hermosa, protagonizada por Sean Young. La actriz se ajustaba a los requisitos de Scott. «Quería una morena. Tenía que ser muy fresca. Perfecta, más bien. Como recién salida de la fábrica de replicantes». Aunque se amen en pantalla, no hubo química entre la pareja; a Ford le caía mal Young.
Los exteriores se grabaron en los estudios californianos de Burbank, reutilizando una vieja calle neoyorquina con forma de X, reconvertida en una urbe con cientos de millones de habitantes. Se forraron los edificios con neones publicitarios financiados por las propias marcas; el más famoso, el de la intimidatoria geisha que toma una pastilla y vigila al espectador. El apartamento de Deckard está en la casa 'Ennis Brown', del arquitecto Frank Lloyd Whright, con inscripciones mayas en la entrada. Se accede a ella por un túnel que, en realidad, existe en la calle Dos de Los Ángeles -entre Hill y Figeroa-, y tiene baldosas brillantes de cerámica.
Al guionista Hampton Francher no le agradaba filmar el apartamento del diseñador genético J. F. Sebastian en el edificio Bradbuy, en Los Ángeles. Dijo que todos los norteamericanos conocían esa casa de 1893, utilizada «en un montón de películas», que salía cada semana en alguna teleserie. «Scott me miró y dijo: 'No como voy a rodarlo yo'». Le pareció «increíblemente arrogante», pero, al ver la película terminada, reconoció: «¡Nadie ha visto nunca al Bradbury de este modo!»
La sombra de Hopper
A veces, en el diseño está lo que se quiere decir, defendía el director. Por eso restregó por la cara a su equipo, una y otra vez, el cuadro 'Nighthawks', de Edwar Hopper. «Me pasé todo el tiempo poniéndolo ante sus narices para ilustrar el aspecto y el ambiente que quería crear en la película». Y lo recreó en el bar de los tallarines, donde come Deckard acodado en la barra atestada de gente solitaria. Son los halcones de la noche.
El diseño y el detalle definen 'Blade Runner', y marcan un antes y un después en la ciencia ficción. Scott peleó sin concesiones para construir una ciudad del futuro «auténtica y no especulativa», que causase en el espectador la misma sorpresa que un viaje a una gran urbe de 1960. Aunque le hubiera gustado, renunció a incluir el edificio Chrysler de Nueva York, que le fascina, porque el rodaje se hizo en Los Ángeles. Pero recreó su estilo 'art decó' en la comisaría de policía que filmó en la Union Station, donde construyó el despacho del capitán Bryant junto al lavabo de señoras.
«Rodar una película es como ir a la guerra», afirmaba. 'Blade Runner' es buen ejemplo. Se realizaron cinco versiones diferentes. La inicial carecía de 'voz en off' y terminaba con Rachael y Deckard huyendo en el ascensor, con un unicornio de estaño en la mano. Pero, en los preestrenos, el público no entendía nada; salía desconcertado. Los productores, garantes de los 28 millones de dólares invertidos, exigieron cambios «porque había partes confusas en la trama».
Scott se revolvió: «En eso consiste ver la puta película. ¡Para descubrir de qué va!» De nada sirvieron sus protestas. «Para entonces yo estaba perdiendo la perspectiva, así que incluimos la narración, no para dar ese tono de poesía callejera que buscábamos, sino para explicar cosas, lo que acabó resultando ridículo». También incorporaron el 'final feliz', con metraje descartado por Stanley Kubrick en 'El resplandor'.
El público tampoco responde a la nueva proyección de San Diego, por lo que, en la versión internacional, se incluyen catorce minutos de violencia extra; y luego se eliminan en el estreno oficial de la película -el 25 junio de 1982- que incluye de nuevo la 'voz en off' y el 'final feliz', que Scott llamaba sarcásticamente 'cabalgando hacia el amanecer'. El fracaso de taquilla fue evidente. La crítica no tuvo piedad. Para Pauline Kael, del 'New Yorker', la narración de fondo resultaba «ridícula». El autor de ciencia ficción Brian Aldish habló de «machismo detectivesco» y «pretenciosos decorados». Y Phil Kloer, de 'Florida Times-Union', cuestionó los «personajes de carton piedra».
La reacción del público sorprendió a todos. En poco tiempo, el 'boca a boca' convirtió 'Blade Runner' en una película de culto; un 'más a más' que Scott jamás comprendió y alcanzó la cumbre con el estreno de la versión del director en 1992. Fue un ladrillo más en el creciente muro que conformaba la leyenda de 'Blade Runner', defiende Paul M. Sammon en 'Futuro en negro' (1996), el estudio más completo sobre el filme.
En su opinión, «la calidad, el diseño y las ideas» de la película «se propagaron como un virus benigno por el cuerpo de la cultura pop» y se convirtieron en «piedra angular» de un nuevo movimiento literario que reflejaba sus mismas preocupaciones sociotecnológicas. Se trata del ciberpunk, cuyo máximo exponente es William Gibson. De hecho, tanto él como Dick ambientan sus novelas en megalópolis de un futuro próximo, siniestro y decadente, y enfrentan a los marginados con poderosas y corruptas corporaciones.
El largometraje tiene muchos agujeros e incongruencias, debido a los continuos cambios. Fue ampliado, reducido, mutilado, reelaborado y remontado varias veces. Se perdió material. Cambió el audio. Desaparecieron personajes. La banda sonora de 1982, interpretada por la New American Orchestra, era sencilla y previsible; la de 1992 apabulla con la música desgarrada, melancólica, triste, tecnológica y desasosegante de Vángelis. A pesar de todo, Scott asegura que 'Blade Runner' es una lección para todo cineasta que no quiera 'bajarse del caballo'.
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