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Cuando Errapel vio en internet el anuncio de una casa con finca en Trucíos no se lo pensó dos veces. Pinchó, echó un vistazo rápido a las fotos y llamó. Acababa de encontrar el sitio que andaba buscando. No le importó que fuera un caserío tradicional al que le hacían falta algunos arreglos. Aquella construcción tenía algo más importante para él: era su oportunidad para cambiar de vida.
Era 2010 y estaba enfermo. «Llevaba diez años trabajando en una multinacional sueca. Tenía que viajar mucho y el estrés y la ansiedad me acabaron pasando factura», cuenta. Su salud se resintió hasta tal punto que tuvo que pedirse una baja: «Estuve ocho meses fuera de combate». Para curarse tenía que alejarse de aquello que le estaba haciendo mal y la casa de Trucíos era perfecta.
Puso tierra de por medio y volvió a su esencia. «Yo me crié en un baserri con mis padres, en la naturaleza», explica. El cuerpo le pedía a su modo, con es KO técnico, que regresara a ese oasis. El caserío que acaba de comprar tenía todo lo necesario y aunque necesitaba obra, «la planta que hacía de vivienda tenía lo básico: una cocina vieja, el baño y una cama». Cogió la maleta y se plantó en Trucíos, en un barrio a kilómetro y medio de centro donde en invierno «vivimos tres vecinos».
Así empezó su historia de amor con Amaloka, que hoy es un alojamiento rural ideal para grupos y familias que quieren desconectar del mundo y reconectar con ellos mismos. Como hizo Errapel. Recibió a sus primeros clientes cuatro años después. Durante este tiempo «estudié, me formé en turismo activo y fui arreglando la casa». Poco a poco y con paciencia fue haciendo del caserío un espacio a su gusto, luminoso, con pocos muros y decoración muy cuidada. Muy estilo nórdico, como el que había visto en sus viajes a Suecia y Dinamarca. Y «reciclando, porque soy mucho de eso», dice.
Para lo primero, le sirvieron sus años en la multinacional sueca, que se dedicaba a proyectos de construcción, entre otros asuntos. Para lo segundo, su formación: «Estudié Bellas Artes y me especialicé en restauración de muebles». Usar sus manos para construir su nuevo futuro le hacía también sentirse parte de él y del mundo: «A veces vamos demasiado deprisa».
La casa que hoy podemos alquilar es una construcción del siglo XVII actualizada, pero con rincones de antaño, como la cocina económica de la planta primera. «Aunque no dejamos usarla a los huéspedes porque no es fácil, pero es la que yo me encontré cuando me vine a vivir», detalla. El inmueble está construido en piedra y tiene como segundo elemento importante la madera. Errapel fue tirando muros para dejar un espacio abierto y luminoso, a lo que ha ayudado con la colocación de luminarias en puntos estratégicos.
La edificación es un caserío «trucense o encartado», que es una clasificación especial. «Se mezclan elementos de los caseríos vascos y cántabros», precisamente porque está enclavado en la zona fronteriza entre las dos comunidades. «Los de aquí son más bajos, chaparros. Con una planta que es la cuadra y la casa. En Cantabria, lo normal es que los animales vivan abajo y las familias en un segundo piso. Amaloka es una casa humilde de ganaderos» de 360 metros cuadrados divididos en tres alturas.
La de abajo, que en su origen se le daba uso de establo, aloja el salón, de cien metros cuadrados y un gran comedor abierto con capacidad para doce comensales. También hay una cocina completa con 4 fuegos de gas y todo lo necesario para hacer deliciosos piscolabis. Asimismo, hay un gran baño con dos duchas.
Desde aquí se puede acceder al porche y al jardín, que es una amplia finca verde que Errapel cuida con mimo y donde hay flores, plantas decorativas y árboles frutales. Al estar alejada del centro, también es un lugar ideal para ver las estrellas puesto que es una zona de baja contaminación lumínica. Asimismo, hay una pequeña piscina circular de 430 por 90 cm de altura, «perfecta para niños».
En la segunda planta hay cinco habitaciones, bautizadas con nombres de lugares cercanos a este enclave verde de Bizkaia: Ilson, Jorrios, Betaio, Alen y Kolitza. Una de ellas, dispone de un gran balcón que se abre al parque natural de Armañón, que arranca justo en el barrio en el que se encuentra Amaloka. «Es ideal para excursiones, ofrece todo tipo de posiblidades», detalla Errapel, que también es guía de montaña titulado.
También en esta planta hay otra cocina más grande, «perfecta para cocinar junto a tu grupo o familia». Porque este espacio no funciona como una casa por habitaciones sino de «alquiler completo» para vacaciones o estancias de fin de semana. Según el dueño, es un espacio ideal para organizar, por ejemplo, cursos o retiros. O para venir con una gran familia a disfrutar del descanso.
«No permitimos fiestas ni celebraciones porque, además, este es un entorno tranquilo y con pocos vecinos. Se trata de convivir». Tanto es así, que el dueño tiene una serie de contactos para aquellos que quieren conocer, por ejemplo, cómo se hace el queso o cómo se lleva una pequeña estabulación de ganado. «Y el parque el Karpin, que es un centro de recuperación de animales, está a solo 20 minutos».
La tercera planta es un ático con tejado a dos aguas (otra de las diferencias del caserío trucense con el resto de construcciones vascas junto a la doble balconada) de cien metros cuadrados que funciona como una casa independiente y que es el último espacio que ha recuperado Errapel de la construcción original. Porque si algo tiene este negocio es que la obra se ha ido haciendo con mimo y sin prisa para darle a todos los lugares el cariño que uno le da a su propia casa.
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