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JON URIARTE
Sábado, 5 de noviembre 2011, 19:02
Hay cifras que llevan números rojos aunque estén en negro. Según el Instituto Nacional de Estadística, para el año 2021 habrá casi ciento veinte mil habitantes menos en nuestra Comunidad Autónoma. Bizkaia, Gipuzkoa y Álava tendrán 118.320 paisanos menos. El mundo va a más. Nosotros a menos. Dicen que será, principalmente, por el descenso de nacimientos, aumento de la emigración a otras zonas por búsqueda de trabajo y regreso a lugares de origen. A nadie se le escapa que la crisis hace que los peones del ajedrez se muevan más de lo debido, pero no deberíamos pasar página tan rápido. Que se lo pregunten a los muchos lectores, y otras tantas lectoras, que tiene este diario en ese otro mundo llamado Diáspora. Porque una cosa son las cifras y otra, las vidas que hay tras ellas.
Nada descubro si les digo que la situación en nuestra tierra, habiendo empeorado mucho, es menos mala que en otras. Aunque no es consuelo. Tranquilos. No voy a hablar de economía. Maestros tiene la información salmón. Además, les supongo hasta el trigémino de erudiciones sobre economía. Les quiero hablar de otra cosa. Lo que supone ser emigrante. Me refiero, a quien lo es por cuestiones laborales. Las políticas merecen otro tiempo y diferente reflexión. Pero si usted, es o tiene a alguien con el síndrome del "chico del turrón", entenderán a qué me refiero. Porque a esos más de 100.000 vascos, nacidos o empadronados, que dejarán nuestra tierra, hay que sumar otros 100.000. Gentes que peleamos a fecha de hoy por la alubia en suelo ajeno. Porque, cuando te ha tocado ser uno de esos números, ves las cosas de otra manera. Por ejemplo,es raro que alguien obligado a trabajar y vivir fuera sea igual de intransigente con el inmigrante, que alguien que no conoce tal circunstancia. Porque para que haya un inmigrante, debe existir un emigrante. Para que alguien llegue aquí, habrá tenido que salir de allí. Es de cajón. Pero se nos olvida. A nadie le gusta irse de casa. Ni siquiera cuando en ella la vida no es vida. Siempre queda algo que nos hace mirar por el retrovisor de la nostalgia. Morriña que dicen en Galicia. Pero es lo que hay. Toca tener buzón lejos de donde pegaste la primera bocanada. Sí, ya sé que parte de la pérdida de habitantes responderá a una baja natalidad, y eso que el foráneo es más dado a la procreación que el nativo, pero sigue existiendo un emigrante laboral. Se le descubre fácilmente. Es ese o esa que llega a su capital o su pueblo de turno y busca furtivo el rincón añorado durante semanas, meses o años. Puede ser un paisaje, una calle de bares, una pastelería, la esquina en la que quedaba con la cuadrilla, la caramelera que le recuerda los años mozos o, simplemente, la lluvia que antes despreciaba y ahora añora.
Si usted conoce a alguien así, no le haga la típica gracia sobre asuntos identitarios, fidelidades deportivas o tendencias políticas. La gente no cambia porque cambie el entorno. Eso sería demasiado simple. Y la vida es mucho más compleja. Sobre todo, la nuestra. La de los emigrantes. Porque siempre estamos "como de paso". En una provisionalidad auto-impuesta que nos hace vivir en un permanente Limbo terrenal. Ni aquí, ni allí.-Es temporal. Hasta que salga algo en casa-proclamas a los cuatro vientos cada vez que visitas a los tuyos en navidades, veranos y fiestas varias. Pero la cosa sigue y se alarga. Y tú te dices que quizá el año que viene. O el próximo. -Como mucho, cinco años y regreso-te dices en voz alta, con más deseos que fe. Por eso, cuando hace unos días leí la previsión demográfica sobre nuestra tierra, imaginé las caras que estarán detrás. Quizá usted sea uno. O una. O alguien de los suyos. Si es así, bienvenidos al Club. No se está mal. Habiendo trabajo, toda tierra es llevadera. Nómadas fuimos y nómadas volvemos a ser. Porque el paraíso no existe. Y de existir, se lo han repartido entre cuatro.
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