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LORENZO SILVA
Miércoles, 13 de enero 2010, 04:08
Pues si van a cortar las descargas, ¿para qué queremos la banda ancha? Yo me doy de baja en cuanto saquen la ley». Así se expresaba en un foro de Internet, al día siguiente del anuncio de la nueva regulación sobre bloqueo con orden judicial de páginas web que vulneren los derechos de propiedad intelectual, un internauta que firmaba (adivinen) como Anónimo. Con su exabrupto, Anónimo vino a dar en el clavo. Primero, constató que esta vez, después de tanto remolonear y aun dejarse arredrar por la ruidosa algarabía de autoproclamados representantes del ciberinterés general, el Gobierno parece decidido, sin torpes criminalizaciones, a tomar medidas para hacer cumplir la ley. Una ley que otros pretendían derogar sin tener mayoría en el Parlamento, con el socorrido argumento de «no se puede poner puertas al campo». Por fortuna, la DGT decidió hace unos años ponerle puertas al campo, y gracias a eso este año 2.000 personas se han comido las uvas con su familia. Si se restituye el respeto a los derechos legítimos que genera la creación, en lugar de forzar su renuncia mediante el totalitario argumento de su saqueo impune, no sólo se logrará que algunas familias sigan comiendo, las uvas y algo más, sino que se restablecerá la lógica que permita al creador ser altruista, como muchos lo somos, también en Internet, desde hace bastantes más años de los que muchos de estos entusiastas de la colectivización obligatoria de los bienes ajenos llevan alborotando en la Red de redes.
Y atina también Anónimo al traer a colación la banda ancha. Porque, ¿cómo es que el Gobierno ha tardado tanto en decidirse, y por qué se decide ahora? Miremos la verdad con crudeza: en este país, donde la inquietud cultural no es la regla, el grueso de los internautas usa Internet como gigantesca herramienta de ocio, y eso ha nutrido un no menos gigantesco negocio para los intermediarios de toda clase que se han forrado moviendo la mercancía de otro y extrayendo su valor en exclusivo beneficio propio. Hasta ahora, las autoridades parecían rendidas a ese interés particular, defendido con consciente o inconsciente eficacia por los que equiparan la libertad de expresión a la de adueñarse de la expresión ajena.
Pero alguien ha debido decirle a quien corresponda que así no vamos a propiciar el cambio de modelo productivo que permita que el PIB se nutra, por ejemplo, de los millones de euros que ya generan los libros electrónicos en EE UU; una riqueza impensable hoy aquí, donde los libros son de libre expolio por cualquiera en sitios que sólo «expresan» el enlace que lleva al archivo pdf escaneado sin autorización.
La Red ya va siendo mayor de edad. Es hora de exigirle que empiece a asumir responsabilidades y se deje de rabietas.
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