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Pedro Ontoso
Miércoles, 18 de mayo 2016, 00:39
Kobana es una niña siria que sobrevive en el campamento de refugiados de Idomeni, en Grecia, una especie de cárcel a cielo abierto donde más de 10.000 personas resisten en espera de una oportunidad. Kobana se entretiene con unos lápices de colores con los que dibuja episodios de su corta y dura experiencia. Son espeluznantes. En uno de ellos, dos personas uniformadas disparan sus armas sobre un grupo de personas que levantan sus brazos en lo que parece una fosa común.¿Alepo? ¿Palmira? ¿Homs? En otro, los cadáveres de adultos y niños flotan en un mar azul. La rutina de los naufragios en esta ruta de la muerte. Los dibujos llegan a EL CORREO de la mano de cuatro voluntarias vascas que han permanecido dos semanas en el campo heleno compartiendo en directo esta dura experiencia.
Kobana ha tenido más suerte, de momento, que los más de 340 niños que han perdido la vida en aguas del Egeo, de los cerca de 325.000 menores los datos son de la organización Save The Children que se han lanzado al mar huyendo de la guerra y de la miseria. Kobana ha tenido más suerte, de momento, que las 470.000 personas que han muerto en la guerra que se libra en Siria el 27% son niños, y que ha producido casi dos millones de heridos y ha generado un éxodo de refugiados de cinco millones de personas. Los datos son del Grupo Internacional de Apoyo a Siria, países que apoyan a la oposición a Bachar el Asad. Kobana ha tenido más suerte, de momento, que las decenas de menores víctimas de abusos sexuales, como los denunciados recientemente en el campamento turco de Nizip.
Los dibujos de Kobana muestran la terrible experiencia que han visto sus ojos. En Idomeni resiste junto a miles de familias que lo han perdido todo y buscan una oportunidad para empezar una nueva vida. En Idomeni ha encontrado el cariño de cuatro voluntarias vascas que han decidido viajar al campo de refugiados griego y que en Euskadi son miembros activos del colectivo Ongi Etorri Errefuxiatuak. Adela Etxebarria, Natividad Ovelleiro, María Luisa Menéndez y Ana Cascón han permanecido en el campamento dos semanas, donde se han encontrado con otros voluntarios del País Vasco como Ane y Alberto. Ellas estaban en sector sirio del campo, que también acoge a refugiados kurdos, afganos e iraquíes. Es una primera piedra para generar empatía en esas personas desplazadas y traumatizadas, y alimentar su esperanza para que puedan reconstruir sus vidas.
En Idomeni las voluntarias vascas han podido trabajar en el proyecto Baby Hamman, una tienda por la que pasan cada día un centenar de niños de apenas un mes y hasta doce años, a los que se les baña, se les cambia los pañales y se les viste. «Ha sido una gran experiencia. Nos organizábamos entre las once y las seis de la tarde para bañar a los niños del campamento. Unos compañeros traían agua y otros la calentaban con gas. Nosotras les bañábamos y les cambiábamos de ropa. Los niños son muy vulnerables y en el campamento hay mucho barro y agua. No tienen calcetines de recambio. A los que pasaban por la tienda les podíamos proporcionar algo de higiene, un derecho mínimo en su situación», evoca Nati. En esa tarea, tuvieron «el honor y la satisfacción» de dar el último baño a Osman, el niño afgano de 7 años con parálisis cerebral que ha sido trasladado a España gracias a Bomberos en Acción. El niño será atendido en el hospital La Fe de Valencia mientras el Gobierno tramita su asilo.
La labor de las voluntarias era importante, pero insuficiente. Las familias hacían horas de cola desde las ocho de la mañana para conseguir un ticket, que era el salvoconducto para el baño. «No podíamos atender a todos y era muy duro decirles que no. Veíamos a los niños sucios y mojados a la puerta de la tienda, pero no podíamos hacer más. A veces se acababa la ropa y no había pantalones para vestirles. Eso nos disgustaba mucho», recuerda Nati sobre aquellas largas jornadas en las que les invadía la impotencia. Los que superaban los doce años tenían que ir a las duchas de los mayores, con agua fría y largas colas, en unas condiciones pésimas. Los niños eran los más vulnerables, al igual que las mujeres, muchas de ellas solas y con varios niños a su cargo. Para hacer cola tenían que dejar a alguno de ellos con otras mujeres, que, a su vez, necesitaban acudir a la Baby Hamman.
Pese a todo, el grupo vasco es consciente de que estaban «en un oasis» para lo infernal que pueda resultar el campamento, que no quita a los niños sus ganas de jugar. «Muchos juegan al balón junto a la misma valla que les cierra el paso de su futuro», constatan. Las voluntarias relatan con alegría que cerca de su tienda se ha puesto en marcha otra iniciativa, Beautiful Center, un espacio para las mujeres. Una construcción de madera y telas en la que pueden tener una mayor intimidad para sus necesidades. Ahora se proyecta otra iniciativa para dar leche por las mañanas a los niños. Con precariedad, con muchas dificultades, la vida mantiene su hilillo entre el caos y el desorden del campamento. Junto a las voluntarias de Euskadi hay bomberos o estudiantes de Erasmus que se han desplazado a echar una mano a toda aquella gente que «permanece varada en espera de una salida».
Pero aquello es un polvorín en el que cualquier chispa desencadena un conflicto. Las voluntarias de Euskadi se han encontrado una población al límite. «Aquello parece una ciudad sin ley», describe Ana. «La gente está muy frustrada, muy humillada. Vive en unas condiciones deplorables cuando antes eran familias asentadas con un porvenir en marcha. Están muy estresados y cualquier asunto lo enciende todo. Un día fuimos testigos de cómo un grupo de jóvenes persiguieron a otro con palos y cadenas, llegaron a entrar en nuestra zona. Hay mucha tensión», advierte.
Aún así, ellas percibieron una pequeña porciónde esperanza en muchos de los refugiados, que sueñan con que se abran las vallas y puedan circular libremente por Europa. «Se aferran a esa esperanza porque ya no hay vuelta atrás. Ahora resisten y sobreviven en tierra de nadie», relatan. «Lo que hacemos los voluntarios es una tirita», describen de manera gráfica. «Lo que tenemos que hacer es aumentar la presión a las instituciones, empezando por los ayuntamientos, para que se abran las fronteras y sean recogidos en todos los países de Europa», reivindican.
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