Mis padres me llevaban a este barrio popular cuando apenas era un crío, junto a mis hermanos, y era como un viaje de aventuras, una 'road movie' por un parque temático
El metro ha pegado un estirón y ha subido hasta Kabiezes, uno de los barrios más altos de Santurtzi, que ahora se abre a un gran nudo de comunicaciones. No siempre fue así. Lo recuerdo como un barrio popular, entonces en el extrarradio del pueblo, muy apretado, y donde todo el mundo se conocía y se ayudaba. Estoy hablando de finales de los años sesenta. Mis tíos Beatriz y Gerón y mis primos Jero y Pili vivieron allí. Mis padres me llevaban cuando apenas era un crío, junto a mis hermanos Julio, Begoña y Marieli , y para nosotros era como un viaje de aventuras.
Era como una 'road movie' por un parque temático. Vivíamos en Arkotxa, a caballo entre Galdakao y Zarátamo, y primero cogíamos un autobús para llegar a Bilbao. Luego nos subíamos a un tren en La Naja y enseguida empezaban las sorpresas. Recuerdo algo así como unos 'tranvías aéreos' que llevaban mineral, aunque los verdaderos hacía años que habían dejado de funcionar. Nos contaban historias de mineros y yo me los imaginaba en oscuras galerías picando las paredes. Luego venía los hornos altos, los torpedos de arrabio y el resplandor de los lingotes de la colada continua. ¡Qué espectáculo! Más tarde llegaban los astilleros, con rampas en las que aparecían barcos con las tripas al aire, como huesudas ballenas embarrancadas. Y los barcos. El túnel de Peñota y la inmensidad de la luz de Santurtzi. Los pesqueros junto a la Virgen del Carmen. ¡Cuántos txitxarros nos hemos comido en las mesas del muelle! Todavía nos faltaba la interminable cuesta hasta el barrio.
Luego vino la enfermedad de mi madre, que se fue consumiendo sin remedio. A mi hermana Marieli y a mí somos mellizos nos mandaron a Kabiezes, con mis tíos, donde pasamos varios meses ajenos al dolor familiar, entre juegos y nuevos amigos. Conservo muchos recuerdos. Calle, mucha calle, en la Estrada de Mello, entre caseríos, la granja de gallinas y el depósito de aguas. Barrios cercanos como Cueto, Villar, Ranzari o Cotillo. Era como estar en una aldea rural. Los vecinos competían en bolos a cachete en la antigua plaza con suelo de grijo, sin prisa, contando historias de los pueblos de los que provenían. El gran bazar de Luisito, que hacía las veces de estanco y vendía pan y leche. El bar Pili, donde se mantenían grandes partidas de mus, junto a una tienda de chucherías. La antigua iglesia de San Pedro.
Partidos en el Patronato de las monjas y escapadas al antiguo rompeolas, a pegarse un baño o a pescar pulpos. También a la presa de la Tejera. Incluso hasta la Barra de Portugalete, el muelle de hierro, donde lanzábamos los reteles en busca de carramarros. Y aquellas sesiones de cine en el Consa, el Serantes y el Decor, con incursiones en el Java de Portugalete. Nos envolvía la magia de 'Mary Poppins' y el espíritu aventurero de los protagonistas de 'Las minas del rey Salomón'. Disfrutábamos como espectadores en los 'txitxarrillos' del parque, también en la Canilla de Portugalete, viendo a unos señores con camisa roja poniendo tiques a las parejas para financiar aquellas veladas de baile y pagar a la orquesta. Los antecedentes de la SGAE, pienso ahora.
En aquella época, y con aquellos decorados me llamaban la atención carteles como 'Desierto' en alguna estación de tren con evocaciones del legendario Oeste yo quería ser minero , metalúrgico o marino. Me quedé en periodista. Y el destino me llevó, 15 años después, a la edición Margen Izquierda de EL CORREO, donde pude desarrollar una intensa vida profesional. Recorrí las impresionantes galerías de la mina de Bodovalle, la corta a cielo abierto de Gallarta. Me colé en los talleres de Altos Hornos. Me emocioné a bordo de los pesqueros cantando la salve marinera en las procesiones de la Virgen del Carmen. Y compartí muchas horas de mesa y mantel con mis compañeros en escenarios míticos como casa Sabina, en La Arboleda. Quién me lo iba a decir cuando, de niño, viajaba en aquel tren de Bilbao a Santurtzi.
He vuelto muchas veces a Kabiezes, en dos ocasiones para despedir a mis tíos en sus funerales. Y para subir al Serantes y rememorar aquellas fiestas de Cornites. Ya no es un barrio. Es un pueblo. Aunque conserva el sabor de antaño y su acinturada densidad. Y ahora está muy bien comunicado. Me alegro mucho por su vecinos, muchos de ellos hijos de aquellos primeros pobladores. Todavía no había leído a Antonio Machado. Pero mi infancia también son recuerdos de un patio de Kabiezes. Y teníamos un huerto con limonero.
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