El rotundo 'no' de Europa
La UE ha dejado claro que ni mediará en el conflicto catalán ni bendecirá nunca procesos que vulneren la ley
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Sábado, 14 de octubre 2017, 00:45
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El afán del independentismo que gobierna la Generalitat catalana por internacionalizar el litigio que mantiene frente al Estado se está viendo frustrado. Ningún país miembro de la UE reconocerá nunca una república que se separe de otro de los socios, y las instituciones europeas nunca se ofrecerán a actuar como mediadoras en un conflicto que comprometa el orden constitucional de un país de la Unión. Mientras tanto, el Gobierno catalán podrá jugar a la simulación de que el mundo se hace eco de su demanda plebiscitaria y de su propósito de alcanzar la independencia, soslayando siempre la carencia de apoyos no solo a la secesión unilateral, sino a un eventual acuerdo sobre una vía pactada hacia la constitución de un estado aparte. Europa afronta los mayores desafíos desde su unificación con la negociación de las condiciones del ‘Brexit’, por una parte, y con los retos que plantean la inmigración y la convivencia entre culturas, por otra. La eclosión independentista en Cataluña puede ser otro reflejo de las incomodidades que afloran en el espacio europeo. Pero una huida hacia delante no tiene cabida alguna en el concierto de las naciones. Y no solo porque, como ha señalado Jean Claude Juncker, el mimetismo pudiera conducir a la multiplicación de secesiones en la UE. Sobre todo, porque Europa se ha ido construyendo precisamente contra los sentimientos primarios, contra la irracionalidad insolidaria; y solo puede salir adelante si se sacude la indolencia ante un mundo global. Por respetables que sean, las demandas independentistas pierden sentido desde el momento en que pretenden desbordar la legalidad, cuando miles de ciudadanos acaban por considerar algo natural el incumplimiento flagrante de la ley. Europa y sus instituciones recelan de la deriva independentista en Cataluña porque surge de una frívola maquinación contra la legalidad; también por espectáculos tan esperpénticos como el ofrecido por el Parlamento catalán en los plenos del 6 y 7 de septiembre y la críptica comparecencia de Carles Puigdemont el pasado martes. En medio de su propia crisis de crecimiento y cohesión, la UE reclama algo básico: seriedad. Y no es en absoluto serio que un poder del Estado, la Generalitat, trate de someter a los catalanes y al conjunto de los españoles a esta ‘ducha escocesa’ entre lo que se pretende y lo que se dice.
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