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JOSÉ MARÍA ROMERA
Viernes, 20 de julio 2007, 13:57
Carne o pescado. Casarse o seguir soltero. Playa o montaña. Gasolina o diésel. La vida es una sucesión de pequeñas o grandes dudas. A cada instante hay que elegir entre dar un paso u otro, o en qué dirección hacerlo. Pero no siempre es sencillo, bien porque tenemos poca información, bien porque, entre las diversas alternativas en conflicto, todas tienen sus ventajas y sus pegas. Sin duda conviene reflexionar antes de actuar, pero suele ocurrir que, de tanto dar vueltas a las cosas, muchos quedan paralizados en la vacilación perpetua. Es como si esperasen que el mundo decidiera por ellos, o como si temieran asumir las consecuencias de sus actos pero deseando al mismo tiempo gozar de las consecuencias favorables de aquello que no se atreven a hacer.
A primera vista el indeciso se nos presenta como una persona inmadura, y tal vez lo sea. Crecer consiste, entre otras cosas, en adquirir el coraje para afrontar resueltamente los dilemas y las encrucijadas. Quienes se resisten a tomar decisiones desearían tener a su lado un consejero que las tomase por ellos, una especie de padre o maestro en quien descargar las responsabilidades inherentes a toda elección. Nostalgia del niño libre: deseo de permanecer en un estado de inocencia duradera donde no se vive el tormento de la duda porque libertad es todavía sinónimo de inacción. Añoranza pueril del paraíso-bazar en que todas las posibilidades permanecen expuestas al alcance de la mano sin excluirse las unas a las otras.
Aunque el miedo a equivocarse es razonable, e incluso forma parte de esa virtud que llamamos prudencia, en la gente a la que cuesta tomar decisiones no es ese el factor principal de su actitud. De hecho, los indecisos se equivocan con mucha más frecuencia que los echados para adelante. Pues suele pasar que, tras aplazar las acciones, llega un momento en que ya no es posible mantenerse en la confusión porque expiran los plazos impuestos por la realidad; y entonces el indeciso se ve obligado a tirar por la calle de enmedio de forma precipitada e irreflexiva, con lo cual acaba cometiendo mayores errores que le reafirman en su temor a tomar decisiones.
Estar preocupado por un problema no significa lo mismo que ocuparse de él. Cuando se quiere tener la seguridad absoluta de acertar lo que se pone en marcha no es tanto el pensamiento racional, lógico y equilibrado, como el pensamiento obsesivo. Este estilo de pensar lleva a fijar la atención sobre el objeto pero sin desmenuzarlo ni analizarlo: creándose la ilusión de estar penetrando en sus entrañas por el solo hecho de sentir que nos tiene preocupados, que nos crea malestar y desazón, que nos aturde con su presencia permanente. Contra lo que se suele pensar, las personas dubitativas no lo son porque se desentiendan o dediquen poco tiempo a aquello que les hace dudar. Son víctimas de una especie de perfeccionismo malsano en cuyas redes quedan atrapados e inmovilizados a fuerza de pensar demasiado, de pretender dar de antemano con la solución ideal de aquello sobre lo que dudan.
Decidir es renunciar
Paradójicamente, el indeciso crónico no es un individuo con las ideas confusas. En realidad, la mayoría de las veces sabe en el fondo qué decisión debe tomar, pero justamente por ello es consciente de que esa decisión conlleva una responsabilidad que se resiste a aceptar. Decidir es renunciar. Mientras permanecemos en el punto de salida, todos los caminos posibles se muestran a nuestros ojos, y en su contemplación disfrutamos de una sensación parecida al poder. Somos todopoderosos porque todavía somos dueños en potencia de todas las opciones. En el momento de tomar una dirección, el resto de presencias se desvanece. Ya no hay vuelta atrás. Querer a una sola mujer supone la renuncia a seducir a otras mujeres, cosa que muchos hombres inseguros no están dispuestos a admitir. Si nos matriculamos en una determinada carrera universitaria, eso quiere decir que se desvanecen definitivamente los sueños de ser a la vez un buen músico, un intrépido navegante, un hábil cirujano y un sesudo filósofo.
Ni que decir tiene que la indecisión va estrechamente relacionada con la resistencia al compromiso. Si se trata de elegir entre la adquisición de una camisa blanca y otra a rayas, el dilema puede resolverse en última instancia comprando las dos. Es una solución que no compromete más que al bolsillo. Pero las cosas no son tan sencillas cuando se trata de asuntos importantes. Tarde o temprano, la vida obliga a coger el toro por los cuernos. El ideal de muchas personas sería una existencia anodina y sin sobresaltos a cambio de no tener que tomar decisiones en las cosas importantes. Sin embargo, hasta el más indeciso las toma muchas más veces de las que cree; lo que pasa es que en unos casos se para a rumiar sus vacilaciones y en otros las circunstancias se imponen sin dejarle tiempo para sumirse en la duda. Y entonces le ocurre lo que al asno de Buridan, que en la alternativa entre beber de un cubo de agua y comer de un saco de avena quedó quieto presa de la indecisión hasta morir de hambre y de sed. Porque hay decisiones más acertadas que otras, pero la peor de todas es la que se deja sin tomar.
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