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Alfredo Irusta colgó la bicicleta en 1997 tras ser despedido del equipo MX Onda.
Alfredo Irusta, una vida entre pedales y bombas

Alfredo Irusta, una vida entre pedales y bombas

El exciclista que ha sufrido la amputación parcial de una pierna al explotarle un obús que almacenaba en Muskiz, se convirtió en un experto en la Guerra Civil tras abandonar una carrera deportiva irregular

Jorge Barbó

Miércoles, 18 de junio 2014, 00:13

En el NO-DO del 21 de febrero de 1966, tras un reportaje sobre un recatado desfile de trajes de baño, la voz aflautada del narrador da paso a la información deportiva. "41 valientes se lanzan a pedalear por el barro 20 kilómetros en el circuito de Beasain donde, 15 días después, se disputará el campeonato del mundo de la especialidad ciclopedestre". Uno de los muchachos que corren en blanco y negro, con la bicicleta al hombro y embarrados hasta las cejas, es Alfredo Irusta, un ciclista cántabro que se convirtió en una especie de leyenda del pedal por ser uno de los padres del ciclocross. Ese nombre vuelve a ocupar cuarenta años más tarde las páginas de los periódicos, pero por un motivo ajeno a la combinación de sillín, lodo y gloria. Su hijo, del que heredó el nombre de pila y la pasión por el ciclismo, ha protagonizado uno de los sucesos más impactantes de la semana. Ha perdido parte de una pierna tras la explosión de uno de las 500 artefactos explosivos de la Guerra Civil que coleccionaba en un establo en Muskiz.

Alfredo Irusta hijo vino al mundo en 1968, cuando su padre ya era una estrella del ciclismo. Hacía tiempo que la familia había abandonado Ampuero y se habían instalado en el Valle de Trapaga, donde nació Alfredo, el tercero de cinco hermanos. A puro de contemplar los trofeos cosechados por su padre a golpe de pedal no tardó en heredar la afición por las dos ruedas. Una pasión que no paró de cultivar hasta que consiguió convertirse en campeón de España juvenil de ciclocross durante tres años consecutivos. Alentado por la leyenda paterna, llegó a competir en un mundial, en el que llegó a clasificarse en decimotercera posición. A comienzos de los 90 consiguió su primera victoria en carretera, en la Vuelta a Navarra. Y de ahí al mundo profesional. Fichó por el equipo Seur en 1992 y pasó por el Deporpublic año y siguiente, cuando consiguió el puesto 69 en la Vuelta a España, y por el Castelblanch en 1994. Fue en la escuadra patrocinada por la marca catalana de cava en la que cosechó su mejor temporada. En el 95 se hizo con el título de ganador de la montaña y quedó en novena posición en la general en la Vuelta al País Vasco. No tuvo tanta suerte en la Vuelta a España, donde no pasó del puesto 47 ni en el Giro, donde ni siquiera pudo llegar a meta tras una aparatosa caída.

Del Giro a la batalla del Ebro

El cambio de equipo, a MX Onda, y un rosario de lesiones precipitó el fin de la carrera de Irusta. En 1996 regresó a Italia, con el sueño de enfundarse la maglia rosa. Pero una nueva caída le obligó a abandonar de nuevo. Meses después su equipo le comunicó que no contaba con él para la siguiente campaña. Fue despedido. Compuesto y sin equipo, el ciclista contaba sus planes en EL CORREO del 17 de febrero de 1997. En un reportaje en el que se contaba la historia de otros ciclistas vascos que se habían quedado fuera de la temporada, se avanzaba que el deportista iba a dedicarse a la mountain bike para "seguir vinculado al pedal". "Sabe que su futuro profesional ya está fuera del pelotón y busca un trabajo", concluía la información. No tardó en encontrar con lo que ocupar su tiempo libre tras colgar la bicicleta. Aunque nunca se llegó a formar como historiador, el exciclista comenzó a recopilar datos sobre la Guerra Civil, en especial sobre lo acaecido en Bizkaia, en la batalla del Ebro y en el frente de Teruel hasta convertirse en un todo un experto.

La pasión y el profundo conocimiento que atesoraba sobre todos los detalles de la contienda pronto le granjearon un gran respeto entre los investigadores. Sus horas de estudio sobre el conflicto y la información que recabó en sus paseos por el monte, detector de metales en ristre, fue crucial para descubrir no sólo parte de ese ingente arsenal, compuesto de más de 500 artefactos, que atesoraba y que a punto ha estado de costarle la vida. Sus conocimientos también resultaron cruciales para detectar fosas comunes en las que yacen asesinados durante el conflicto fraticida. Hace casi una década, en octubre de 2005, la información que facilitó a la sociedad científica Aranzadi fue determinante para descubrir los cadáveres de dos milicianos vascos enterrados en una fosa común próxima al cementerio de Ontón, una pedanía de Castro Urdiales. Y según recuerdan en la asociación, el exciclista también participó en la localización de sepulturas en Amorebieta y Galdames. Ahora se recupera en la UCI del Hospital de Cruces de las graves heridas que le ocasionó la explosión de un obús, al parecer una de las últimas piezas que había encontrado. Su inmensa colección de artefactos explosivos, que guardaba en un establo en Muskiz, ha acabado requisada por la Ertzaintza a la espera de ser destruida.

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